Portada falsa
Primer capítulo gratis

Portada falsa

Capítulo 1


—Lo han vuelto a hacer —dice Lola, dejando caer una revista sobre el teclado de Brynn sin miramientos—. Portada, doble página interior y entrevista en exclusiva —añade con las cejas levantadas.

Brynn se quita un auricular y mira la portada de Lenvis, donde Cameron Felton aparece con esa expresión impertinente de mirar a la cámara como si esta y el mundo le debieran algo. El titular: «La reina regresa». Brynn contiene las ganas de soltar un bufido, deja la revista en el borde de la mesa y devuelve su mirada a la pantalla mientras muerde la parte superior de un bolígrafo, una manía que arrastra desde adolescente y que no ha podido quitarse.

—Solo es una portada. ¿Y qué? —dice, como si no le molestara.

—Y nada —responde Lola, apoyándose en la esquina del escritorio—. Solo te lo dejo por si te inspira.

—Ya estoy inspirada, gracias.

Lola se va con una sonrisa que la periodista decide ignorar.

Son las siete y cuarto de la mañana, la redacción de Pulsos está en silencio —salvo por Lola— y Brynn tiene el café recién hecho esperando a que lo beba sobre su mesa desastrosa. A sus veintinueve años, siempre es la primera en llegar. No porque sea disciplinada, sino porque entre las siete y las nueve es cuando le gusta escribir. Es importante para ella hacerlo antes de que empiece el ruido: porque las llamadas, los mensajes y las reuniones donde se habla mucho y se decide poco suelen distraerla y después le cuesta concentrarse. Además, las tardes suele dedicarlas a preparar la sección de entrevistas en formato podcast que dirige.

Su mesa es un espacio caótico que solo ella entiende: post-its amarillos con frases a medio terminar pegados en el marco del monitor, tres bolígrafos sin tapa, una pila de artículos impresos con anotaciones en los márgenes y, en el rincón, la planta. La planta lleva tres meses al borde de la muerte porque Brynn se olvida de regarla, aunque James lo hace cada vez que pasa por su mesa, convencido de que irá al infierno si la deja morir.

Brynn tiene el pelo castaño con alguna mecha cobriza que en invierno casi no se nota. Viste una camiseta oversize metida por la cintura en unos pantalones ajustados y las botas negras que se compró hace dos meses y se han convertido en sus favoritas hasta que se rompan. Lleva la grabadora en el bolsillo del abrigo, que todavía no ha colgado y permanece sobre el respaldo de su silla, y el cuaderno con sus notas en el bolso, que tampoco ha abierto porque esta mañana está centrada en el artículo.

La columna de esta semana está escrita a medias. Tiene el inicio y tiene el final, que siempre es lo primero que le viene a la cabeza cuando se sienta. Lo que le falta es el centro, la parte donde el argumento tiene que hacer sentir al lector que ha hecho bien en dedicarle su tiempo. Abre el archivo, lee las últimas tres líneas que escribió ayer y mueve la mandíbula antes de volver a apretar los dientes sobre el bolígrafo.

La revista que Lola ha traído sigue en el borde de su mesa, pero Brynn la ignora a pesar de que tiene la sensación de que Cameron Felton la está mirando a ella.

A las nueve y media, cuando la redacción ya lleva una hora siendo ruido de llamadas, conversaciones cruzadas y veinte teclados que no escriben todos al mismo ritmo, Rita asoma la cabeza por la puerta de su despacho y la señala con un dedo para que vaya. Brynn termina la frase que está escribiendo antes de levantarse, pero se lleva el bolígrafo que tiene entre los dientes.

—Cierra —ordena Rita, sin levantar la vista de la pantalla.

Brynn empuja la puerta hasta escuchar el clic y se sienta en la silla que hay frente a la mesa, que algún día acabará como un molde de su trasero de todas las veces que esa mujer la hace ir a verla.

—¿Qué pasa?

La redactora jefa aparta el teclado y la mira durante un momento que se alarga hasta resultar incómodo.

—No muerdas eso mientras estés delante de mí —dice Rita, señalando el bolígrafo.

Brynn arquea una ceja, después lo sostiene un momento entre los dientes ante la mirada asesina de su jefa y, finalmente, lo suelta y se lo guarda en el bolsillo.

—Me ha llegado tu borrador. Sin fecha y sin contexto. Tres párrafos sobre una actriz que construye una imagen de profundidad para vender entradas de cine.

Brynn no dice nada.

—No nombras a nadie —continúa Rita—, pero la descripción es lo suficientemente específica para que cualquier abogado con dos dedos de frente identifique a quién te refieres.

—Es que voy a poner su nombre. Es una columna de opinión, y dicha opinión está fundamentada —se defiende Brynn.

—¿Con qué?

—Con su historial de entrevistas, sus declaraciones públicas y el análisis de tres de sus últimas películas. Nada que no esté documentado.

Rita abre un cajón, saca una carpeta delgada y la deja encima de la mesa. Brynn no necesita que la abra para saber lo que contiene, porque el nombre está escrito en letras grandes y rojas en el exterior.

—¿Sabes qué es?

—El asunto de Declan Morris —responde la periodista, torciendo los labios en una mueca de frustración.

—Exacto. Ocho meses de proceso legal, doscientas horas de trabajo del equipo jurídico y una factura que prefiero no pronunciar en voz alta. Todo porque se publicó algo que era verdad, pero que no estaba suficientemente blindado —Rita no aparta los ojos de ella—. No necesitamos otro frente abierto, Brynn. Entiendo la animadversión que tienes con ella; bueno, en realidad no la comprendo, porque no sé de dónde mierda sale ese tira y afloja que os traéis, pero reconozco que es bueno para el medio: vendemos el triple cada vez que publicas algo sobre Cameron Felton y ella contraataca a través de sus redes.

Brynn la mira, confundida.

—Entonces, ¿tengo vía libre para escribir lo que quiera?

—Por supuesto que no —dice Rita—. En tu blog personal escribe lo que te dé la gana, pero en esta revista debes ser comedida o acabarás como Declan, en la calle.

—Lo que tengo sobre Cameron Felton está blindado, en serio.

—Eso me lo dices tú.

—Y te lo puedo demostrar —Brynn cruza las piernas y se recuesta ligeramente en la silla—. Dame una semana y te presento el artículo completo con todas las fuentes trazadas y listo para que el departamento jurídico lo revise antes de publicar. Si encuentran un problema real, lo retiro o lo reescribo. Es un buen artículo, Rita, y no debería morir en un cajón. Además, tú lo has dicho: genera muchos clics y ventas.

Rita tamborilea con los dedos sobre la carpeta. Es un gesto que Brynn ha aprendido a descifrar en ocho años: significa que está considerando una salida que no implique decirle que sí a la primera.

—Una semana —dice al fin—. Departamento jurídico primero y yo después. Y si hay algo que no esté completamente respaldado, no saldrá en este medio. ¿Entendido?

—Entendido.

—Brynn —la periodista se detiene cuando ya está de pie—. Eres la mejor columnista que tengo. Precisamente por eso no quiero que publiques nada que te deje expuesta; eso ya lo haces tú sola en ese blog tuyo.

Brynn sabe que no la está elogiando, sino que es una advertencia con otras palabras. Abre la puerta y sale para volver al trabajo, y resopla cuando ve que James está en su puesto con la cámara desmontada sobre su mesa y expresión divertida tras verla salir del despacho de Rita.

—¿Cuánto tiempo te ha dado esta vez? —pregunta, sin levantar la vista del objetivo que está limpiando.

—Una semana para pasarlo por el departamento jurídico.

—Podría haber sido peor.

—Supongo —concede Brynn, sentándose en su silla.

James deja el objetivo y la mira. Llevan cinco años trabajando juntos y tres siendo amigos, que en su caso significa que él sabe distinguir cuándo Brynn está enfadada de cuándo está tensa, y en este momento es lo segundo porque cuando está enfadada escribe más rápido, y ahora lleva días sin poder terminar un simple artículo.

—¿Puedo preguntarte algo? —dice James.

—Puedes intentarlo.

—Llevas casi una semana con ese artículo sobre Felton y tú no tardas tanto con nada —James coge el objetivo y vuelve a mirarlo—. ¿Qué es diferente esta vez?

—No hay nada diferente. Es un artículo complejo y quiero hacerlo bien.

—Claro.

—¿Qué significa ese «claro»? —se exaspera Brynn.

—Que te creo —dice James, aunque ambos saben que no es cierto.

Brynn se pone los auriculares. Es la señal que usa para indicarle a su amigo que la conversación ha terminado y que ahora no existe para el mundo exterior. James lo sabe y lo acepta, así que coge la cámara y se va hacia la sala de reuniones donde tiene una sesión.

A las doce, Brynn lleva cuatro horas frente a la pantalla y el artículo sigue igual que por la mañana: el esqueleto y el final, con el centro todavía en blanco —o casi, porque tiene un par de frases—. También ha escrito y borrado el mismo párrafo tres veces. No es un problema de argumento y lo sabe; es esa maldita limitación que le pone la revista y que no le permite escribir sobre esa mujer como le gustaría, o como haría si el artículo fuera para su blog.

La revista de Lenvis ha terminado en el suelo porque alguien ha rozado su mesa al pasar y la ha tirado. Cameron Felton mira hacia arriba desde la moqueta con esa expresión que no cambia: los ojos dorados, el ángulo definido de la mandíbula y la calma helada de una mujer que lleva años decidiendo lo que muestra y lo que no.

Brynn la recoge, la mete en el cajón inferior y lo cierra con brusquedad para centrarse en la pantalla, donde el archivo sigue abierto y el cursor parpadea en el inicio de una línea, la primera de ese párrafo central que se le resiste.

Al menos, ya tiene escrito el nombre: Cameron Felton.


 

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