Lengua de fuego
Primer capítulo gratis

Lengua de fuego

Capítulo 1

 

—No.

El silencio que sigue a esa única palabra que acaba de pronunciar Abigail Stone es más devastador y efectivo que cualquier grito. Al otro lado de la línea de teléfono, uno de los ejecutivos de Fux Music parece haberse olvidado de respirar. Ella se mira las uñas con indiferencia mientras espera a que el hombre recupere el habla.

—Señora Stone, creo que no ha entendido bien los términos que le estamos ofreciendo a su…

—Los he entendido perfectamente —lo interrumpe con esa voz sedosa, pero afilada como la hoja de una navaja—. Y mi respuesta sigue siendo la misma. Mi cliente vale tres veces lo que me proponen y ambos lo sabemos.

Abigail gira su silla hacia el ventanal de su oficina de Manhattan y cruza las piernas, dejando a la vista la suela roja de sus zapatos de tacón. La vista de Central Park —que conoce de memoria— le parece más entretenida que la conversación con este hombre.

—Pero el mercado actual…

—El mercado actual es exactamente lo que nosotros digamos que es —lo corta de nuevo con su particular tono congelado, cuyo aliento podría penetrar por el auricular y granizar el cable—. Si no saben valorar lo que les ofrezco, hay otras tres discográficas esperando. Que tenga un buen día.

Cuelga sin esperar a que responda. Es un movimiento muy arriesgado y Abigail lo sabe, pero ella no ha llegado donde está siendo precavida. La prueba está en la pared de su izquierda, donde decenas de fotografías la muestran junto a todas las estrellas que ha forjado en el panorama musical. Cantantes que ahora aparecen en las portadas de las revistas más importantes, voces que llenan estadios, carreras que ella ha construido desde cero. Cada una de esas fotografías, incluyendo un Grammy al artista revelación para Martin Reed durante tres años consecutivos, dos Discos de Platino para la cantante Isabella Cruz o el premio al Ejecutivo del año que ella aceptó con la misma frialdad que acepta todo lo demás, son un pequeño recordatorio de que Abigail Stone puede permitirse colgarle a quien le dé la gana.

Exactamente siete minutos después, su teléfono vuelve a sonar y su secretaria anuncia que se trata del mismo ejecutivo de Fux Music. Abigail curva ligeramente los labios antes de responder.

—Abigail Stone —contesta como si no supiera con quién habla.

—Señora Stone, hemos reconsiderado la oferta.

Por supuesto que lo han hecho. Siempre lo hacen. Veinte minutos después, Abigail termina la llamada habiendo acordado términos nuevos que superan la propuesta inicial. Se permite un momento de satisfacción recostándose en su silla y después vuelve al trabajo, concentrada y calculadora, pero se ve interrumpida porque la puerta de su oficina se abre sin previo aviso. Solo hay una persona en el mundo que se atreve a entrar sin llamar, Liam Cottet, su socio y amigo, que aparece con una sonrisa y dos tazas de café.

—He oído que has terminado de castrar a ese pobre hombre de Fux Music —dice con una sonrisa divertida—. ¿Quién era? ¿Eric? ¿Oliver?

Abigail baja un poco la tapa de su portátil y levanta la mirada.

—No, creo que era James, aunque no estoy segura —responde Abigail con un destello de maldad en la mirada.

—Por Dios, pero sí es un niño. Se habrá cagado en los pantalones —dice Liam, empujando la puerta con el pie para cerrarla.

Abigail odia que haga eso porque no puede calcular la fuerza con la que cierra y el sonido le molesta. También le molesta que entre sin llamar, pero después de quince años viéndole la cara casi a diario, hay ciertas cosas que ella le permite.

Liam es alto, casi un metro noventa. Delgado y de pelo muy oscuro. Tiene los ojos claros y unas pestañas enormes que sumadas a su sonrisa casi perpetua y que no aparenta los cincuenta y dos años que tiene, lo convierten en un hombre muy atractivo, pero es un hombre fuera del alcance de cualquiera que lo mire, porque está enamorado de su mujer, Vanessa, y solo tiene ojos para ella.

—Entonces, ¿ha ido bien? —pregunta Liam, entregándole un café antes de sentarse.

—Digamos que los términos han sido negociados satisfactoriamente para nosotros —contesta Abigail como si fuera un robot.

La sonrisa de él se estira como un chicle mientras se acomoda, cruzando una pierna sobre otra, probablemente haciendo cálculos mentales de lo que van a ganar.

—¿Quieres algo? —pregunta Abigail, cortando su expresión satisfecha.

—Joder, Abby, en serio, tienes que practicar un poco tus habilidades sociales —se queja él, soplando su café con gesto delicado.

—Liam, tengo trabajo —dice ella, sin ganas de escuchar el discurso de siempre.

—Vale, necesito que hagas algo —añade él.

Abigail arquea una ceja.

—¿Necesitas? ¿Ahora soy tu secretaria? —espeta atravesándolo con su mirada fulminante.

Él levanta las manos en un claro gesto apaciguador. Sabe manejarla, al menos eso piensa, pero a veces se le olvida y ahora Abigail Stone lo mira con esos ojos de color gris verdoso que parecen estar a punto de desatar una tormenta.

—No, joder, no eres mi secretaria —responde Liam—. Deberías salir más, en serio. En fin, da igual. Te acuerdas de Jimmy Walt, ¿el que nos consiguió a los hermanos McKenzie en Nashville?

Abigail podría hacer ver que está pensando, pero no le hace falta porque tiene muy buena memoria, incluso cuando desearía no tenerla.

—¿El que siempre huele a bourbon? ¿Qué pasa con él? —pregunta ella.

—Me ha llamado esta mañana. Dice que hay una voz en un pueblo perdido de Tennessee que va a volarnos la cabeza, literalmente —Liam hace una mueca y abre mucho los ojos—. Sus palabras exactas fueron: es como si Aretha Franklin hubiera tenido una hija con un gitano andaluz.

Abigail arquea una de sus cejas perfectas y lo mira como si fuera imbécil.

—Jimmy Walt dice muchas cosas cuando está bebido. No sé por qué le haces caso.

—Porque no estaba bebido cuando me lo ha dicho, por eso se lo hago —contesta Liam—. De hecho, sonaba más sobrio que nunca. Dice que la chica canta los viernes por la noche en un bar de un sitio llamado…

Liam alza una mano y le pide que espere mientras saca su teléfono y consulta sus notas.

—Smithville.

—¿Smithville? ¿Qué es eso? —pregunta Abigail con desdén, aunque el nombre le suena mucho.

—Es una población con poco más de cinco mil habitantes. Según Jimmy, está en el culo del mundo, pero dice que el viaje vale la pena.

Abigail se recuesta en su silla, mirando fijamente a Liam con una mirada tan penetrante que hace que él sienta que le está leyendo hasta el último de los pensamientos.

—Pues me parece perfecto, que tengas buen viaje.

—Ya, de eso quería hablarte. Yo no puedo ir. Mi madre cumple setenta años este fin de semana y si no aparezco, me desheredará. Sabes lo dramática que se pone, y Vanessa la adora, me pedirá el divorcio si le digo que no puedo ir.

—Eres millonario, lo superarás. Y Vanessa jamás te dejaría, te mira igual que tú a ella, dais asco —responde Abigail.

—Venga, no me jodas, Abby, hablo en serio —dice Liam—. Tienes que ir tú.

—¿Yo? Envía a Lee, o a Jennifer. ¿Para qué coño les pagamos?

—Lee está grabando en Londres y Jennifer está negociando el contrato de Isabella en Los Ángeles. Si salieras más de este despacho lo sabrías. Solo quedamos tú y yo —explica Liam.

—Mañana tengo tres reuniones programadas, una cena con otro ejecutivo de Fux el sábado y el domingo tengo que revisar varios contratos que…

—Todo eso lo puedes hacer desde cualquier sitio que tenga conexión a internet —la interrumpe Liam—, además, el fin de semana no deberías trabajar.

—Pero quieres que vaya a ese pueblo —lo acusa Abigail.

—Eso es diferente, si hay una posibilidad, por remota que sea, de que esa chica sea tan buena como Jimmy dice…

—Podrá esperar a que Lee o Jennifer estén libres, o tú, para que te deleites escuchándola la semana que viene. No voy a perder el fin de semana viajando a ese sitio recóndito para escuchar a otra cantante de bar con sueños de grandeza.

—Irás —Liam se levanta—, porque nosotros nunca dejamos escapar una oportunidad, siempre llegamos los primeros, por eso tenemos la reputación que tenemos.

Abigail aprieta la mandíbula.

—Y porque tú jamás harías que mi madre celebrase su cumpleaños sin mí.

—Eres un cabrón —espeta Abigail, poniendo las manos planas en la mesa como si se estuviera preparando para lanzarle algo.

La señora Cottet, con sus ochenta kilos de amor incondicional y su tendencia a hacer lasaña para todo el vecindario es lo más cercano a una figura materna que Abigail ha conocido, y eso que tiene a la suya. Su memoria prodigiosa la hace revivir un recuerdo sin permiso como si estuviera pasando ahora mismo, solo que entonces ella tenía diez años, no cuarenta y dos como ahora. Abigail sostenía un trofeo dorado porque acababa de ganar un concurso de debate en el colegio. Tenía las mejillas rojas de pura emoción y una sonrisa resplandeciente le iluminaba la cara mientras corría hacia su madre. Solo esperaba un abrazo o una simple felicitación, cualquier gesto que le demostrara que estaba orgullosa de ella, pero, en lugar de eso, se encontró con la mirada fría de Brigitte Stone, rígida como si fuera una figura de mármol.

—El éxito no se celebra, se acumula, Abigail —su voz fue como un trueno entonces y resuena con la misma claridad en su cabeza ahora—. Las emociones son para los débiles, y tú no eres débil.

—Abby —dice Liam—. ¿A dónde te has ido?

Ella parpadea, confundida durante un segundo, pero solo uno porque ella es una mujer de acero.

—Está bien —acepta—. Iré a tu maldito pueblo perdido a escuchar a la cantante del bar, pero lo hago por tu madre, no por ti.

—Por supuesto —sonríe Liam—. Te guardaremos un trozo de pastel.

—Que te jodan. Espero que al menos no me reviente los tímpanos.

—Confía en mí, Jimmy es un jodido borracho, pero tiene oído para estas cosas.

—Jimmy solo escucha el sonido del hielo en su vaso cuando se queda vacío —objeta Abigail.

—Sí, eso también. En cualquier caso, piensa en esto como una aventura…

—Liam —lo corta Abigail—. Ahora es un buen momento para que me recuerdes por qué somos amigos.

—Porque me quieres, y porque yo te quiero a ti a pesar de que noto el frío que desprendes desde este lado de la mesa.

Liam se levanta.

—Llámame cuando llegues, y por Dios, también cuándo la escuches, necesito saber si de verdad es tan buena.

Cinco minutos después de que salga Liam, Patricia, su secretaria, asoma la cabeza por la puerta que él ha dejado abierta. Otra cosa que le molesta a Abigail y que sin duda él ha hecho a propósito.

—Señora Stone, ¿necesita que haga alguna reserva? —pregunta la mujer.

—Sí, un vuelo a Nashville para mañana por la mañana, también un coche de alquiler, y encuentra el hotel más decente de un lugar llamado Smithville, Tennessee, suponiendo que tal lugar exista.

El comentario es puro sarcasmo. El pueblo existe, Abigail lo ha comprobado en cuanto Liam ha salido, por eso sabe que su opción más rápida para llegar es volar hasta Nashville y desde allí conducir hasta ese pueblo recóndito cuyo nombre le sigue sonando, aunque ya se entretendrá en otro momento en averiguar el motivo.

—Enseguida, señora —dice Patricia.

Cuando la mujer sale de su despacho, Abigail coge su teléfono para llamar a Liam.

—No puedes arrepentirte tan pronto —responde él desde su oficina.

—No me has dicho el nombre del bar —dice ella, con el bolígrafo entre los dedos y la mano sobre su agenda, esperando con impaciencia.

—Lo sé, tengo que hablar con Jimmy de nuevo. Te llamo cuando lo sepa.

—Sabes que me molesta trabajar con la información incompleta. ¿Y el nombre de la chica? ¿Tampoco lo sabes? No, claro que no —se responde a sí misma.

Liam deja escapar una risita culpable.

—Su nombre es lo menos importante ahora mismo, solo nos interesa su voz —dice Liam—. Así que mantén la mente abierta, por favor, ya sabes que los diamantes en bruto a veces están…

—Los diamantes en bruto están donde yo los busco —interrumpe Abigail de forma abrupta, pensando en conservatorios prestigiosos, concursos nacionales o clubes de Las Vegas y Nashville, no un bar en un pueblo escondido.

—Sí, ahí también —confirma Liam con tono divertido—. Te llamaré cuando tenga información. Vete a casa a descansar.

Liam cuelga. A Abigail tampoco le gusta que le digan lo que tiene que hacer. Pasa las siguientes horas revisando contratos, respondiendo correos y programando llamadas para la semana siguiente. La oficina se queda vacía sin que ella se dé cuenta, como pasa casi todos los días. Es casi media noche cuando cierra su portátil y se pone de pie para recoger su bolso y la chaqueta de su traje.

—Buenas noches, señora Stone —dice el guardia de seguridad del edificio.

—Buenas noches, Robert.

Cuando atraviesa el portal, su chófer, una mujer afroamericana de cincuenta años con el pelo lleno de trenzas que jamás se queja de los horarios de Abigail, la espera junto al coche con la puerta trasera abierta.

—Gracias, Loretta —dice Abigail, deslizándose dentro como si flotara.

Loretta cierra de un portazo y Abigail suspira. La mujer es un poco bruta, habla mucho para su gusto y a veces lanza improperios por la ventana y toca el claxon como una histérica, pero jamás se ha sentido insegura con ella ni ha llegado tarde a ningún sitio, así que Abigail decidió no despedirla hace tiempo, aunque a veces Loretta se ponga lazos de colores en el pelo o le hable de recetas que ella no piensa cocinar.

—¿Sabe que los búhos nunca duermen del todo? —dice Loretta, mirándola a través del retrovisor—. Al parecer, siempre tienen un ojo entreabierto, por si acaso. Mi abuela decía que algunas personas nacen así: con el alma en vela. Quizá sea usted una de esas —añade haciendo un gesto hacia el reloj del coche.

Abigail la mira un instante, pero después sigue mirando por la ventana sin decir nada, pensando en lo que ha dicho.

—¿A qué hora la recojo mañana? —sigue Loretta.

Nunca se ofende por los silencios de Abigail, está acostumbrada y, aunque ella también nota la frialdad que desprende, solo le parece una niña que necesita sol. Por eso le gusta trabajar para ella.

—A las cuatro de la madrugada, tienes que llevarme al aeropuerto.

—Por supuesto. ¿Cuándo vuelve? —pregunta Loretta.

—El domingo. Patricia te avisará con los detalles.

Abigail no aparta la mirada de la ventana. Ir en coche le gusta, probablemente sean los únicos minutos del día en los que consigue relajarse, el resto del tiempo siempre está tensa.

—¡Ay, Dios! Esta canción me encanta —grita Loretta, sobresaltando a Abigail—. ¿Le importa si subo el volumen?

—El volumen está bien así —responde Abigail con un tono helado que hace bajar la temperatura interior del coche.

—Cierto —corrobora Loretta, y empieza a tararear la canción para disgusto de Abigail.

El Mercedes se detiene frente a su edificio en el Upper East Side y Abigail sube a su apartamento sin saber que, a partir de mañana, su corazón empezará a latir de un modo diferente y ella no podrá hacer nada para controlarlo.


 

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