
Noviembre de 1878.
El tren chirría en la curva y a Cassidy Boone se le eriza la piel. Está observando desde su posición en una roca elevada, contando los vagones mientras el convoy serpentea por el cañón. Son cinco vagones en total, y el tercero es el que importa, el que no debería estar en ningún registro oficial, el que transporta oro sin custodiar porque oficialmente no existe.
Se ajusta el pañuelo sobre la nariz y revisa el revólver por enésima vez. A su derecha, Jackson escupe tabaco contra las piedras y sonríe con una expresión que a Cassidy siempre le ha parecido demasiado ansiosa. A la izquierda, Monroe comprueba las cargas de dinamita sin que le tiemblen las manos, mientras que más abajo, Reed y Quinn están esperando junto a los caballos, inquietos.
—Es ahora o nunca, Parda —murmura Jackson.
Cassidy no responde. Está concentrada, observando el humo negro del tren mezclándose con el cielo gris de noviembre mientras calcula distancias, tiempos y variables. Todo está en su sitio, todo medido al segundo, como a ella le gusta, así que levanta la mano.
El silbido de Monroe corta el aire y la primera explosión sacude los rieles más adelante. El tren chilla con las ruedas bloqueándose contra el metal y las chispas saltan como si fueran luciérnagas enloquecidas antes de detenerse en el punto exacto que Cassidy marcó en el mapa hace tres semanas.
—¡Ahora! —grita Cassidy.
En cuanto la escuchan, todos descienden por las rocas a toda velocidad. Jackson dispara dos veces al aire, más por la emoción que por necesidad, mientras los guardias del tren —solo dos, como predijo el informante— levantan las manos antes de que Cassidy siquiera apunte en su dirección.
—¡Al suelo, bocabajo, las manos donde pueda verlas! —su voz no admite discusión y su tono es tan seguro que cualquiera que la escuche pensaría que tiene claro que su atraco saldrá perfecto.
Monroe y Quinn fuerzan la puerta del tercer vagón mientras Reed mantiene vigilados a los guardias. El interior está oscuro y huele a madera, pero eso no es lo importante; lo importante es que las cajas están ahí, apiladas contra las paredes y marcadas con insignias que no significan nada para nadie excepto para quien debe recibirlas y para ellos.
—Aquí está —Monroe abre la primera caja con la culata de su rifle y el oro brilla incluso en la penumbra.
Los ojos de Quinn se agrandan y ambos sonríen. La jodida Parda tenía razón. Veinte lingotes por caja, ocho cajas en total. Una fortuna que podría cambiar vidas, comprar tierras y abrir puertas que llevan años cerradas para gente como ellos. La carga les lleva menos de diez minutos. Cassidy mantiene el revólver firme mientras cuenta los segundos en su cabeza y vigila cada movimiento de los guardias. Todo limpio, sin sangre, así es como le gusta. Un atraco fácil, rápido y sin víctimas.
Están a punto de montar en los caballos cuando escuchan gritar a Reed. Cassidy se gira y ve lo que le parece un pasajero —un hombre fornido con traje de ciudad que ha debido quedarse escondido— surge del último vagón con una escopeta y el disparo resuena en el cañón como si fuera un trueno. Reed cae al suelo con un agujero en el pecho que borbotea sangre de un tono rojo oscuro.
Cassidy dispara antes de pensar y el hombre del traje se desploma, pero el daño ya está hecho y Reed convulsiona sobre el polvo, ahogándose en su propia sangre.
—¡Mierda! ¡Mierda! —Jackson se arrodilla junto a él, pero Cassidy ya sabe que es inútil.
—Está muerto, y tenemos que irnos ya —dice con sequedad.
—¡No podemos dejarlo aquí! —espeta Jackson.
Lo malo de trabajar con alguien es el apego, aunque no quieras, le acabas cogiendo cariño a tu compañero y, cuando tu vida es esta, ser un forajido que asalta trenes o caravanas y roba bancos para sobrevivir, los compañeros no suelen durarte mucho. Por eso Cassidy siempre trabaja sola, salvo en golpes como este donde es imposible llevarse tanto oro sin contar con ayuda.
Ella no conocía demasiado a Reed, tampoco conoce mucho a los demás, solo han coincidido algunas veces en la cantina de doña Estela, ubicada en Coyote’s Rest, un pueblo sin ley donde solo viven forajidos, desertores, fugitivos y mujeres que han escapado de burdeles o contrabandistas. Nadie confía en nadie, pero todos entienden que, si entra un sheriff o un cazarrecompensas, todos se protegen. Otra norma no escrita es que no se roba dentro del pueblo, pero lo más importante es que no se delata a nadie. Aparte de eso, el único orden lo impone la necesidad: todos saben que, si no salen a robar, no tienen nada qué comer.
—No hay tiempo —Cassidy agarra a Jackson del brazo y lo arrastra hacia su caballo—. O nos vamos ahora o nos cuelgan a todos.
Jackson aprieta los dientes, le quita el sombrero a Reed y se lo pone sobre la cara en señal de respeto antes de incorporarse.
La huida es caótica y desesperada. Los guardias del tren gritan a sus espaldas y alguien dispara, pero las balas se pierden en el viento mientras Cassidy y los demás cabalgan hacia las montañas con el sol empezando a morir detrás de las cumbres, tiñéndolo todo de naranja y sangre como la que ha derramado su compañero.
Las montañas Dragoon son imponentes y se alzan como dientes rotos contra el cielo, que ha empezado a oscurecerse conforme pasan las horas. Cassidy guía al grupo por unos senderos que solo ella conoce, caminos que le enseñó su hermano mayor antes de que una bala le atravesara el estómago delante de ella.
Nadie habla y el peso de Reed muerto cuelga entre ellos como un fantasma, pero la mente de Cassidy no para; ella está pensando en el plan. Un plan sencillo —y arriesgado— robar el tren, cabalgar con el oro hasta las montañas, esconderlo en una cueva y olvidarse de que existe durante unos meses hasta que las aguas se calmen y las autoridades simplemente dejen de buscarlo. Después, regresarán aquí, se repartirán el botín y cada uno podrá hacer con su parte lo que quiera.
La cueva aparece después de tres horas de ascenso. Es poco más que una fisura en la roca, oculta tras una cascada de piedras sueltas que parece a punto de derrumbarse, y el interior huele a murciélagos y piedra húmeda.
—Aquí —dice Cassidy mientras desmonta.
Descargan el oro en silencio, apilan las cajas y abren una para verlo por última vez antes de abandonarlo, porque seguir el plan es importante. Los lingotes brillan bajo la luz de las linternas y son la garantía de un futuro para todos, un futuro dorado que ahora está manchado con la sangre de Reed.
—Seis meses. Esperamos seis meses como acordamos, dejamos que se calmen las aguas y luego volvemos a repartirlo todo en partes iguales —dice Monroe.
—Cuatro partes ahora —murmura Quinn con la voz ronca—. Reed ya no…
—Cuatro partes —confirma Cassidy mientras cierra la tapa de la caja—. Nadie viene antes de mayo y nadie habla de esto con nadie. Si alguno cae antes, los demás se reparten su parte.
Jackson escupe contra las piedras.
—Bonito discurso, Parda, eres un encanto, pero ¿cómo sabemos que no volverás tú sola a llevártelo todo?
—Por la misma razón que yo sé que no volveréis vosotros. Todos sabemos dónde encontrar a los demás. Personalmente, si alguno de vosotros intenta joderme, simplemente lo encontraré y lo mataré.
Es una mujer en un mundo de hombres, pero todos la temen como si fuera uno de ellos porque la Parda no falla nunca, y tampoco habla por hablar.
—No lo dudo —dice Monroe.
Cubren la entrada con piedras sueltas y memorizan la localización exacta, aunque a Cassidy no le hace falta, ella recuerda con nitidez cada detalle: la roca con forma de calavera a la izquierda, el árbol retorcido más arriba y la forma en que la luz de la luna se filtra entre las grietas.
El descenso comienza en la oscuridad casi total y están justo en la base de la montaña cuando Quinn ve unas pisadas frescas en el polvo del sendero, botas que marcan al menos cuatro pares de huellas recientes.
—Esperad —dice, señalando hacia el suelo.
Cassidy desmonta para examinarlas más de cerca y apenas tiene tiempo de maldecir entre dientes cuando estallan los disparos.
El primer tiro alcanza a Monroe en el cuello y se cae de la yegua con los ojos muy abiertos, sorprendido, balbuceando algo que podría ser una maldición o una oración. Quinn logra sacar su arma y dispara dos veces hacia las rocas antes de que tres balas le atraviesen el pecho. Cassidy rueda detrás de una formación rocosa con el corazón martilleándole contra las costillas mientras Jackson dispara a ciegas hacia donde cree que están los atacantes.
—¡Sabemos que tenéis el oro del tren! —grita alguien desde las sombras—. ¡Entregadlo y os dejaremos con vida!
Cassidy masculla una maldición. Debe de ser otra banda de forajidos que se ha topado con el tren asaltado y les ha seguido el rastro hasta la base de la montaña, lo han perdido cuando ellos han ascendido y simplemente han esperado a que aparezcan. Antes de que tenga tiempo de pensar, Jackson grita algo incoherente y corre hacia las voces disparando su revólver hasta que el percutor se le queda vacío. Las balas lo encuentran a medio camino y se desploma como un títere con los hilos cortados.
—Idiota —masculla Cassidy, que ahora está sola.
Calcula tres atacantes, quizás cuatro, y solo tiene doce balas que han de ser suficientes.
Dispara cuando localiza a uno de ellos y este cae agarrándose el estómago. Otro grita cuando una bala le destroza la rodilla, justo antes de que otra le atraviese la frente, pero los demás aprovechan que ha revelado su posición para dispararle y una bala le roza el costado provocándole un ardor feroz mientras otra le atraviesa el hombro izquierdo, haciéndola girar. Cassidy cae contra las rocas y el revólver le resbala entre los dedos ensangrentados.
Aturdida, escucha los pasos que se acercan acompañados de voces que discuten sobre dónde debe estar escondido el oro. Son dos, ahora los distingue claramente. Con cuidado, recupera su arma y gatea detrás de un peñasco más grande mientras presiona su mano contra la herida del hombro. La sangre se le filtra entre los dedos y la cabeza le da vueltas, pero Cassidy decide que no piensa morir aquí, que ella no va a hacer el trabajo sucio para que ellos vengan ahora y se lleven su oro, además, la muerte de sus compañeros no habría servido para nada.
Espera mientras se acercan, sabiendo que ahora tiene ventaja porque ellos no la han visto moverse, creen que está en el mismo lugar que antes y eso es lo único que le permite sorprenderlos por la espalda. Cassidy no duda en cuanto tiene la oportunidad, la adrenalina la ayuda a levantarse con rapidez y descarga las balas que le quedan contra ambos antes de que logren darse la vuelta del todo. En menos de dos segundos, caen desplomados frente a ella.
Con la mano en el hombro, mira a su alrededor. Todos están muertos: en menos de dos minutos, se ha quedado sola, pero no tiene tiempo para procesar esto, necesita encontrar un caballo y volver a Coyote’s Rest antes de desmayarse. Empieza a caminar sintiendo que cada paso que da es una agonía, es como si una aguja se le clavara en el hombro, que está sangrando sin parar.
No sabe el tiempo que ha pasado cuando ve uno de los caballos. No es el suyo, cree que es el de Quinn y todavía parece algo nervioso por los disparos, pero está quieto, así que se sube con esfuerzo y lo espolea con las pocas fuerzas que le quedan.
Cassidy llega a Coyote’s Rest tres días después, más muerta que viva, y el caballo se desploma frente a la cantina de doña Estela con ella encima en un estado febril, incapaz de sostenerse más. El mundo se ha convertido en un borrón de dolor y polvo, y apenas percibe las manos que la agarran ni las voces que no reconoce cuando alguien llama al doctor Halbert. Lo último que ve antes de que la oscuridad se la trague es el cielo gris de noviembre, exactamente del mismo color que el día del asalto.
Cuando despierta dos semanas después con el hombro vendado y un dolor que le atraviesa hasta los huesos, el doctor Halbert le cuenta que deliraba sobre oro, sobre sangre y sobre montañas que se comen a los hombres.
Cassidy no dice nada y solo cierra los ojos mientras a su mente van volviendo de manera fragmentada los recuerdos de ese día hasta que puede recomponer la escena completa. El asalto al tren del oro, la cueva, los bandidos y todos sus compañeros muertos. Suspira y aprieta la mandíbula con rabia mientras una punzada de dolor le atraviesa el hombro. De momento, se olvidará de ese oro que le parece maldito y seguirá con su vida como hasta ahora, robando para sobrevivir, y lo hará sola, porque si está sola, la única que puede morir es ella.
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