Entre bases y besos
Primer capítulo gratis

Entre bases y besos

Prólogo

 

Harper enciende la lámpara del escritorio mientras repasa los apuntes cuando la puerta de su habitación se abre con brusquedad. Se sobresalta, pero no lo hace con la misma intensidad de las primeras veces, cuando el comportamiento de Alaric, su padre, comenzó a ser diferente, cada vez más violento hasta el punto de que empezó a sentirse insegura en su propia casa.

—La cena ya está lista, Harper —anuncia él desde la entrada.

Ella se gira y lo ve bajo el marco, observándola con esa mirada que se quedó vacía cuando su madre murió hace casi un par de años. Sus ojos, antes brillantes y cálidos, ahora son como dos pozos sin fondo donde no reconoce al hombre atento y divertido que solía ser. Desde entonces, todo es oscuridad en esta casa y lo único que le queda es la idea de acabar sus estudios de fisioterapia, encontrar trabajo cuanto antes y marcharse de ese hogar convertido en un infierno.

—Voy enseguida —responde mientras guarda sus apuntes.

Normalmente, él sale de la habitación cuando ella le dice eso, pero hoy no. Harper nota su presencia en la puerta y se tensa cuando escucha los pasos de su padre acercarse hasta su escritorio. Se detiene a su lado sin decir una palabra y ella levanta la vista sin entender qué es lo que quiere o lo que busca, hasta que ve sus ojos oscuros clavados en el marco que ella puso hace un par de días al lado de la lámpara.

—¿Qué es esto? —pregunta él con voz afilada, irradiando una energía que a Harper le pone la piel de gallina.

Su brazo se estira por encima del hombro de Harper y agarra el marco de madera antes de que ella pueda detenerlo. El movimiento es tan brusco que casi tira la lámpara. Harper contiene el impulso de sujetarla, como si el menor movimiento pudiera desencadenar algo peor. La foto es sencilla, su madre y ella en el jardín durante un verano cualquiera, Harper no recuerda cuál. Su madre sonríe como solía hacer casi siempre, con esos hoyuelos marcados que Harper ha heredado, y ella tiene la coleta medio deshecha tras un entrenamiento de softbol.

—Es solo una foto —explica en un susurro, como si no fuera obvio.

Su padre sostiene la foto frente a él y por un momento Harper piensa que todo va a estar bien, que la dejará donde estaba y se marchará, pero su cara comienza a cambiar a los pocos segundos. Se le tensa la mandíbula, los ojos se le oscurecen de una forma que le hace contener la respiración porque le recuerda a la mirada de un tiburón. No sabe qué está pensando. No sabe si está triste, si está dolido, si está a punto de llorar o de gritar.

Hasta que abre la boca y escupe su rabia contra ella.

—Te dije que no quería nada de esto por mi casa.

Su casa, no la de ella, como le recuerda siempre que puede, haciendo que últimamente se sienta más una invitada que parte de una familia, o lo que queda de ella.

—Está en mi habitación —le responde Harper en voz baja—. Necesito tener algo de ella para no olvidarla —añade casi suplicando.

—¡¿Y tú crees que yo puedo olvidarla?! —su voz se eleva de golpe y ella se encoge en la silla—. ¿Tú piensas que yo no la recuerdo cada día? ¿Cada puto día?

El olor a whisky en su aliento llega hasta Harper cuando se inclina invadiendo su espacio. No se había dado cuenta antes, pero ahora lo percibe con claridad y le revuelve el estómago.

—No he dicho eso... —trata de justificarse.

—No has dicho eso —repite él con burla—. Tú nunca dices nada. ¿Quieres tener algo de ella? —pregunta mirando la foto como si le estuviera quemando la mano.

Harper tiene la garganta cerrada, las manos le tiemblan y la voz no le sale, así que solo asiente. Y entonces lo hace, él levanta la mano y estrella el marco contra el suelo con todas sus fuerzas. El cristal se rompe en mil pedazos, el marco se parte y la fotografía se queda bocarriba bajo los cristales.

—Pues ahora tienes un montón de pedazos —dice enrojecido por la furia.

La rabia hace que Harper se incorpore tan rápido que la silla sale despedida hacia atrás, golpeando contra la pared.

—¿Qué has hecho? Era mío, no tenías derecho…

—¡Era del pasado! —vocifera él, interrumpiéndola—. ¡Y el pasado está tan muerto como ella! Asúmelo.

Y entonces, algo cambia en su forma de mirarla. Su padre baja la vista al marco hecho pedazos en el suelo. No la mira a ella, y si lo hace, no la ve, o solo ve el reflejo de lo que perdió y no lo soporta, porque Harper se parece demasiado a su madre.

Empieza a pisarlo haciendo que los trozos de cristales crujan sobre la imagen de su madre, como si ella no importase.

—¡Para ya! ¡¿Estás loco?! —grita Harper temblando de rabia—. ¡Ella te habría odiado! ¡Te odiaría por la persona en la que te has convertido!

Su padre se detiene de repente y, por un momento, Harper piensa que va a recapacitar, que entenderá por fin que lo que hace no está bien, que esta no es la manera, que quizá algo de la persona que fue antes sigue ahí, en alguna parte, pero cuando la mira, siente que un escalofrío le atraviesa la columna y la deja paralizada. En sus ojos no hay dolor ni tristeza en ese instante, solo algo parecido a una rabia que se le antoja ciega, violenta y vacía.

La bofetada llega sin aviso. El sonido es seco, limpio. Le da tan fuerte que le gira la cara por completo y Harper se tambalea hacia atrás, chocando con el escritorio. Parpadea sintiendo que la habitación se inclina hacia un lado mientras un pitido se instala en su oído izquierdo. La cara le arde primero y le escuece cuando se lleva la mano a la mejilla. Él la mira durante un instante, o eso le parece porque Harper ve borroso. A pesar de eso, ve cómo su padre abre y cierra el puño, como si estuviera sorprendido de lo que acaba de hacer, pero no hay arrepentimiento en su mirada.

—No te molestes en bajar a cenar —escupe él, antes de marcharse.

La puerta se cierra de un portazo tan fuerte que las paredes tiemblan casi tanto como su cara cuando la ha golpeado. El silencio le pasa por encima como una apisonadora y se queda muy quieta. No lo hace porque quiera, es que su cuerpo no responde. Le falta el aliento, tiene los dedos rígidos y la sensación de que no tiene piernas.

De pronto, el corazón empieza a palpitarle en la mejilla y el dolor aumenta, pero no solo en la cara, sino en algún sitio en el interior de su cuerpo que no puede identificar, como si algo se le hubiera quebrado por dentro. Su respiración se vuelve errática. Tiene frío, un frío repentino y absurdo que le recorre la espalda a pesar del calor sofocante de la habitación. Los hombros comienzan a temblarle, después todo el cuerpo y entonces mira al suelo. Ahí está la foto, o lo que queda de ella.

La imagen de su madre con la cara rasgada, igual que su alma. Empieza a sentir una presión en el pecho, como si alguien le estuviera apretando el corazón con las dos manos. Se arrodilla frente a los restos con cuidado de no cortarse. Intenta reunir los pedazos, pero sus manos no dejan de temblar. No lo entiende. No sabe cómo han llegado hasta aquí.

¿Desde cuándo se ha vuelto así su padre? ¿Siempre fue este hombre y ella no lo veía? ¿Su madre lo sabía? ¿Le pegó a ella también? ¿O es que su muerte lo ha destruido tanto que ya no queda nada del padre tranquilo y cariñoso que recuerda?

Se echa hacia atrás, apoyando la espalda contra la cama. Y sin tener control sobre su cuerpo, empieza a llorar. No grita ni solloza, solo deja que las lágrimas caigan una tras otra, silenciosas como todo en esta casa desde que su madre ya no está. Se encoge hasta sentir que se vuelve invisible y sigue llorando porque si su madre siguiera viva, esto no habría pasado.

A ella nunca le hubiera hecho esto. Ella sabía calmarlo, sabía cómo hablarle, sabía cómo ser el ancla que él ahora ha perdido. Llora por sí misma, por haberse quedado quieta, por no haber hecho ni dicho nada. Y llora porque tiene miedo.


 

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