
Casey
Cuando por fin suena la alarma del despertador a las 5:30 AM siento alivio en lugar de molestia. Llevo una hora despierta dando vueltas en la cama, diciéndome a mí misma que tengo que permanecer aquí, intentando dormir, pero por mucho que cierro los ojos, en mi mente solo hay números, contratos y reuniones que me esperan a lo largo del día y no me dejan dormir.
Al sentarme en la cama salta una notificación en mi Apple Watch que indica que mis pulsaciones van más rápido de lo que deberían. Lo ignoro como llevo haciendo varios días, —cuando esas notificaciones se repiten de manera casi constante— y enciendo la cafetera antes de meterme en la ducha. Al salir, me visto y me doy cuenta de que las manos me tiemblan cuando me aplico un poco de maquillaje. De nuevo, ignoro esas señales que me recuerdan el estrés al que me siento sometida y voy a por esa taza de café humeante que necesito para activarme y enfrentarme a otro día como CEO en Industrias Hunter, empresa líder en software financiero creada por mi abuelo como fábrica de cajas registradoras y equipo contable, heredada por mi padre, que, adaptándose a los cambios, apostó por herramientas tecnológicas y empezó a desarrollar software. Empresa que dentro de un año heredaré yo por completo cuando él se jubile. Tenemos más de tres mil empleados entre las oficinas distribuidas en doce países, y jamás me he sentido abrumada ante esos números hasta saber que mi padre quiere abandonar el barco. Desde entonces, siento una mano invisible que me asfixia la garganta y no me suelta.
A las seis en punto, estoy entrando en mi despacho de la planta cuarenta con vistas a Boston Harbor. Esto es lo que más me gusta de este monstruoso edificio que mandó construir mi abuelo, mi despacho. Hace esquina y las dos paredes exteriores están acristaladas por completo, pero lo más impresionante es la terraza, a la que salgo siempre que necesito que me dé el aire, lo que últimamente sucede muy a menudo.
Me preparo otro café mientras observo el espantoso sofá de cuero marrón que reposa junto a la pared izquierda. Me lo regaló mi padre hace unos años cuando concluyó que yo, al igual que él, pasaba muchas horas en el despacho y al final acabaría pasando aquí alguna noche. Jamás lo he tocado, incluso creo que sería acertado decir que solo me senté una vez el día que lo trajeron para complacer a mi padre. No solo no me gusta, es que me recuerda al que tenía mi madre en su sala de lectura y a veces pienso que mi padre intenta convertirme en ella regalándome todas las cosas que le gustaban a mi madre como si por extensión o el hecho de que me parezco mucho a ella, a mí también tuvieran que gustarme.
Una hora después, el edificio cobra vida y aparecen todos los empleados. Yo ya voy por mi tercera taza de café y no he movido el culo de la silla mientras repaso una vez más todos los números para la reunión de mañana con los accionistas. Es la primera vez que mi padre no estará presente, según él, tengo que empezar a prepararme para cuando se marche del todo y estoy de acuerdo, estoy preparada y soy muy capaz de dirigir esta empresa sin él, pero desde que me dio la noticia de su jubilación hay algo que falla dentro de mí, algo que no logro identificar y que tiene mucho que ver con esa mano invisible que me asfixia.
La puerta del despacho se abre y por ella entra Emily Parker, mi secretaria desde hace dos meses, con esa sonrisa casi permanente que no consigo comprender y que, en ocasiones, me molesta porque parece que para ella la presión no existe y el mundo es de color rosa. Su traje sastre color crema perfectamente planchado y su pelo rubio recogido en un moño impecable solo aumentan mi irritación.
—Buenos días, señora Hunter —dice Emily con voz melosa.
—Hola, Emily —saludo mirándola.
Se acerca a mi mesa con una carpeta repleta de papeles y la deja a un lado.
—Son los informes que me pidió, todo lo relacionado con el mercado de Tokio. ¿No prefiere que se los envíe al correo? —pregunta entornando la mirada.
—No, ya sabes que me gusta leer en papel —digo al mismo tiempo que, de manera mecánica, cojo la carpeta, la cuadro para que los papeles queden en la misma línea y la dejo justo en la esquina de la mesa, perfectamente alineada con los bordes.
—Claro, lo entiendo —dice sonriendo.
En realidad, no lo entiende, pero miente para complacerme. En ocasiones ni yo misma comprendo mi comportamiento, pero a pesar de haber cumplido ya los cuarenta y dos, sigo adoptando la misma metodología para absorber información que cuando estaba en la universidad, leer, subrayar y resumir manualmente.
—Aquí le dejo su agenda de hoy. He movido dos reuniones poco importantes al final de la semana para que tenga tiempo de estudiar esos papeles.
Levanto la mirada y Emily da un paso atrás cuando siente que la atravieso. No lo hago a propósito, pero no soporto que tomen decisiones por mí, aunque sean por mi propio bien. Otra notificación de la aplicación en el teléfono, de nuevo, mi ritmo cardíaco va más rápido de lo normal, pero trato de relajarme y cuento hasta tres como me pidió mi padre tras nuestra última discusión, en la que él, muy sabio, me dijo que no podía estar despidiendo a todas mis secretarias cada vez que hicieran algo que no me gustase. Así que aquí estoy, mirando a Emily mientras contengo las ganas de pedirle que recoja sus cosas y desaparezca de mi vista junto a su querida sonrisa.
—Puedo volver a programarlas como estaban si no le gusta el cambio —dice casi tartamudeando.
—No es necesario, así está bien, gracias —consigo decir.
De nuevo, esa sonrisa encantadora se expande por su cara haciendo que la odie un poco más.
—En ese caso, voy a mi mesa, si necesita cualquier cosa…
—Sí, te avisaré —la interrumpo, pero mi impertinencia no logra borrarle esa expresión alegre y estúpida y Emily abandona mi despacho como una niña inocente que acaba de salir al recreo—. Joder —suspiro y chasqueo la lengua.
Me recuesto en la silla unos segundos y observo la pantalla del portátil mientras alterno miradas entre ella y la enorme carpeta que Emily acaba de dejar sobre mi mesa. Debería ponerme con eso de inmediato, estamos a punto de entrar en negociaciones con el mercado de Tokio y si lo hacemos bien, supondría un contrato multimillonario para la empresa, pero yo solo puedo pensar en la reunión de mañana con los accionistas y la sensación de vértigo me trepa por el pecho constatando una vez más lo que llevo días temiendo, que de repente, parece que he perdido esa seguridad inquebrantable que siempre me ha caracterizado.
El día pasa sin que apenas me dé cuenta, solo soy consciente cuando Emily reaparece en mi despacho para despedirse y justo cuando ella se marcha, aparece mi padre.
—Hola, papá.
No me devuelve el saludo, simplemente camina con ese paso militar que adquirió en los años que pasó alistado y se sienta frente a mí.
—Emily dice que no has salido del despacho en todo el día —lo comenta como un hecho que no necesita ser contrastado.
—¿Ahora me espías? —pregunto irritada, pero su mirada se endurece y de repente me hago pequeña.
—Solo hago preguntas y la gente es educada y las responde. ¿Has comido?
Trago saliva, lo cierto es que ha habido un rato en el que mi estómago ha estado protestando, pero estaba sumergida entre los números y al final el hambre se ha volatilizado y no he pensado más en ello.
—Comeré cuando llegue a casa.
—Joder, Casey —protesta irritado—. Levanta, vamos a cenar.
—¿Qué? —pregunto incómoda.
No es que tenga mala relación con mi padre, pero desde que murió mi madre hace cinco años, los dos hemos cambiado. Él se ha vuelto más hermético de lo que por norma era, y más serio si es que se puede. Y yo simplemente siento que tengo que ser tan perfecta como lo era ella para que él no sienta que lo ha perdido todo.
—No me apetece, papá, estoy cansada. Quiero llegar a casa, ducharme y…
—Y dormir —completa él—. Sin llevarte nada al estómago en todo el día. No es una sugerencia, Casey, es una orden.
Observo sus ojos grises, idénticos a los míos, y la forma en que las arrugas se profundizan en su frente cuando frunce el ceño. A pesar de sus sesenta y cinco años, mantiene la misma postura erguida y el porte autoritario que recuerdo de mi infancia.
No protesto más, a veces tengo la sensación de que él piensa que sigue en el ejército a pesar de que lo dejó hace más de treinta años, cuando mi abuelo murió de manera repentina y a él no le quedó más remedio que volver para ponerse al frente de la empresa.
—Está bien —accedo rendida, recogiendo mi maletín de cuero negro—. Tú ganas, pero nada de restaurantes asiáticos.
—Nada de asiáticos —concede él con las manos en alto, y por un momento, un destello de la sonrisa que solía tener cuando mi madre vivía ilumina su rostro—. Conozco un sitio italiano nuevo que te encantará.
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