Comandante Hays
Primer capítulo gratis

Comandante Hays

Capítulo 1

 

Kate Burton

Diez días de permiso, hace tanto tiempo que no me cojo unos días que ni siquiera sé qué hacer con ellos. Ya he gastado dos, el primero lo pasé haciendo algo de compra y después visitando a mi padre en la residencia. El segundo con mi hermano Tom; conseguí sacarlo de casa y después de comer en un restaurante de comida rápida, acabamos en un salón recreativo compitiendo en un juego de carreras y después en otro de guerra. Las dos veces ganó él.

Hoy no he hecho nada y no he quedado con mis amigos hasta mañana, así que después de cenar decido ir al nuevo bar del pueblo. Según mi hermano, hay bastante ambiente y está bien para tomarse un par de copas antes de irse a dormir, al menos eso le han dicho, porque estoy segura de que él todavía no lo ha visitado.

Llego al aparcamiento de tierra y bajo del coche. Camino hacia la entrada mientras pienso que me recuerda al típico bar de las películas americanas, ese forrado de madera cuyo interior es muy acogedor; con una mesa de billar, una máquina para reproducir canciones a tu gusto y una luz cálida que hace que te sientas como en casa mientras te tomas una cerveza fría en la barra.

Cuando entro me parece justo eso, solo que la máquina para escuchar música es en realidad una máquina tragaperras. Por lo demás, el ambiente es acogedor, con la barra de frente, la mesa de billar a la derecha y algunas mesas a la izquierda.

Decido que estaré mejor en la barra, un par de cervezas para despejarme y me marcho. Mañana será otro día. Me entristece un poco no reconocer a nadie, paso tanto tiempo en la base que cuando vuelvo al pueblo parece que la forastera sea yo. Hay un señor mayor con barba poblada y blanca sentado en la esquina que me observa como si fuese el acontecimiento del día. Un matrimonio con dos hijos adolescentes cena unos bocadillos en una de las mesas, otro señor lo hace solo, tres hombres y una mujer son los que se ríen a carcajadas mientras golpean las bolas del billar y tres o cuatro personas más, solitarias como yo, ocupan el resto del bar.

—¿Qué te pongo?

Un camarero de ojos grandes y saltones con pinta de ser también el dueño aparece ante mí después de haber dejado una bandeja llena de vasos de cañas vacíos para lavar.

—Una de esas estará bien —digo señalando los vasos.

—Buena elección —responde a la vez que coge un vaso limpio y lo coloca inclinado bajo el chorro.

Durante los siguientes minutos me dedico a degustar mi cerveza con calma mientras esto poco a poco se va llenando de gente. Mi hermano tenía razón, es un lugar animado, pero sin llegar a resultar pesado ni agobiante. Una mujer se sienta a mi izquierda dejando un taburete vacío entre nosotras, me doy cuenta de que también viene sola y en cierto modo siento alivio de no ser la única, aunque quizá ella sí que esté esperando a alguien.

Se pide lo mismo que yo y, aunque trato de apartar la mirada porque no quiero parecer maleducada ni descarada, me cuesta hacerlo porque hay algo en ella que llama mucho mi atención. No sé si es el color tan claro de su pelo rubio decorado con mechas casi blancas. Lo tiene muy largo y liso y lo lleva recogido en una cola baja que lo hace brillar en el centro de su espalda. O quizá sea su pose y su expresión corporal, que derrochan seguridad y elegancia a partes iguales. Sea lo que sea me atrae más de lo que sería razonable y eso me hace sentir un poco incómoda porque no quiero que lo note.

Intento centrarme en mi cerveza, me quedan un par de sorbos para terminarla y quizá lo mejor sea que me marche a casa sin pedir la segunda. Mientras medito lo qué hacer, mi rostro gira en su dirección como si tuviese vida propia, justo en el momento que ella se gira y nuestras miradas conectan durante una fracción de segundo, que hace que un torbellino de emociones me sacuda por dentro y me congele el aliento. Tiene los ojos más azules que he visto nunca y su mirada es intensa, penetrante y un poco fría.

Tengo el corazón a mil por hora y no logro explicarme el motivo. Ella ha desviado la mirada inmediatamente hacia el otro lado en un gesto distraído, como si el cruce de nuestros iris y ese momento de conexión que he sentido, hubiese sido algo simplemente casual.

—Soy gilipollas —me susurro a mí misma mientras trato de recuperar la compostura apurando el último trago.

Claro que ha sido casual, la chica tan solo ha mirado hacia aquí como seguramente ha mirado ya en otras direcciones, si nuestros ojos se han encontrado es por el simple hecho de que yo no hago más que mirarla. La probabilidad de que pasara era bastante alta y no hay más vuelta de hoja. Decido que lo mejor es marcharme antes de que me tome por una acosadora salida, pero entonces un chico alto y moreno se sienta en el taburete de su izquierda, dejando su cerveza en la barra con un gesto brusco y torpe al mismo tiempo que mira hacia ella con una amplia sonrisa y gesto triunfal.

—¿Te invito a otra? —le pregunta sin dejar de sonreír.

Es el típico ligón de pueblo, ese que se ha tirado ya a todas las chicas dispuestas a ello y que busca cada noche una cara nueva a la que seducir con sus encantos de hombretón masculino y deportista.

—Ya tengo, gracias —responde cortante sin apenas mirarlo.

A él no le hace ninguna gracia esa respuesta tan seca, pero a mí me provoca una sonrisa y todavía más curiosidad hacia ella. El chico carraspea para captar su atención, como si estuviese seguro de que en cuanto lo mire y vea todos sus encantos, ella caerá rendida y se abrirá de piernas en los baños o en su coche. Para desgracia del pobre muchacho, ella lo ignora completamente y yo me tengo que morder los labios para que mi gesto no delate lo mucho que me divierte esto. Tampoco quiero que a él le dé por mirar un poco más allá de ella y se encuentre con mi rostro contemplando su lamentable intento de ligársela.

—¿Te molesta si me quedo aquí? —pregunta estúpidamente señalando el taburete.

Ella lo mira un instante y se encoge de hombros dejando claro lo poco que le importa lo que haga.

—Está libre, no has de pagar un peaje por sentarte en él.

—¿Te gusta hacerte la dura? —pregunta él algo molesto por su indiferencia.

—¿Disculpa?

La chica rubia y guapa lo mira un segundo, para después volver a clavar la mirada en su vaso como si no le importase la respuesta.

—¿Tanto te cuesta tomarte una copa conmigo? —se enfada él.

Me gustaría verle la cara a ella ahora mismo, porque le acaba de dedicar una mirada de arriba abajo que a él parece haberlo enorgullecido. Por fin ha conseguido lo que busca y su ego de macho se ha multiplicado, hasta que ella le contesta y la sonrisa de gilipollas que tiene se le congela en la cara.

—Me cuesta porque no quiero tomarme una copa contigo, y si fueras un poco listo y no un capullo engreído ya te habrías dado cuenta y habrías vuelto a la mesa con tus amigotes habiéndote ahorrado la humillación. Ahora si no te importa, me gustaría acabarme mi cerveza tranquila.

—Puta estirada —masculla él antes de coger su cerveza y volver hacia su mesa intentando fingir que ya no le interesa.

—A veces una patada en las pelotas también es efectiva —suelto sin poder contenerme.

Mi voz la hace girarse en mi dirección otra vez, sus ojos brillan de un modo distinto cuando me enfoca y media sonrisa se dibuja en sus labios paralizándome por completo.

—Cierto, pero es mejor no tener que llegar a eso, ¿no crees? —responde sin dejar de mirarme.

Me siento como una idiota incapaz de reaccionar. Solo puedo mirarla como si su cuerpo fuese un potente imán que me hace no poder enfocar hacia ningún otro lugar. Su forma de vestir, con vaqueros, camiseta y botas, me hace pensar en alguien joven, pero hay un par de arruguitas mínimamente marcadas en su frente que delatan una edad que se me antoja cercana a medio camino entre los treinta y los cuarenta. Imposible de definir.

—Puede —logro responder por fin—. Aunque a este gilipollas quizá le iría bien una para que se le bajasen esos aires y recordase lo que es la educación.

—Cierto —secunda estirando su cuerpo en mi dirección para tenderme la mano—. Soy Jody—se presenta mirándome fijamente sin perder su media sonrisa.

Su gesto me coge tan desprevenida que tardo un par de segundos en reaccionar, lo que provoca que ella sonría un poco más. Me inclino hacia Jody también con el brazo extendido, la diferencia es que mi mano tiembla y la suya no. Nos la estrechamos y cuando noto su contacto un hormigueo que me hace resoplar me atraviesa el pecho.

—¿Tienes nombre? —pregunta entornando los ojos.

Carraspeo y afirmo como una estúpida. Juro que tengo que buscar en mi cerebro la respuesta porque me tiene tan hipnotizada que durante unos segundos, he sentido que perdía el contacto con la realidad.

—Kate. Me llamo Kate.

Jody asiente y suelta mi mano. Después apura el último trago de su cerveza y me sonríe de nuevo.

—¿Te apetece otra? —pregunta señalando mi vaso también vacío.

—Sí, claro —respondo tratando de calmar mis nervios.

Jody pide dos cervezas al camarero y se levanta de su taburete para ocupar el que había vacío entre nosotras. Me gustaría tener la seguridad que tiene ella, me conformaría solo con una pequeña parte, la justa para que no se me note lo mucho que me altera su cercanía.

—No te importa, ¿no? —pregunta una vez acomodada.

—Para nada, aunque creo que a tu pretendiente no le está haciendo mucha gracia.

—Lo que a él le haga gracia no me preocupa en absoluto, me interesa mucho más lo que te hace gracia a ti —suelta sin anestesia.

No sé cómo interpretar la situación, opino que es evidente que esto es un coqueteo en toda regla y que a Jody le intereso, sin embargo, estoy tan acostumbrada a ser yo la que normalmente les entra a las mujeres, que me cuesta situarme en el papel de conquistada.

—¿Soy muy brusca? Sí, claro que lo soy —se responde a sí misma sacudiendo la cabeza—. Perdona, estas cosas no se me dan muy bien.

—Tranquila, es que estoy un poco nerviosa —le confieso sin entrar en detalles.

Podría decirle que jamás me he encontrado en una situación parecida a esta. Una en la que haya sentido una conexión tan rápida y profunda con alguien, que me ha dejado completamente fuera de juego.

Jody da un trago a su cerveza y se crea un silencio incómodo que no sé cómo llenar. Me toca mover ficha, pero estoy tan nerviosa que lo único que hago es restregarme las manos en el pantalón para secar el sudor frío que siento en ellas. Tengo ganas de besarla, esa es la única realidad para mí ahora mismo, me muero por saborear sus labios y eso me agobia porque me siento muy vulnerable a su lado, tiene un efecto sobre mí que me asusta mucho.

—¿Eres de por aquí? —pregunto cómo una boba.

No me puedo creer que eso sea lo único que se me ocurra, normalmente, soy más mordaz, no obstante, con ella ni siquiera el efecto de la cerveza logra que me envalentone un poco. Me sonríe otra vez y clava sus ojazos azules en los míos provocándome otro intenso hormigueo que me acaba de descolocar del todo.

—Me mudé hace poco.

Su respuesta es seca y no me pregunta si yo también lo soy o se interesa por cualquier otra cosa. Probablemente, la he decepcionado con mi estupidez y ese nerviosismo que aflora por cada poro de mi piel haciéndome parecer una adolescente insegura.

—¿Salimos fuera? —propone de repente.

Afirmo sin articular palabra y Jody saca un billete y lo deja sobre la barra.

—Vamos.

Me tiende una mano para ayudarme a bajar del taburete, estoy tan nerviosa que seguro que piensa que las piernas no me sostendrán en cuanto ponga los pies en el suelo. Por suerte, no hago el ridículo y mi cuerpo se mantiene erguido por sí solo.

—¡Lo sabía! —exclama el machote cuando pasamos por su lado—, sabía que tenías que ser una bollera asquerosa.

Me detengo en seco y me giro hacia él enfurecida, dispuesta a decirle lo que opino cuando Jody da un apretón a mi mano y me señala la puerta con la otra.

—No vale la pena, usa esa energía que pareces haber recuperado para besarme —suelta abriendo la puerta—, te aseguro que te gustará más eso que enfrascarte en una conversación absurda con él.

Salgo al exterior intentando procesar lo que acaba de decir. Hace calor, estamos en pleno agosto y, a pesar de haber oscurecido, la temperatura es alta. Por suerte para mí, corre un poco de brisa y eso logra despejarme del todo y me hace recuperar la compostura medianamente.

—¿Quieres que te bese? —pregunto directa.

—Me apetece desde que te he visto.

Joder, desde luego no se corta ni un pelo. Y si ella no lo hace yo tampoco pienso hacerlo, ya no. No quiero seguir pareciendo gilipollas, así que, aunque me tiemblan hasta las pestañas, le coloco una mano en la baja cintura y la invito a caminar hacia el lateral, donde hay menos luz y las voces de los que están fuera solo se oyen de fondo.

Estaba segura de que yo había tomado la iniciativa y empezaba a sentirme orgullosa por ello, pero en cuanto doblamos la esquina, Jody se hace con el control de la situación y de repente me encuentro con la espalda pegada a la pared y sus brazos apoyados en ella a cada lado de mi cabeza.

Coloco una mano en su mejilla, me siento muy turbada e incapaz de apartar mis ojos de sus labios, que brillan después de que se los haya humedecido. Mi respiración se agita a la vez que mis latidos y mis dedos temblorosos acarician suavemente su rostro, hasta que me sonríe y me deshago por dentro.

—No sé si tienes mucho autocontrol o estás cagada de miedo —susurra acercando sus labios a los míos.

—Es lo segundo, pero no porque me des miedo, es solo que me asusta lo que me haces sentir —reconozco sintiéndome tan vulnerable que hasta me entran ganas de llorar.

—Shhh —sisea divertida sin dejar de sonreír.

Me mira un instante a los ojos mientras todo mi cuerpo convulsiona de excitación por dentro. Entonces hace una suave caricia con su dedo sobre mi labio inferior y después simplemente me besa. Lo hace de forma suave, lenta y controlada, algo que contrasta mucho con su forma de actuar hasta ahora. Esperaba un beso más salvaje y hambriento, sin embargo, sentir su lengua rozar mis labios como si pidiese permiso para entrar, me provoca tal sensación de seguridad junto a ella, que soy yo la que lo profundiza y lo vuelve intenso y un poco torpe porque me cuesta controlarme.

Sus manos se colocan en mi cuello y las mías van directas y sin contemplaciones hacia sus nalgas porque necesito sentirla pegada a mi cuerpo. La atraigo y me tenso al notar sus pechos contra los míos, es una sensación que no había tenido nunca y todo mi cuerpo comienza a temblar. No puedo ni quiero parar, y a la vez soy incapaz de asimilar el torbellino de sensaciones que se produce en mi interior. La excitación se mezcla con algo cálido, es como si me abrazase por dentro y me siento tan colapsada que detengo el beso porque casi no puedo respirar.

Jody no se separa de mí ni un centímetro, su frente se apoya en la mía dejando el espacio justo para que las dos podamos coger aire. Observo sus labios humedecidos, sonrosados e hinchados, los tengo tan cerca que incluso los veo un poco borrosos, pero lo que más me llama la atención es que le tiemblan, igual que a mí.

Trago saliva y expulso aire de forma errática, intentando que mi cuerpo deje de temblar y mis músculos se relajen, pero me cuesta horrores.

—¿Quieres que vayamos a mi casa? —pregunta tras un intento vano de aclararse la voz.

Vuelvo a resoplar mientras afirmo. Jody sonríe y me besa otra vez como si necesitase saborearme un poco más antes de separarse de mí. Una vibración nos hace botar a las dos y la separa de mí unos centímetros haciéndome sentir desolada. La vibración sigue y Jody se mira desconcertada hasta que se da cuenta de que proviene de su móvil.

Deseo decirle que no lo coja, que no deje que nada interrumpa este momento ni nos joda la que promete ser la mejor noche de mi vida. Pero no le digo nada, guardo silencio porque no estoy segura de que las palabras puedan salir de mi boca y sonar como deben. Jody saca el móvil de su bolsillo y, tras torcer el gesto al leer el nombre de quien sea que la llama, me pide un segundo y se aleja unos metros para contestar.

Aprovecho esos instantes para frotarme los ojos y respirar profundamente un par de veces. Después miro en su dirección, permanece estática mirándome mientras escucha lo que le dicen, por último, contesta algo que no logro entender y cuelga. Conforme se acerca, comprendo por su expresión que ya no vamos a ir a su casa.

—Lo siento, aunque no quiero, debo marcharme —susurra acariciando mi mejilla.

Me entran ganas de llorar, me siento como si un gran amor estuviese rompiendo conmigo cuando no hace ni una hora que la conozco. La cabeza va a explotarme de tantas cosas que se me pasan por ella en este momento, pero de nuevo, me siento tan saturada que soy incapaz de responderle nada, solo asiento aceptando mi derrota con dignidad.

Jody me da un nuevo beso que resuena en la oscuridad de la noche y se aleja a pasos rápidos hacia el aparcamiento. La sigo con la mirada como si así lo nuestro durase unos instantes más y, únicamente cuando se acerca a una moto, se pone el casco y se marcha, caigo en la cuenta de que no sé cómo puedo localizarla. Pensarlo me destroza y me provoca un escalofrío. Permanezco unos minutos en la misma posición, con la espalda pegada en la pared donde hace unos segundos nos estábamos besando, hasta que asumo que Jody no va a volver y me dirijo a pasos lentos hasta mi coche.

Golpeo el asiento con la parte trasera de la cabeza un par de veces maldiciéndome mentalmente por haber sido tan idiota. Entonces suena mi teléfono, miro el bolso con hastío y me planteo no cogerlo, sin embargo, después cambio de opinión, hablar con quién sea que llama quizá logre distraerme un poco.

—Sargento Burton —digo al descolgar tras ver que la llamada proviene de la base.

—Buenas noches, sargento. Soy el cabo Galo, la llamo de parte del teniente Jones. Ha surgido algo y debe usted personarse en la base. A las once en punto pasará un coche a recogerla, esté preparada.

—Lo estaré —respondo extrañada.

—¿Dónde quiere que pasen a recogerla?

Miro el reloj, son las nueve y media de la noche, hubiese jurado que era mucho más tarde. Barajo mis posibilidades, puedo irme a casa y esperar, lo cual puede ser infernal teniendo en cuenta que no dejaré de pensar en Jody. También puedo volver a entrar en el bar y beber hasta perder el conocimiento, lo que sería un problema y supondría una resaca que no puedo permitirme. Y por último, ir a casa de mi hermano, podemos echar unas partidas a algo que logre distraerme hasta que vengan a buscarme y quizá con eso consiga pensar menos en la mujer de ojos azules. Le doy la dirección de mi hermano al cabo Galo y cuelgo el teléfono.

 

 


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