
A Nerea las piernas casi no la sostienen cuando la sacan a rastras de la casa. Sale junto a otros cuatro niños, tres chicas y un chico, a una de ellas la llevan en volandas, desmayada. En la calle hace frío, Nerea está mareada, siente náuseas y los primeros rayos de sol que despuntan por encima de los árboles la ciegan. Se lleva el brazo a los ojos y se los tapa, a pesar de que uno casi no puede abrirlo.
—No os paréis —dice un tipo a su espalda.
Recibe un empujón y casi se cae al bajar los dos escalones del porche. Le duele mucho la entrepierna, también los brazos, las piernas y la garganta. Tiene llagas en la boca y también algún corte, pero lo que más le asusta es no saber para qué era la pastilla que le han obligado a tomar esta mañana en cuanto la han sacado a rastras de ese cuarto lleno de colchones donde uno tras otro, fueron dejando a los niños cuando se cansaron de hacer todo tipo de aberraciones con ellos.
Caminan por el jardín de la casa y se fija en que ya no hay ni rastro de todos los coches lujosos que ayer vio por la ventana. Ahora solo hay una furgoneta blanca como esas que utilizan los repartidores para llevar paquetes a su casa. Un tipo con la cara llena de cicatrices espera cruzado de brazos junto a la puerta trasera. A Nerea le da mucho miedo, al igual que a una de sus compañeras, que ha comenzado a hacerse pis encima.
—¿Qué coño haces? —berrea el tipo alto que los guía, y le da un bofetón que le cruza la cara.
La niña cae al suelo como un fardo sin quejarse porque ya no tiene fuerza, el tipo la levanta sin esfuerzo y la lanza al interior de la furgoneta sin el menor miramiento. El niño comienza a llorar, es el más pequeño de los cinco, Nerea calcula que debe tener diez años, ella no es mucho mayor, tiene doce.
—Arriba —ordena el tipo alto.
—Espera, a esta no.
Todos se giran para ver quién ha hablado. Nerea solo puede enfocar con un ojo, pero lo reconoce de inmediato, fue el tercero en violarla, cuando otro tipo la dejó tirada en el suelo con las piernas ensangrentadas, llegó él, cogió su cuerpo debilitado por los golpes, la colocó con la cara pegada a una mesa y la profanó por detrás, desgarrándola de tal modo que aulló como si la estuvieran matando. Comienza a temblar, pero trata de no mostrarlo, si la ven débil le pegarán igual que a la otra niña, y Nerea está dispuesta a luchar hasta el final.
—¿Qué pasa?
El hombre alto mira a Nerea y también al tipo.
—Me la quedo un rato más, os la llevo al local antes del mediodía.
—¿Tú, seguro? —pregunta el tipo de la cara llena de cicatrices.
Nerea se da cuenta de que no habla bien el español, a ella le parece ruso por su acento, pero no puede asegurarlo.
—Sí, no pasa nada —asegura el hombre.
Se ha cambiado de ropa. Vuelve a vestir un traje limpio, no el que llevaba anoche, que quedó manchado con su sangre.
—Muy bien, antes doce, si no, niña se queda y tú no dinero —dice el tipo antes de subir en la parte de atrás junto a los otros niños.
—Entendido.
El otro tipo se pone al volante y la furgoneta blanca desaparece. Ella se queda sola con el hombre, que la mira agitado. Nerea observa con asco el bulto que asoma por sus pantalones y mira en todas direcciones. Solo ve bosque y un ancho camino por el que ha desaparecido la furgoneta. Mira entonces hacia la casa, de paredes blancas y amplios ventanales, no le parece que quede nadie salvo las dos señoras que los han bañado esta mañana como si fueran animales. La han frotado a conciencia, haciéndole daño en cada porción de piel herida que tocaban, la han lavado en sus partes, por delante y por detrás, y después le han dado ropa limpia para entregarla al hombre que la ha conducido a la furgoneta, según ellas, para devolverla a casa. Nerea sabe que eso no va a pasar, y que su única oportunidad la tiene ahora, ha de deshacerse de ese hombre si quiere volver a ver a su padre, aunque se siente muy débil y algo mareada, tal vez por la pastilla.
—Camina.
El hombre le hace un gesto para que pase por delante de él. Nerea pensaba que entrarían en la casa, pero pasan la entrada de largo y al doblar la esquina, ve un coche negro muy brillante, como los que vio anoche. El tipo le señala el asiento del acompañante y ella, renqueante y dolorida, se sube mientras piensa. Los engranajes de su mente casi adolescente trabajan todo lo rápido que le permite su cerebro, todavía algo adormecido por las drogas que les administraron anoche y la que ya empieza a tener claro que le han dado esta mañana. Cuando el coche se pone en marcha y se incorporan al mismo camino por el que se ha marchado la furgoneta, Nerea se da cuenta de un detalle. El tipo no ha echado los seguros. Probablemente se ha confiado de que ella seguirá siendo sumisa, que no tratará de huir, sin embargo, en cuanto han circulado unos pocos kilómetros por la carretera y Nerea percibe que a su derecha, entre los árboles, el bosque desciende hasta empalmar con la carretera de nuevo, abre la puerta y se lanza con los brazos por delante. Nerea rueda por el asfalto unos pocos metros notando como se lacera la piel, pero no se detiene. Aturdida, se incorpora tambaleándose al mismo tiempo que el coche se detiene unos pocos metros más adelante con un fuerte frenazo. Lo ignora, es ahora o nunca. Toma aire y parpadea para enfocar con su ojo bueno sin que el mareo pueda con ella. Nerea se adentra en el bosque y comienza a descender todo lo rápido que le permiten sus piernas. La adrenalina se ha disparado por su cuerpo bloqueando cualquier sensación de dolor y paliando el efecto de esa pastilla que la estaba adormeciendo. Escucha los gritos desgañitados de su raptor a lo lejos, el corazón le late con fuerza y está aterrada, pero no deja de correr hasta que enlaza de nuevo con la carretera y un coche está a punto de atropellarla cuando trata de cruzarla. El coche frena en seco y ella también. Nerea se queda bloqueada mirando al hombre que está al volante, observándola atónito y pálido por el susto. Se baja y ella tiembla.
—¿Estás bien? —pregunta el hombre, que mira a un lado y a otro sin comprender de dónde ha salido.
Ella niega con la cabeza sin vocalizar y él mira hacia atrás. Otro coche se ha detenido, ahora se baja una mujer y Nerea se siente mejor. El hombre del traje ya no avanza más, observa la escena escondido detrás de un árbol mientras maldice por lo bajo. La ha perdido, y su socio, siempre tan meticuloso y estricto con lo que deben hacer, recordándole que deben seguir siempre el protocolo establecido, se va a cabrear mucho.
¿Quieres seguir leyendo?
Conseguir el libro completo