
—¿Cuánto lleva sin pulso? —pregunta Erin, entrando en el box de urgencias mientras se termina de poner los guantes de látex.
—Dos, tal vez tres minutos —responde Joshua, el médico residente que ha atendido la llegada del paciente.
La doctora pone los dedos en el cuello del chico por pura necesidad de confirmación. No sabe mucho sobre el joven porque le acaban de avisar, pero no aparenta más de quince años, y los menores siempre le añaden un grado extra de presión.
—¿Qué ha pasado? —pregunta mientras señala el desfibrilador.
La enfermera le pasa las palas y todos retiran las manos del cuerpo del chico cuando la doctora Dooley se dispone a colocarlas en su pecho.
—Un accidente de bicicleta —responde Joshua cuando Erin se prepara para la primera descarga—. Ha chocado contra un taxi y al caer se ha golpeado la cabeza con el bordillo.
—Carga a doscientos.
El cuerpo del chico se levanta de la camilla cuando recibe la descarga y Joshua se sobresalta, dando un paso hacia atrás como si la corriente pudiera alcanzarlo. Erin lo mira de reojo; el médico tiene potencial, pero siempre ha pensado que es demasiado sensible para un trabajo como ese.
Diez minutos después, la doctora sale del box tras haberlo estabilizado y pedir que lo lleven a la UCI. Se quita los guantes, se aprieta la goma de pelo que recoge su espesa melena oscura y semiondulada en una coleta alta, y va a hablar con la madre del paciente, que ahora sabe que se llama Ander porque una segunda enfermera ha entrado a darle la información que ha podido recopilar en cuanto la madre ha llegado al hospital.
La mujer se derrumba cuando Erin le explica el estado de su hijo, y la doctora no se aparta cuando esta se abraza a ella como si tuvieran confianza. Siente un nudo en el estómago porque no puede hacer nada más por ella que no sea esto, porque gracias a la ausencia de su padre y a una madre que trabajaba demasiado, Erin creció siendo una segunda madre para su hermana pequeña —doce años menor que ella— y sintiendo que nunca hacía suficiente para ayudar. Eso se ha trasladado a su vida adulta, donde, a pesar de sus treinta y siete años, no ha logrado sacudirse de encima el pensamiento erróneo de que ella tiene que dar sin esperar nada a cambio, porque eso es lo que obtuvo y lo que recibe siempre de su hermana Brooke: nada en absoluto.
—Ahora está en cuidados intensivos, está monitorizado y estable. ¿Por qué no va a dar un paseo para despejarse? Le prometo que está muy vigilado y que, si hay cualquier cambio, le avisarán enseguida.
La madre de Ander la mira con sus ojos llorosos muy abiertos y esboza una suave sonrisa, porque Erin es amable y cariñosa por naturaleza con quien merece que lo sea, y seca y cerrada con quien no, y esta mujer necesita lo primero, así que ella se lo da.
La ve marcharse por el pasillo y la doctora se gira hacia la dirección contraria para ir al vestuario. Su turno ha terminado hace una hora; ni siquiera debía estar aquí cuando la han avisado para atender la urgencia, pero nunca tiene prisa por marcharse a un apartamento donde nadie la espera.
Se ducha y se viste con un pantalón cargo —su prenda favorita porque le resulta cómoda y práctica— y una camiseta de manga corta. Coge su bolso y la chaqueta y se mira en el espejo antes de salir. Ahora se ha recogido la melena en un moño suelto y sus ojos grises parecen más pequeños porque le cuesta mantenerlos abiertos debido al sueño. Aun así, cuando sale, va directamente a la cafetería que hay a un par de manzanas del hospital. Da igual si hace turno de mañana o de noche: Erin tiene la rutina de tomarse algo antes de volver a casa, como si necesitara mezclarse en algún entorno no hospitalario para sentir que su vida no solo gira en torno a su trabajo.
Son casi las ocho de la mañana cuando llega al Vanis y se sienta en una mesa libre de la esquina.
—¿Turno de noche? —pregunta Esteban, el dueño del local, con una amplia sonrisa que siempre alegra el día de la doctora.
—Sí, largo y complicado —confirma Erin.
—¿Dos dónuts, entonces? —propone el hombre con expresión afable, acostumbrado a los gustos de Erin porque siempre pide lo mismo en función de cómo ha ido su guardia: dos dónuts si está estresada, uno si ha sido tranquila y solo café cuando el día ha sido terrorífico y ha perdido un paciente, eso le cierra tanto el estómago que no puede comer durante horas.
—De chocolate, por favor.
Esteban le sirve café y se marcha hacia el mostrador mientras Erin percibe la mirada de la mujer de la mesa de al lado clavada sobre ella. No sabe si la mira porque ha pedido dónuts de chocolate a las ocho de la mañana o si simplemente siente algún tipo de interés hacia ella, pero a Erin no le importa ni una cosa ni la otra porque a estas horas y después de un turno insoportable, lo único que quiere es su desayuno, y lo que menos, ligar con una mujer que parece indecisa.
—Aquí los tienes, buen provecho —dice Esteban.
Ella le devuelve una sonrisa y se come el primer dónut en apenas tres mordiscos. El segundo lo saborea más y, cuando termina, se bebe el café de un trago, se levanta y deja un billete sobre la mesa antes de despedirse del camarero y marcharse.
Entra en su apartamento sintiéndose exhausta y, cuando cierra la puerta, mira a un lado y a otro y vuelve a pensar en que quizá tener un gato, como siempre le dice Barry —su compañero de ambulancia cuando acude a eventos privados—, no sería tan mala idea, pero entonces se recuerda que apenas está en casa, porque cuando no tiene turno o guardia, ella se busca trabajo extra para eso, para no estar aquí, y el animal estaría solo todo el día.
Deja su bolso en el perchero y camina por el suelo de baldosas gris oscuro hacia su habitación, donde dejó la cama hecha antes de marcharse —ni una sola arruga— y coge ropa cómoda para después de la ducha.
Una vez lista, se va al salón como hace siempre después de un turno de noche, porque, si se acuesta de inmediato, no se duerme; Erin necesita algo que le despeje la mente antes de irse a la cama, así que se suele sentar en el chaise longue y continúa con la lectura del libro que tiene empezado hasta que le entra sueño.
Se acomoda con las piernas dobladas hasta que los talones le tocan las nalgas y abre el libro, pero apenas ha comenzado la primera línea cuando le suena el móvil y ve el nombre de su hermana Brooke en la pantalla.
—Hola, Brooke —saluda Erin, reprimiendo un bostezo.
—¿Estás en casa o en el hospital? —pregunta su hermana.
—En casa, acabo de llegar; he tenido un turno largo que me…
—Genial, así puedes hablar —la corta Brooke.
Erin suspira y siente una leve punzada en el pecho mientras asiente, con la decepción que siempre se instala en ella cuando habla con Brooke, porque cuando su hermana dice «así puedes hablar», en realidad lo que está diciendo es que así puede escucharla, puesto que la única que va a hablar es ella, y cuando termine de explicar o pedir lo que necesita, colgará sin preguntarle a su hermana mayor cómo le ha ido el día, si necesita hablar de algo o cómo se encuentra.
—¿Qué pasa? —pregunta Erin, resignada.
—El casero me ha vuelto a subir el alquiler —explica Brooke—. Al parecer, un amigo suyo tiene un apartamento parecido al mío en tamaño y cobra veinte dólares más por semana que él.
—No puede subirte el alquiler, Brooke, tienes un contrato firmado.
—Con una cláusula que le permite rescindirlo si quiere.
—Quizá deberías buscar uno más pequeño en otro sitio. Ese es muy grande para ti sola; podrías conseguir un alquiler mucho más razonable si…
—Me gusta este, Erin —se molesta Brooke—. Está al lado del trabajo y del parque donde hago deporte. Y Senna vive muy cerca.
Erin aprieta la mandíbula, se pasa la mano por la melena que ahora lleva suelta y retuerce un mechón de pelo entre sus dedos apretando cada vez más, hasta que el dolor en el cuero cabelludo le resulta insoportable. Esa es su manera de liberar tensión cuando no puede decir en voz alta lo que piensa, está frustrada o nerviosa, porque ahora quisiera decirle a su hermana que, teniendo en cuenta el sueldo que cobra, con el que apenas le alcanza para mantenerse ella misma, debería buscar una zona más alejada del centro, o un trabajo mejor. Nueva York es muy grande y no falta trabajo para camareras, pero sabe la respuesta: Brooke se enfadará, le dirá que es una egoísta por no entender que su trabajo por horas en ese bar de mala muerte donde sirve copas a un montón de universitarios salidos junto a su mejor amiga Senna, le gusta demasiado y que, si cambia, no será feliz. Lo mismo que con el apartamento. Es una discusión que Erin sabe que no lleva a ninguna parte porque Brooke nunca razona y solo piensa en lo que le resulta más cómodo.
—¿Cuánto necesitas? —pregunta la doctora, consciente de que ese es el único motivo de esta llamada.
—No lo sé; tal vez con doscientos dólares me las arreglo esta vez. ¿Crees que me puedo pasar dentro de una hora? Ahora he quedado con Senna para entrenar.
—Acabo de llegar de una guardia larga, Brooke; quiero irme a dormir. Ven ya o pásate por la tarde.
—Esta tarde no puedo, Erin; trabajo. ¿No puedes esperar un rato más?
Erin se aparta el teléfono de la oreja y piensa en colgar, pero no lo hace; solo suspira con brusquedad y vuelve a pegárselo a la cara.
—De acuerdo, una hora.
La doctora cuelga la llamada y deja el móvil a su lado, bocabajo. Coge el libro y se lo pone sobre las piernas sin llegar a abrirlo, porque entonces la atraviesa el recuerdo de una de las cosas que su madre le repetía poco antes de morir.
—Tienes que aprender a decirle que no a tu hermana. Os quiero mucho a ambas, pero no soporto ver cómo te trata. Hazte valer, cariño.
Erin tiene la garganta tan apretada que le duele cuando traga. Vuelve a llevarse la mano al pelo y retuerce un puñado entre los dedos hasta que el dolor la hace jadear, y con ese jadeo siente que se libera.
El móvil vibra a su lado, esta vez con un mensaje de MediSupport, el servicio privado para el que hace cobertura médica en eventos multitudinarios junto a su colega Barry.
Dra. Dooley, confirmamos su asignación para la cobertura médica del concierto de Mia Wilder en el Madison Square Garden este viernes. Incorporación a las 16:00 h, duración estimada hasta final del evento más una hora de margen. Equipo completo y protocolos enviados a su correo.
Gracias por su disponibilidad.
Erin arquea las cejas y después tuerce una sonrisa que le levanta la comisura izquierda con cierta maldad. Sabe quién es Mia Wilder, una cantante revelación que lo está petando en Estados Unidos. Ha escuchado alguna canción y no le parece mala, aunque su estilo pop-rock no es el de Erin, a ella le va más el rock a secas, pero lo que la hace sonreír es que su hermana Brooke es una de esos cientos de miles de fans de la cantante que, obviamente, tiene entradas para el concierto porque Erin se las regaló para su cumpleaños, y si se enterara de que ella tendrá acceso real a la cantante, se volvería loca de celos. Decide que no se lo dirá, porque eso sería darle otra razón a Brooke para pedirle cosas —como que la cuele para conocer a la artista—, y Erin todavía no sabe decirle que no a nada, pero no necesita hacerlo si no le cuenta que estará allí, en un lateral del escenario a escasos metros de su cantante favorita.
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