Rivales y mentirosas
Primer capítulo gratis

Rivales y mentirosas

Capítulo 1

Leire Cobos llega justo a tiempo y golpea con un revés cruzado que su contrincante rusa apenas ve venir, la pelota bota muy cerca de la línea y, durante una fracción de segundo, ella contiene la respiración, pero de inmediato el juez anuncia que ha entrado, lo que significa que Leire acaba de ganar el Roland Garros.

El estadio explota como si todos llevaran dos horas conteniendo el aliento y ella se queda quieta al fondo de la pista, con el brazo todavía levantado hasta que al fin sonríe y respira con brusquedad mientras recupera el aliento. Se endereza y mira a su rival, que se está acercando a la red. Leire hace lo mismo para saludarla, pero mientras camina sus ojos se desvían un instante hacia el palco. Solo hay una mirada que le interesa ver entre todas las mujeres que hay allí, pero están todas levantadas aplaudiendo y comentando entre ellas, y Leire no tiene más tiempo.

Llega a la red, estrecha la mano de su rival y camina hacia el lateral, donde abre su mochila y, antes de beber agua, se quita las muñequeras y vuelve a echar una mirada hacia el palco antes de abrazarse a su entrenador.

Un minuto después, la jugadora observa la copa con los ojos muy abiertos y el pulso todavía acelerado. Es más grande de lo que recordaba y la levanta sonriendo hacia el público y, en esta ocasión, sí que se permite detener la mirada un momento en el palco de las jugadoras, donde no necesita esforzarse para localizarla porque los ojos verdosos de Kate Brogan están fijos en ella. El corazón le da un vuelco y su estómago se contrae con un pellizco que le corta cualquier pensamiento. Es una reacción automática, algo que no controla y que a veces la pone demasiado nerviosa.

Leire se muerde los labios ante la intensidad de su mirada y está segura de que, de estar en otra parte, Kate le guiñaría un ojo, pero es imposible saber dónde están apuntando las cámaras y ambas saben que deben ser comedidas, porque la rivalidad entre ellas es tan conocida que siempre están en boca de todos los periodistas en cada torneo que juegan, y un despiste podría desatar un escándalo para el que Leire todavía no está preparada.

—Gracias a mi equipo, a mi padre... y al público de París —dice cuando le ponen el micrófono delante, mientras abraza la copa contra su pecho.

En esta ocasión, es incapaz de mirar hacia el palco porque sabe que los ojos verdes que brillaban hace un momento ahora es probable que hayan dejado de hacerlo.

Minutos después, al fin puede ir al vestuario para darse una ducha, cambiarse y marcharse a descansar después de un partido que la ha dejado agotada. Algunas jugadoras que se han quedado en París para ver la final entran a felicitarla, pero a Leire solo le interesa la que lo hace justo cuando todas las demás salen: la pelirroja de nacionalidad australiana que está junto a la puerta.

Kate entra y la entorna porque sabe que Leire se pondrá nerviosa si la cierra del todo, y se queda ahí, conteniendo una sonrisa mientras la observa caminar hacia ella.

La ganadora se coloca justo detrás de la puerta, en un ángulo donde alguien que pase por el pasillo no puede ver nada, y se detiene frente a su compañera y rival.

—Enhorabuena —susurra Kate, y la comisura de la pelirroja se curva un poco, lo que le dibuja dos líneas finas a los lados que fueron lo primero que llamó la atención de Leire. Lo segundo fue la sonrisa simpática de la tenista y lo tercero esa forma de mirarla que siempre la ha hecho sentir como la persona más importante para Kate Brogan.

—Gracias, tú también jugaste...

Kate se pega a ella tras mirar a un lado y a otro escaneando el vestuario, le pone una mano en la mejilla y le da un beso rápido en los labios. No es así como le gustaría hacerlo; ella querría haber podido bajar a la pista cuando Leire ha ganado, haberla abrazado y felicitado allí mismo, susurrándole al oído cuánto la quiere y lo orgullosa que está de ella, pero las cosas son como son entre ellas y no le queda más remedio que conformarse con esto.

—A mí me eliminaron en semifinales, no te quites protagonismo —la mirada de Leire se pierde en las pecas que hay en su nariz y sus mejillas, otra cosa que añadió a la larga lista de detalles que le gustan de la tenista pelirroja.

Kate se aparta sin perder su sonrisa, dejando espacio entre ambas y abriendo un poco más la puerta para que cualquiera que pase pueda ver que solo son dos jugadoras hablando. Leire siente un nudo de ansiedad oprimirle todo el pecho, porque a sus treinta y un años todavía no ha encontrado la fuerza ni la valentía para decirle al mundo que le gustan las mujeres y, sobre todo, que está enamorada de esta en particular.

—Nos vemos, Leire —dice Kate, y en esta ocasión sí que le guiña un ojo antes de salir.

La jugadora sonríe y suspira de forma profunda, como si con la marcha de Kate algo se hubiera quedado vacío en su interior. Es una sensación que tiene siempre y que tampoco puede controlar, pero que no suele detenerse a analizar en profundidad porque si lo hace, se sentirá más miserable de lo que ya se siente cuando ve a esa mujer alejarse porque todo lo que de verdad desea Leire es que permanezca a su lado, aunque el miedo no le permita tenerlo. Exhala, cierra la puerta y al fin se desnuda para poder darse una ducha que le quite todo el sudor de encima, y de paso, que se le enfríe lo que Kate le ha dejado encendido con ese beso ridículamente corto.

Leire no deja de sonreír en la rueda de prensa. Las felicitaciones llegan por todas partes y ella las agradece antes de responder a todas las preguntas.

La sala es enorme y la jugadora española es incapaz de contar todas las sillas frente a ella. Ha llegado tres minutos tarde a propósito, porque sabe que el protocolo acortará el turno de preguntas para terminar a la hora establecida. No es que sea una desagradecida, pero estos eventos siempre la inquietan porque, aunque la mayoría de las preguntas siempre son sobre el deporte en sí, otras suelen ser para pedir su opinión sobre el juego de otras compañeras o hacer algún comentario, y Leire prefiere evitarlas porque fue así como ella y Kate se convirtieron en carnaza sin verlo venir.

Fue Leire la que hace seis años dijo —sin maldad— que su objetivo era ganar a Kate Brogan y, a partir de ahí, todas las entrevistas a una y otra incluyen alguna pregunta sobre una rivalidad que no existe.

—Leire, en los últimos tres Grand Slams tus cruces con Kate Brogan en las ruedas de prensa han generado más interés que los propios partidos. ¿Cómo definirías vuestra relación fuera de la pista?

Ahí está la pregunta que no podía faltar y a ella se le seca la boca de golpe cuando escucha su nombre. Leire tarda unos segundos en responder, porque primero sonríe —con un gesto ensayado que siempre hace cuando le hablan de alguna compañera— y todos los periodistas se contagian de su risa.

—Kate es una gran rival. Nos respetamos dentro de la pista —hace otra pausa, buscando la valentía en su interior, pero de nuevo no la encuentra—, pero fuera de ella, realmente no nos conocemos.

Baja la mirada porque, aunque Kate no está ahí, Leire sabe que está viendo la rueda de prensa en otra sala y, a pesar de que la pelirroja nunca dice nada, ella es muy consciente del daño que le hace con esos comentarios que reducen lo que tienen a nada.

Al fin termina todo y camina hacia el coche que la llevará al hotel con la bolsa de deporte en una mano y las gafas de sol protegiendo sus ojos marrones —tan claros— que Kate le dice que a veces parecen un bálsamo de aceite. Se ha recogido su melena oscura en una coleta alta y viste unos pantalones de chándal con una camiseta de una de las marcas que la patrocinan.

El teléfono le suena justo cuando sube a la parte trasera del coche y ella descuelga.

—Hola, papá —saluda, y en su voz se nota el cansancio que arrastra.

—Has resuelto muy bien el segundo set —dice Bruno Cobos sin saludarla—, aunque el revés cruzado lo fallaste tres veces. Lo tengo todo apuntado; cuando vaya, lo hablamos, hay que resolver eso antes de Wimbledon.

Leire asiente, con la mirada fija en el reposacabezas que tiene delante mientras contiene las ganas de decirle que él no es su entrenador, que el único papel que necesita que ejerza con ella es el de padre.

—De acuerdo —responde sin más.

—Bien, descansa.

Su padre cuelga y ella aprovecha que tiene el teléfono en la mano para abrir la aplicación de mensajes. Busca el nombre de Kate y entra en su conversación. El último mensaje es de la pelirroja deseándole suerte antes del partido.

«Déjale claro quién es la mejor en este torneo»

Leire pasa el dedo sobre la pantalla y sonríe con cariño.

 

A la tenista le encanta su profesión y disfruta los torneos de una forma que ni siquiera sabría explicar, pero, como todo, siempre hay una parte negativa y la que ella no soporta de todo esto son las cenas oficiales con los patrocinadores, como esta a la que ha tenido que asistir por la noche.

—Es una lástima que no ganaras el Open de Australia; con la victoria de hoy habrías sumado dos de los cuatro Grand Slams y serías candidata a ganar —dice Isaac Melero, sentado a su derecha.

A Leire a veces le da la sensación de que su agente es un poco torpe cuando hace este tipo de comentarios sin sentido. Ella ya sabe perfectamente a lo que puede optar y a lo que no, y siempre le ha molestado la gente que se lamenta de cosas del pasado que no se pueden cambiar. Claro que le hubiera gustado ganar en Australia, pero no lo hizo porque se enfrentó a Kate en la final, y Kate en su país es implacable, es como si la energía de su tierra se apoderara de ella y la volviera invencible, y la prueba está en que la pelirroja ha ganado siete de las nueve veces que lo ha jugado.

La tenista no contesta y ataca el postre como si no hubiera comido en todo el día. Apenas ha tocado la cena porque tiene más cansancio que hambre y lo único que quiere es subir a su habitación y tumbarse, pero por poca hambre que tenga, si se trata de un dulce es incapaz de resistirse.

—Mañana tendré la primera reunión con Costel; vamos a hablar de la renovación del contrato de patrocinio.

Leire deja de comer, sintiéndose turbada por un momento.

—¿Renovación?

—Sí, este mes se cumple el fin de los cinco años por los que firmaste.

Leire se queda muy quieta, mirando el trozo de pastel de chocolate que hay en su cuchara mientras su mente piensa en esa marca. El contrato del que habla Isaac le proporcionó diez millones de euros a lo largo de esos cinco años, de los cuales la mitad fue en efectivo y la otra se utilizó para invertir en ella, en su ropa, equipamiento, traslados privados, hoteles y cualquier cosa que la tenista necesitara durante los torneos.

Fue sin duda un contrato increíble, pero a Leire le gustaría no haberlo firmado, o eso se dice para justificar su cobardía.

—¿Han hecho una oferta o los has contactado tú?

—La han hecho ellos por otros diez millones, pero ahora no eres la misma tenista que antes, tus números son mucho mejores y eso hay que pagarlo.

Isaac da un lametón a su helado y Leire aparta la mirada, asqueada, y decide que para ella la cena ya ha llegado a su fin, y también este día agotador, aunque una parte de ella desea que no lo haya hecho del todo.


 

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