La hija de la rectora
Primer capítulo gratis

La hija de la rectora

Capítulo 1

 

Natalie cruza la puerta de su despacho en la universidad vestida con un traje color crema y una blusa azul marino que transmiten esa imagen que siempre busca, convirtiéndola en alguien accesible y, al mismo tiempo, respetable. A sus cuarenta y dos años, la jefa del departamento de ayuda al alumno ha perfeccionado el arte de proyectar autoridad y cercanía al mismo tiempo. Se ha recogido su melena de color rubio ceniza en una cola baja y apenas lleva maquillaje, solo lo justo para dar un poco de calidez a sus mejillas y cubrir esas ojeras que la falta de sueño está marcando en su expresión últimamente.

La universidad todavía está vacía, el curso comenzará en breve y los únicos que deambulan por los pasillos estas últimas semanas son los profesores y el personal administrativo como ella, que se preparan para la llegada de los alumnos.

La consejera se dirige hacia su mesa, donde los rayos de sol de esa mañana de finales de agosto se reflejan tras filtrarse a través de las persianas venecianas. Se sienta en la silla de cuero y se permite un par de minutos en silencio mientras observa su despacho y se adapta de nuevo tras las semanas que ha pasado de vacaciones. En el fondo, lo ha echado de menos, su trabajo le gusta tanto que no es una persona que pueda decir que le cuesta levantarse para hacerlo o a la que las horas que pasa aquí se le hacen demasiado largas.

Ayudar a los alumnos que lo necesitan es algo que la llena por dentro y, si está en su mano mejorar la vida de tan solo uno de ellos, se da por satisfecha.

Sus ojos se posan en la carpeta que descansa en el centro de su mesa: Lista de estudiantes - Semestre de Otoño 2025. Ha estado evitando abrirla durante los últimos minutos desde que se ha sentado, encontrando excusas en la reorganización de libros que ya estaban perfectamente ordenados o en comprobar que su ordenador funciona sin problemas. Natalie conoce cada nombre de esa lista porque ha revisado cada expediente, pero hay uno en particular que ha estado evitando mirar.

Con un suspiro que suena más a rendición que a resignación, abre la carpeta. Sus ojos escanean los nombres alfabéticamente ordenados hasta detenerse en la letra M. Ahí está: Morley, Grace Marie.

Año académico: Cuarto año (reingreso)

Grado: Derecho

Estado: activa

El mundo se detiene por un momento y Natalie nota que el aire se vuelve más denso a su alrededor. El corazón le late desbocado a pesar de que ya sabía que iba a encontrar ese nombre dentro de la carpeta; sin embargo, al leerlo, siente que la ha pillado desprevenida. Seis años. Han pasado seis años desde que Grace Morley abandonó sus estudios en el último curso. Seis años desde que habló con ella tan solo una vez, pero Natalie no ha podido olvidarse de ese pequeño encuentro que, de algún modo, la trastocó. Se aprieta el puente de la nariz y suspira intentando pasar al siguiente nombre, pero su mente va por libre y la lleva directamente a una mañana de primavera de hace tres meses, cuando Grace Morley pisó su despacho por segunda vez.

 

Flashback

Natalie estaba trabajando en el expediente de Harper Morris cuando alguien golpeó su puerta un par de veces.

—Adelante —dijo, mientras terminaba de teclear unas líneas.

—Hola —saludó una voz femenina que le resultó familiar y aceleró su pulso de inmediato.

Cuando Natalie levantó la vista, sintió que todo se detenía a su alrededor. Junto a la puerta, estaba Grace Morley, pero no era la chica de veintiún años que ella recordaba, sino una mujer de veintisiete que había crecido en todos los aspectos importantes. Su pelo oscuro caía ondulado a cada lado de su cara por delante de los hombros, y llevaba un vestido de color verde oliva que hacía juego con sus ojos, de un verde tan oscuro que solo se apreciaba si estabas muy cerca y había iluminación suficiente.

Había algo diferente en la postura de Grace con respecto a la chica que entró en su despacho la primera vez. Ahora mostraba una seguridad que no tenía años atrás, pero seguía teniendo un destello de vulnerabilidad que a Natalie, entrenada para detectar estas cosas, no le costó ver.

—Grace… —logró decir, poniéndose de pie de forma tan abrupta que la silla rodó hacia atrás y golpeó la pared—. ¿Qué haces…? ¿Cómo estás? —se corrigió, aturdida.

—Bien —respondió Grace, mostrando una sonrisa que secó la garganta de Natalie en el acto.

Era la primera vez que la veía estirar los labios. En su encuentro anterior, Grace estaba hundida por la pena, pero ahora, era evidente que se había recuperado. Los ojos le brillaban y se entornaban de un modo muy sexy cuando sonreía.

—Me alegro —dijo Natalie de forma sincera—. ¿Has venido a ver a tu madre? —preguntó, realmente descolocada por su visita.

—No. En realidad, vengo a verte a ti, aunque no sé muy bien por qué —confesó Grace y carraspeó.

Natalie tragó saliva, sintiendo que tenía cartón en la boca.

—De acuerdo. ¿Te quieres sentar? —preguntó Natalie.

Grace caminó hacia la silla con un contoneo natural que hizo que Natalie necesitara unos segundos para recuperar la compostura —y después su silla— para sentarse de nuevo y coger uno de sus bolígrafos solo por tener algo que hacer con las manos.

—¿De qué quieres hablar? —preguntó, intentando comprender por qué le afectaba tanto la presencia de esta chica.

Habían pasado seis jodidos años, solo se habían visto una vez en la que apenas habían intercambiado unas frases, pero aquel maldito día, Grace Morley hizo que todo el mundo de Natalie se tambaleara.

—He decidido volver —dijo Grace y, de repente, parecía tan nerviosa como se sentía Natalie por dentro—. No sé por qué vengo a contártelo —Grace suspiró y también cogió uno de los bolígrafos que había sobre la mesa de Natalie—, pero he pensado que debías saberlo.

A Natalie se le habían atascado tanto las palabras en la punta de la lengua, que sentía que se le estaba hinchando y no le cabía en la boca. Grace volvía. Grace Morley de vuelta a los pasillos de la universidad. Durante los algo más de tres años que estuvo estudiando allí, para Natalie pasó inadvertida, una estudiante como cualquier otra, pero después de esos cinco minutos que estuvo en su despacho, ya no pudo ignorarla nunca más, ni podría ahora, eso lo tenía muy claro y, al parecer, Grace también.

—Eso es genial, Grace —consiguió decir, manteniendo su tono profesional mientras cambiaba el bolígrafo de una mano a otra—. Me alegra que hayas tomado esa decisión, es importante que acabes los estudios.

—Sí, creo que ya estoy lista —dijo Grace—. Seis años han sido suficientes para descansar —añadió.

Las dos se miraron y la corriente las atravesó. Natalie fue la primera en apartar la vista, fingiendo comprobar algo en su portátil.

—¿Necesitas ayuda con algún trámite? —preguntó Natalie.

—No. Mi madre se ha ocupado de todo.

Grace volvió a sonreír, en esta ocasión, con cierta timidez al mencionar a su madre, pero algo se removió bajo las costillas de Natalie igualmente.

—Claro, ser hija de la rectora tiene algunas ventajas —dijo Natalie, sonriendo también.

Esta vez fue Grace la que tuvo problemas para respirar ante su sonrisa.

—Sí —corroboró.

—Pues en ese caso, solo puedo darte la bienvenida —Natalie se levantó y le tendió la mano—, y decirte que estoy aquí para lo que necesites.

Grace la imitó y estrechó la mano de Natalie con firmeza. Fue la primera vez que se tocaron, pero suficiente para que Natalie comprendiera que aquel acelerón que tuvo en el pecho cuando Grace entró en su despacho seis años atrás, no había sido un hecho aislado ni casual, tampoco algo que el tiempo había borrado, porque al rozarle la piel sintió que el aire se le escapaba de los pulmones y su cuerpo se volvía de gelatina.

—Gracias —dijo Grace, igual de trastornada que Natalie.

La alumna abandonó su despacho y ella se quedó allí, pasmada, pensando en lo incompetente que era.

 

Y eso último es lo mismo que Natalie sigue pensando ahora. Grace Morley es la única alumna que ha pisado su despacho buscando ayuda y ella no ha podido dársela. No supo cómo hacerlo, no supo cómo convencerla de que no abandonara los estudios porque el terror ante la idea de que esa chica que le robó el aliento en cuanto cruzó su puerta se quedara en la universidad, la paralizó. Así que Natalie no hizo bien su trabajo, actuó movida por el egoísmo y el miedo y no jugó todas las cartas que habría jugado de no haberse tratado de Grace Morley.

Se levanta y abandona el despacho, atravesando los pasillos hasta que sale del edificio y se sienta en un banco para respirar el aire puro del campus. Han pasado tres meses desde que Grace se presentó en su despacho para anunciarle que había decidido retomar sus estudios y, desde entonces, ella trata de convencerse de que, en esta ocasión, podrá manejar la situación de otra manera.

En aquel entonces, Natalie acababa de llegar a su cargo actual, tenía menos experiencia en ese puesto y el hecho de sentirse atraída por una alumna la cogió desprevenida. Ahora está preparada, al menos, eso es lo que se repite cada día tras haberse dado cuenta de que esa atracción que sintió por Grace hace tiempo, sigue completamente intacta. Puede que, incluso sea peor, porque ahora Grace no es aquella chica joven y desorientada, ahora es una mujer hecha y derecha, segura de sí misma y demasiado atractiva como para ignorarla.

—Hola —escucha frente a ella.

Natalie levanta la mirada y se encuentra con Brooke Landy, vestida con unos vaqueros y una camiseta de manga corta con el logo de la universidad.

—Landy —dice Natalie, levantándose para estrecharle la mano—. ¿Qué tal las vacaciones? —pregunta de forma cortés.

—Cortas —resume Brooke con una sonrisa—. ¿Y las suyas?

—Entretenidas. Y deja ya las formalidades, por favor —responde Natalie—. ¿Cómo está Harper?

Brooke carraspea y se tensa ligeramente al principio, pero después sus hombros se relajan. La entrenadora nunca le confirmó su relación con Harper Morris ni Natalie tuvo la necesidad de preguntárselo, simplemente lo supo en cuanto las vio juntas. Tal vez fue debido a esa atracción intensa y descontrolada que ella misma sintió hacia Grace hace seis años la que hace que no le cueste identificar ese tipo de electricidad que fluye entre dos personas que esconden una relación, que es lo que ella hubiera tenido que hacer de haber tenido algo con Grace.

Se estremece solo de pensarlo.

—Está bien —responde Brooke—. Ahora trabaja en el centro de mis padres y vive… —la entrenadora titubea un momento.

Durante una conversación que tuvieron en el aparcamiento de la universidad, a Brooke le quedó claro que Natalie lo sabía, pero esta será la primera vez que dirá algo que confirmará del todo esa relación que tiene con Harper.

—Ahora vive conmigo, y está bien. Nos va bien.

Natalie sonríe y asiente.

—Me alegro. ¿Y con su padre?

Brooke se pone seria. Cada vez que recuerda los malos tratos que Harper recibía por parte de su progenitor, la rabia la invade.

—Ahora mismo no tiene trato con él, y está bien con eso.

—Entonces, también me alegro —dice Natalie.

—¿Te puedo preguntar algo? —dice Brooke, aspirando con fuerza mientras mira a un lado y a otro, asegurándose de que no hay nadie cerca.

—Claro, dime.

—¿Cómo lo supiste? Quiero decir, ¿hicimos algo que nos delató delante de ti? —pregunta Brooke, entornando la mirada.

Natalie sonríe.

—No lo sé, Landy. Simplemente, lo supe, pero no porque hicierais algo que me llamara la atención.

—Pues es una suerte que no hubiera más gente como tú entre el profesorado —dice Brooke, haciendo una mueca.

—Tampoco es que coincidieras con Harper en muchas clases —comenta Natalie, mirando la hora—. Me tengo que ir, pero podríamos tomar un café una mañana de estas —propone de repente.

Ni siquiera se lo ha pensado antes de decirlo, pero algo en el interior de Natalie le dice que va a necesitar apoyo cuando Grace Morley irrumpa en su vida, y Brooke Landy no solo le cae bien, sino que, probablemente, sea la única persona en todo el campus que puede entender cómo se siente.

—Claro, cuando quieras —dice la entrenadora.

Natalie vuelve a su despacho para continuar con todo el papeleo que tiene pendiente, pero cuando desbloquea la pantalla, el nombre de Grace Morley es lo primero que aparece. Pronto comenzarán las clases y sabe que, del mismo modo que Grace vino a su despacho para decirle que volvía, vendrá de nuevo para cualquier otra cosa porque, aunque Grace ha cambiado, su mirada de hace tres meses contenía el mismo deseo que cuando la miró hace seis años, y Natalie sabe con una certeza que la aterra, que no hay nada adecuado en lo que siente cuando piensa en Grace Morley.

 


 

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