Manchada de sangre
Primer capítulo gratis

Manchada de sangre

Capítulo 1

 

—Buenos días, ¿en qué puedo ayudarla?

La inspectora Nuria Torres escucha la pregunta del agente que se encuentra detrás de la ventanilla de atención al público. Ella está un poco más atrás, dejando las llaves de uno de los coches que utilizan los investigadores durante el turno.

—Soy la subinspectora Martina Álvarez. Es mi primer día y me han dicho que pregunte por la inspectora Torres.

A la inspectora Torres la voz de la subinspectora le suena igual que una melodía cuando la escucha, le parece demasiado dulce para alguien que investiga cosas en su mayoría desagradables, y sin saber por qué, su cuerpo se estremece.

Movida por la curiosidad, alza la cabeza para ver si el aspecto de la subinspectora es acorde a su voz. Ella espera encontrarse a un corderito recién destetado, sin embargo, lo que percibe en ella es justo lo contrario. Su mirada es perspicaz, dura, y su expresión corporal no invita precisamente a tratar de tomarle el pelo.

Desde su posición, le da la impresión de que es tan alta como ella y que no aparenta los treinta y cinco años que le ha dicho el comisario que tiene. De no haber sabido ya quién es, ella no le hubiese echado más de veintiocho. Incluso su hija Sonia, que apenas tiene treinta, parece mayor que ella.

—Pues no va a tener que buscar mucho —contesta el agente girándose hacia la inspectora con expresión divertida, como si el encuentro entre las dos mujeres fuera lo más interesante que le ha pasado durante toda la mañana—, ahí la tiene, subinspectora.

El agente señala a la inspectora Torres con un gesto de cabeza y la subinspectora la escudriña con el ceño fruncido mientras sus ojos la recorren hasta acabar clavados en los de ella. La inspectora se pone nerviosa y eso la hace sentirse un poco incómoda. Está acostumbrada a que nadie le aguante la mirada, por lo que la joven subinspectora la descoloca y eso la enfurece más de lo necesario a esas horas de la mañana.

Nuria Torres no soporta que le endosen a los nuevos, pero soporta mucho menos que el comisario alegue siempre que la culpa es suya, porque es tan insoportable que todos la rehúyen. Quizá por una parte tenga razón, sin embargo, la inspectora sabe que hay otro motivo y que eso le sirve únicamente para vengarse de ella.

—Por eso te comes a todos los nuevos —suele decirle encogiendo los hombros como si fuese un hecho irrefutable—, con suerte, algún día se producirá un milagro y encontraremos a alguien que aguante tu frialdad y tus manías.

Puede que tenga razón en eso último, aunque Nuria duda que ese alguien sea la mujer que tiene delante.

—Soy la subinspectora Álvarez —se presenta Martina sin moverse.

—Sí, ya lo he oído —responde cortante.

La inspectora se da cuenta de que por mucho que se esfuerza le resulta imposible no ser tan desagradable. A veces es borde sin más, no puede evitarlo.

El agente de la ventanilla, que ya conoce el carácter osco de la inspectora, contiene la risa mordiéndose los labios y se vuelve hacia el otro lado para evitar que la tensión le acabe salpicando.

—Perfecto, no me gusta repetirme —responde la subinspectora, y le dedica una sonrisa falsa a la inspectora que la hace respirar hondo antes de contestar.

—En ese caso seguro que nos llevaremos muy bien. No te quedes ahí, tengo mucho papeleo pendiente de rellenar y tu ayuda será muy útil en ese aspecto. Ya iremos viendo en todos los demás.

Su sonrisa falsa se borra de un plumazo, pero si le ha molestado la actitud de Nuria Torres, no lo ha demostrado y se ha dirigido hacia la puerta que hay a la derecha de la ventanilla para entrar en el habitáculo donde se encuentran el agente y ella.

De cerca, su presencia impacta a la inspectora desconcertándola todavía más. La subinspectora Martina Álvarez desprende una gran cantidad de energía que le recuerda a su nieto Marcos cuando lo lleva al entrenamiento de fútbol y corre detrás de la pelota durante una hora entera sin agotarse.

La pose de Álvarez es algo chulesca, y la parka verde militar que lleva no hace más que acrecentar esa actitud desafiante. A la inspectora Torres le gusta ese carácter de su subordinada aunque se esfuerce en ocultarlo. Para su trabajo son buenas las actitudes así, evitan que los sospechosos más atrevidos se sobrepasen con sus comentarios y que los más débiles se sientan tan intimidados, que cuentan lo que saben sin necesidad de presionarlos demasiado. Ser una buena policía no solo depende de saber investigar y tener intuición, la actitud también ayuda. Martina Álvarez se mueve y la saca de sus cavilaciones cuando sus ojos, que vistos desde cerca descubre que son marrones como el chocolate caliente, la escanean de arriba abajo sin cortarse ni un poco.

—La he encontrado así en la calle, parece que está un poco perdida.

La inspectora escucha la voz de una mujer que acaba de entrar en la comisaría dirigiéndose al agente, pero ella no le hace caso porque permanece inmóvil manteniéndole la mirada a la subinspectora. Quiere que le quede claro desde el principio que su actitud puede valerle con cualquiera menos con ella. Nuria Torres ha tratado con demasiada gente a lo largo de su carrera y para lo que cree que le va a durar como compañera la subinspectora, no va a consentir que se pase de la raya ni un solo momento.

—Inspectora… —el agente se gira hacia ella con la cara descompuesta.

—¿Qué pasa? —pregunta irritada.

—Creo que debería ver eso.

El joven señala hacia el otro lado de la ventanilla, donde la mujer que ha entrado, de muy avanzada edad, acompaña a una chica joven vestida con un pantalón de chándal gris, una camiseta blanca que ha adquirido un tono rosado debido a la gran cantidad de sangre que acumula sobre ella y unas zapatillas blancas que han sufrido el mismo percance que la camiseta. Su pelo negro y largo, está alborotado y sucio como si llevara días sin lavarse. Sus brazos desnudos están cubiertos de sangre seca, al igual que su cara.

—Joder… —susurra la inspectora impactada por la imagen.

De inmediato se dirige hacia la puerta, prácticamente arroyando a la subinspectora Álvarez, que se ha quedado pasmada en el sitio con la mirada clavada en la joven.

—No te quedes ahí, coño —le recrimina con exigencia en cuanto pasa por su lado.

Las dos policías cruzan la puerta y la inspectora Torres se acerca a la joven mientras que la subinspectora Álvarez le pide a la anciana que se aparte y la invita a sentarse en una de las sillas de la sala. En cuanto Nuria recorta la distancia con la chica, un desagradable olor a orina invade sus fosas nasales provocándole una arcada que tiene que contener con esfuerzo. Es entonces cuando se da cuenta de que su pantalón gris, está oscurecido por la parte alta de sus muslos. La chica se ha orinado encima.

—¿Te encuentras bien? —le pregunta a pesar de que es obvio que su estado no es precisamente bueno.

La joven mira al frente, pero es como si su mente estuviese muy lejos de ahí en ese momento. La inspectora la observa con detenimiento recorriendo cada parte de su cuerpo en busca del origen de toda esa sangre, aunque a simple vista no parece que sea suya o no podría mantenerse en pie.

—¿Estás herida? ¿De quién es la sangre?

La chica ni siquiera parpadea y, cuando Nuria piensa que no va a obtener ninguna respuesta por su parte, muy lentamente, la joven une sus manos a la altura de las muñecas y las extiende hacia la inspectora esperando a que la espose.

—No me jodas… —farfulla la subinspectora a su lado, tan desconcertada como ella.

Nuria coge a la Martina Álvarez por un brazo y ambas se apartan un poco de la joven sin perderla de vista.

—¿La vamos a detener? —pregunta la subinspectora tragando saliva.

—Primero hay que descubrir si hay un motivo para hacerlo, ¿no te parece? —la tutea la inspectora porque le resulta difícil hablar con formalidades a una compañera que no es mucho mayor que su hija.

—¿Usted la ha visto bien? Está cubierta de sangre y ha unido las manos para que la esposemos. Está claro que se está entregando. Algo habrá hecho.

—También está claro que está en estado de shock. Pide una ambulancia y haz que dos agentes la acompañen al hospital sin despegarse de ella. Asegúrate de que su ropa acabe en una bolsa que podamos analizar, toda ella puede ser una prueba andante.

—De acuerdo, ¿a quién se lo puedo pedir?

La inspectora la mira ceñuda y suelta un resoplido que pone en tensión a Martina Álvarez.

—Me da igual que seas nueva, has trabajado en otras comisarías antes y el funcionamiento es el mismo en todas. Espabila —ordena, y se gira de nuevo hacia la joven.

La subinspectora chasquea la lengua contrariada y cruza la puerta farfullando algo que Nuria no logra comprender, pero que le hace contener una sonrisa. Ahí manda ella, y a la subinspectora le acaba de quedar muy claro.

—¿Yo me puedo ir ya?

La policía había olvidado a la señora que ha llegado junto a la joven. Nuria la mira calculando con asombro que como poco tiene noventa años, sin embargo, parece más lúcida que muchas de las personas a las que conoce.

—No, necesitaré tomarle declaración. ¿La conoce usted de algo?

—No, solo la vi deambulando por la calle, aquí cerca —aclara y mueve los labios como si se le hubiese movido la dentadura—, y como tiene tan mal aspecto pensé que a lo mejor estaba buscando ayuda.

En ese momento vuelve la subinspectora Álvarez con dos compañeros que arrugan la nariz en cuanto se acercan.

—La ambulancia llega en tres minutos —le susurra a la inspectora.

—De acuerdo. No la pierdan de vista —ordena a los agentes, que asienten con determinación colocándose uno a cada lado de ella—. Tengo que comprobar lo que llevas en los bolsillos —le dice a la chica con suavidad al mismo tiempo que la subinspectora le entrega unos guantes de látex.

La joven no se inmuta, permanece con las manos extendidas como si estuviese catatónica. La inspectora se acerca lentamente, aguantando la respiración porque el olor a orín se le antoja insoportable y, con mucha cautela, le palpa los dos únicos bolsillos que tiene el pantalón. Busca cualquier tipo de arma o documentación que les diga quién es o les dé una idea de lo que le ha sucedido, pero para su disgusto, los dos están vacíos. Palpa su cintura mientras ella permanece quieta como una estatua y también sus tobillos y sus piernas sin encontrar nada.

Cuando termina, la subinspectora le coloca una manta térmica sobre los hombros y las dos se apartan de nuevo.

—No tiene ningún tipo de documentación y no habla —dice la inspectora frustrada—, en cuanto se la lleven, quiero que le tomes declaración a la anciana. Dice que la ha encontrado merodeando por los alrededores de la comisaría. Que te dé detalles, pregúntale si había alguien más con ella, si le ha llegado a decir algo o si ha visto cualquier cosa sospechosa. Yo informaré al comisario de los hechos y después revisaré las cámaras de la entrada para ver si encuentro algo que nos pueda dar una pista sobre quién es. También enviaré a alguien a registrar todas las basuras de la manzana por si ha tirado algún objeto.

—¿Cómo el arma de un crimen? —apunta la subinspectora con un deje de ironía que enfurece a la inspectora.

—Por ejemplo. Y recuerda, quiero la ropa y también un par de fotos cuando la hayan lavado, si no logramos que hable las pasaremos por el programa de reconocimiento facial, aunque algo me dice que no está fichada.

—De acuerdo, ¿qué hago cuando termine con la anciana?

—Me buscas, después iremos al hospital para hablar con los médicos. ¿No estás contenta? Tu primer día aquí y ya tienes un caso.

La subinspectora suspira y hace un gesto extraño.

—No esperaba que fuese un caso así —reconoce.

La inspectora está de acuerdo, pero no se lo dice. A sus cuarenta y siete años, ha pasado veinticinco en el cuerpo y nunca se ha encontrado con nada parecido.

 


 

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