La habitación de Marta
Primer capítulo gratis

La habitación de Marta

Capítulo 1 

 

Mati

—No ha quedado mal, ¿no? —pregunto observando la nueva decoración de mi bar.

—Ha quedado perfecto, Mati, creo que le hacía falta esta pequeña reforma y que has hecho bien en no tocar la parte rústica, es lo que hace de este lugar un sitio tan acogedor —comenta Marta observándolo todo con una amplia sonrisa.

—Pues para ser tan acogedor no viene mucha gente…

—Venga —me anima—, no estamos en el centro de Madrid precisamente, de hecho, esta calle ni siquiera está cerca de la zona comercial. Creo que no te puedes quejar, tienes una clientela fija muy maja.

—Ya, pero no es suficiente después de lo que he invertido —suspiro.

Realmente me quejo por quejarme, como siempre. Solo he mandado hacer un lavado de cara a las vigas de madera del techo, a las ventanas y la puerta de entrada. He cambiado el suelo por uno rústico de color marrón y pulido la piedra de las paredes, lo demás está como siempre y Marta tiene razón, con la clientela habitual saco lo suficiente para cubrir los gastos y vivir tranquila, aunque un extra no me vendría mal para afrontar la inversión.

De pronto Marta me abraza y me da un sonoro beso en la mejilla que me enternece más de lo que puedo reconocer. Le devuelvo el abrazo y beso su cabeza.

—Mi niña… —murmuro con cariño.

—Ya tengo veintiocho años, Mati. ¿Cuándo vas a dejar de llamarme niña? —pregunta mirándome fijamente, alzando esa ceja que tantos corazones roba a las mujeres.

—Nunca, cariño. Tú siempre serás mi niña —afirmo besando su cabeza otra vez.

—Creo que estás chocheando, los cincuenta y cuatro no te han sentado muy bien —sonríe jocosa.

—Serás sinvergüenza —digo dándole un capón—, venga, ayúdame a preparar la comida, disfrutemos de la tranquilidad antes de volver a abrir las puertas.

Ambas entramos en la cocina. Lo de que me ayude con la comida es un decir, cocinar no es algo que a mi niña se le dé bien, pero se dedica a preparar nuestra mesa del rincón, un vaso de vino para mí, una cerveza sin alcohol para ella, una copiosa ensalada y unas rebanadas de pan. La observo colocarlo todo con mimo mientras yo preparo el pisto, es su comida favorita y la que intento hacer todos los martes, el día que tengo el bar cerrado.

Viéndola moverse por el bar con esa soltura no puedo evitar recordar el primer día que la vi hace ya diez años. Es increíble lo rápido que pasa el tiempo. Era noviembre como ahora, un lunes a media mañana, una hora en la que solo suelen estar aquí un grupo de jubilados jugando al dominó y algún cliente de paso. Me encontraba detrás de la barra secando las copas que acababan de salir del lavavajillas cuando la puerta se abrió y ella entró con decisión acompañada por una ráfaga de aire frío, intentando parecer segura y atrevida, pero a los ojos de mis cuarenta y cuatro años de entonces, lo que en realidad veía era a una cría asustada. Salí de detrás de la barra y me acerqué a ella, estaba claro que no venía a consumir y mucho menos a intentar venderme algo.

—¿Qué quieres, niña?

—No soy una niña, ya tengo dieciocho —dijo alzando la vista un segundo.

—Vaya, perdona, estoy segura de que eres toda una mujer curtida de la vida… —argumenté con sorna.

Marta me miró con ojos acuosos y por algún motivo me hizo sentir muy mal, así que intenté suavizarme un poco, aunque mi voz sonó igual de cortante que siempre.

—Bueno, ¿a qué has venido?

—Necesito trabajar —susurró con desesperación.

—¿Aquí? Ni hablar…

—En la puerta hay un cartel que dice que necesita una camarera para las tardes —argumentó.

Tomé una gran bocanada de aire, la niña me estaba desesperando.

—Dime una cosa, ¿en cuántos bares has trabajado? ¿Qué experiencia tienes en el puesto?

—Aprendo rápido. Por favor… —suplicó de forma casi inaudible.

Aquella niña consiguió ablandarme más rápido de lo que hubiese imaginado, y eso que por aquel entonces yo no destacaba por ser precisamente amable. Desde que había fallecido mi marido dos años atrás me había vuelto completamente arisca. Había perdido al que yo sabía y todavía sé, que era el gran amor de mi vida. Me prometí no amar a nadie más, la vida me había demostrado que con el amor se sufría demasiado, poco imaginaba entonces que iba a querer a aquella niña como a la hija que jamás llegué a tener.

La observé un segundo mientras ella intentaba encontrar un lugar en el que fijar la vista. Tenía la piel pálida, no sabía si por el frío gélido que hacía aquel día o por naturaleza. Sus ojos de un verde intenso contrastaban con la oscuridad de aquella melena negra ondulada, cuyos mechones caían desordenados a ambos lados de su rostro. Marta ya era una niña preciosa entonces, ahora es una mujer que vuelve locas a demasiadas mujeres, también a los hombres, aunque estos últimos no tienen ninguna posibilidad.

—Está bien —acepté con una mueca—, esta tarde y mañana estarás de prueba, si lo haces bien te haré un contrato.

—¿De verdad? —preguntó con voz ahogada.

—De verdad, pero no te emociones, niña, no puedo pagarte mucho.

—¿Me pagará las horas de prueba?

—Claro, ¿por quién me tomas? —refunfuñé ofendida.

Marta bajó la cabeza de nuevo, clavando la vista en el suelo como si así pudiese evadirse del mundo que la rodeaba.

—No hagas eso, esto es un bar, estarás detrás de una barra atendiendo al público y no podrás hacerlo si te pasas el día mirando al suelo.

—Está bien —dijo alzando la cabeza y clavando la vista en los bocadillos recién hechos que tenía en la vitrina.

—¿Cómo te llamas?

—Marta. ¿Y usted? —respondió de forma atropellada.

—Yo me llamo Mati.

—Mati, ponme un café cuando puedas —me pidió Isidro, un vecino del barrio que solía venir cada mañana.

—Enseguida. Siéntate ahí —le ordené a Marta señalando un taburete en la barra—, y elige un bocadillo, yo te invito.

 

Marta empezó su prueba aquella misma tarde. No había visto tanta torpeza junta jamás, su desesperación por conseguir el puesto la puso tan nerviosa que no daba pie con bola. Podía ver cómo le temblaban las manos cada vez que servía un café o como se sonrojaba y bajaba la cabeza cada vez que alguien le soltaba un piropo. No es que tenga un bar de esos donde por las tardes vienen los típicos borrachos babosos, nunca he permitido que fuera así. El mío es un bar cercano, jubilados y gente de paso por la mañana, trabajadores y más gente de paso por la tarde. Cierro a las diez y pocas veces he tenido que echar a nadie, pero la niña era guapa y joven y era inevitable que le cayera algún cumplido de vez en cuando.

Rompió más tazas y vasos de los que yo había roto en los casi veinte años que hacía que tenía el bar, lo que me sorprendía era que no se cortara al recogerlos. La cogí de un brazo y la llevé hasta la cocina.

—Es normal que estés nerviosa el primer día, pero tienes que relajarte, como sigas rompiendo la vajilla tendremos que cerrar antes de hora.

—Lo siento —se excusó con las mejillas encendidas.

—No pasa nada, ahora quiero que te quedes un rato aquí y te calmes. Cuando estés más tranquila, sales y empiezas a recoger y limpiar las mesas que vayan quedando vacías, a esta hora ya no va a entrar nadie y tenemos que ir recogiendo para cerrar.

—Vale.

—Y otra cosa, cuando te echen un piropo no bajes la cabeza, tampoco quiero que sonrías ni los mires, simplemente los ignoras, ¿me oyes? No dejes que vean que te afecta, hazme caso, pero si alguien te incomoda demasiado me lo dices.

Marta me miró aturdida y casi sonrió.

Al día siguiente fue más de lo mismo. Pensé que vendría más relajada, pero había algo que la mantenía con esa presión constante, supuse que era el miedo a no conseguir el trabajo. Conforme se acercaba la hora de cerrar ella se iba haciendo cada vez más pequeña, consciente de su torpeza y de que nadie en sus sanos cabales le daría ese puesto, pero la jodida niña tenía algo que me enternecía hasta unos extremos que no comprendía. Cuando cerramos le pedí que se sentara en la misma mesa que vamos a comer hoy, creo que fue en aquel momento cuando se convirtió en nuestra mesa.

—Necesitaré tus datos para hacerte el contrato —dije mientras ella me miraba con los ojos iluminados como dos faros.

—¿Me va a dar el puesto? —preguntó casi tan sorprendida como lo estaba yo misma.

—Sí, pero no te emociones, ya te dije que no puedo pagar mucho.

—No importa, el horario me deja margen para buscar algo más por la mañana, pero no se preocupe, eso no afectará a mi rendimiento aquí.

Me sorprendió la seguridad de sus palabras en aquel momento y me di cuenta de que dentro de aquel cuerpo de dieciocho años había una mujer que luchaba por salir más pronto de lo que debería.

—¿Y tus estudios?

—Este año no estudio nada, necesito trabajar —aseguró entregándome su DNI para dar la conversación por zanjada.

Comencé a apuntar los datos y cuando llegué a la dirección el corazón me dio un vuelco. Yo conocía aquella calle y también el edificio que pertenecía a aquel número, era un centro de acogida de menores en el que yo había pasado tres años de mi infancia.

—¿Vives en el centro de acogida?

Su respiración se cortó y toda la seguridad que había demostrado hacía unos segundos se desvaneció con mi pregunta.

—Ya no, desde que tengo los dieciocho estoy en un piso tutelado hasta que encuentre trabajo y demuestre que puedo mantenerme sola —contestó agobiada.

—¿Por eso no quieres estudiar?

—Quiero ser la dueña de mi vida. Estoy harta de que me digan lo que tengo que hacer y de no tener mi propio espacio. Estoy cansada —suspiró con la voz ahogada—, con lo que usted me pague, buscaré una pensión en la que dormir y después ya veré lo que hago.

Aquello fue la estocada final, y en un arrebato del que hoy en día todavía no me he arrepentido, hice lo que consideré que era lo correcto. Poco sabía entonces la alegría que Marta iba a traer a mi vida.

—Ven conmigo, te voy a enseñar una cosa —le pedí levantándome de la silla ante su atenta mirada.

La niña me siguió hasta una puerta cerrada con llave que había en el almacén y que daba a unas escaleras. Subimos con rapidez hasta llegar a un corto pasillo, el bar estaba en un edificio muy antiguo que constaba de la planta baja y otra planta superior, donde mi marido y yo habíamos vivido siempre.

—Esta es mi casa —dije señalando una puerta de madera que quizá también necesitaba un cambio.

Después saqué las llaves y abrí la puerta que había justo de frente. En su día había sido un espacio diáfano de apenas treinta metros cuadrados que no utilizábamos para nada, pero mi marido se empeñó en convertirlo en una acogedora habitación de invitados.

—Así, si algún día tenemos visita no se tienen que quedar con nosotros en casa —argumentó guiñándome un ojo.

Él mismo construyó un par de tabiques en un rincón para hacer un baño completo. Colocamos una cama de matrimonio y algunos muebles que no nos hacían falta y quedó una habitación de lo más acogedora. Marta me siguió hasta el interior.

—Esta habitación no la hemos utilizado nunca, como ves tiene baño completo y tu propia puerta de entrada. Si la quieres es tuya. 

—¿De verdad? —preguntó claramente emocionada.

—De verdad. No te puedo pagar mucho, pero aquí puedes vivir cómodamente y comer conmigo en el bar, eso sí, tengo una condición, de hecho, tengo unas cuantas —dije invitándola a sentarse en la cama.

Yo cogí la silla de un viejo escritorio que habíamos dejado allí y me senté justo enfrente de ella.

—Con esto no necesitarás buscar otro trabajo para las mañanas, así que quiero que dediques ese tiempo a retomar tus estudios.

—El curso ya está empezado y tampoco sé realmente lo que quiero hacer —confesó—, no hay nada que me llame la atención en exceso y no quiero perder el tiempo empezando algo que sé que no acabaré si no me motiva lo suficiente.

—Está bien, ¿qué te parece si aprovechas este tiempo para sacarte el carné de conducir? Es algo muy importante y te dará mucha libertad.

—Lo había pensado —sonrió por primera vez—, pero hasta ahora no era viable.

—Pues ya lo es. Tómate este año para intentar descubrir lo que te gusta, no es que ser camarera sea un trabajo indigno, pero es que se te da fatal y no creo que tengas mucho futuro con eso.

Marta rio.

—Y bueno, ahora vamos a la otra condición.

—¿Cuál es? —preguntó intrigada.

—No quiero que traigas a nadie aquí, ni amigos ni mucho menos rolletes. No quiero hombres aquí, esta es mi casa, es mi bar y mi vida, no quiero a nadie merodeando, ¿entendido?

—Entendido —aceptó sin quejarse.

No fue hasta varios meses después cuando Marta me confesó que nunca había sentido ningún tipo de interés por el género masculino, aunque eso no cambió nada, mis puertas estaban vetadas para cualquiera en aquel entonces, fuese hombre o mujer.

Unos años después le dije que podía traer a alguna amiga si quería, pero Marta siempre respetó mi primera decisión y jamás ha traído a nadie, y menos mal, porque se ha convertido en una ligona incapaz de sentar la cabeza. He perdido la cuenta de los corazones rotos que va dejando por ahí. 

La niña se instaló en mi casa apenas unos días después. Esa misma semana recibí la visita de la que había sido su tutora legal hasta su mayoría de edad, una mujer algo más mayor que yo que se quería asegurar de que Marta estaría bien. Dejé a la niña atendiendo la barra e invité a aquella mujer a tomar un café para contestar a todas sus preguntas y darle un número de contacto para hacer un seguimiento durante una temporada, algo que no estaba obligada a hacer, pero que a mí me pareció muy bien.

—¿Cuánto tiempo ha pasado Marta en acogida? —quise saber.

—Llegó con seis años. Su madre falleció cuando ella tenía cinco, de un cáncer de colon. El padre se vio sobrepasado por la situación, su mujer muerta y él al cargo de una niña tan pequeña. Se abandonó a la bebida, comenzó a desatenderla y finalmente varios vecinos acabaron denunciando la situación. Su padre se recuperó unos años después y rehízo su vida, pero jamás movió un dedo por recuperarla.

—Dios mío —susurré apenada—, ¿eso lo sabe ella?

—Sí. Nunca dejó de preguntar por su padre, hasta que le contamos aquello y no volvió a nombrarlo. Todavía no tengo claro si hicimos bien, siempre fue una niña muy introvertida y aquello la hizo cerrarse más. Estuvo con dos familias de acogida y no duró más de seis meses con ninguna, así que prácticamente ha pasado toda su infancia en el centro.

Miré a la niña con disimulo. En aquel momento se encontraba peleándose con la cafetera, pero ponía empeño en todo lo que hacía y decidí entonces que yo pondría todo el empeño del mundo en que no le faltara de nada, incluido el cariño que se le había negado, y eso que se me daba bastante mal demostrar afecto.

Cuando se trasladó definitivamente me ofrecí a ayudarla económicamente a comprar unos muebles más modernos para su habitación, pero se negó, decía que los que había le gustaban. Con sus primeros ahorros se compró un ordenador portátil, no sin antes preguntarme mi opinión, ya que me había prometido que lo primero que haría sería sacarse el carné de conducir.

—¿Para qué lo quieres?

—Me gusta escribir y hacerlo en una libreta es un asco.

—¿Escribes un diario?

—No —confesó con timidez—, escribo historias, cosas que me invento.

Alcé las cejas sorprendida, pero a la vez me alegré mucho de lo que me dijo, estaba segura de que escribir podía ayudarla a sacar sus demonios.

—¿Me dejarás leer algo? —pregunté entornando los ojos.

—Tal vez algún día, cuando consiga acabar alguna historia —contestó con las mejillas encendidas.

Yo misma la acompañé al centro aquella tarde. Marta compró el ordenador y siete meses después se sacó el carné de conducir. A día de hoy, no ha dejado de cumplir nada de lo que me haya prometido. Miró y miró posibles opciones para continuar sus estudios, pero después de varias charlas llegamos a la conclusión de que lo que realmente le gustaba era escribir, y como no encontramos nada que se ajustara solo a lo que ella quería, se limitó a buscar trabajos en editoriales, revistas y periódicos, cualquier cosa que la acercara a un libro mientras ella escribía el suyo.

Hoy en día tiene dos terminados. Dos maravillas que nunca comprenderé porque las editoriales rechazan, pero ella no tira la toalla y eso es lo que importa, ahora está escribiendo el tercero.


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