Tenebris
Primer capítulo gratis

Tenebris

Capítulo 1 

 

Nerea Loya

Ahí están, los niños de infantil saliendo puntuales como un reloj, igual que cada día. Siempre vengo con tiempo suficiente para ponerme en un lugar entre las madres donde mi pequeño David pueda verme. Los niños desfilan tras la profesora y los escaneo uno a uno sin ver a mi hijo. ¿Se habrá dejado la chaqueta dentro? No será la primera vez, es un despiste de crío.

El teléfono me suena justo cuando la profesora de mi hijo me ve y me mira dibujando un gesto extraño en su expresión que me provoca una sensación extraña. Mi cuerpo se pone en alerta de inmediato, mi instinto maternal me dice que algo pasa con mi niño y el maldito teléfono no deja de sonar.

Lo saco del bolsillo mientras la profesora se acerca con prudencia, no conozco el número y la llamada se detiene.

—Nerea, David no está aquí, creía que tú… —dejo de escuchar el final de su frase porque me falta el aire.

—¿Cómo que no está? —pregunto sintiendo que las piernas me flaquean y el corazón me late en las sienes.

El móvil vuelve a sonar, es el mismo número de antes y como si mi mano estuviese poseída por alguien externo a mi cuerpo, descuelgo y me lo llevo a la oreja.

—Ha tardado mucho en contestar, Nerea —dice una voz masculina con acento del este—, cada minuto que usted pasa sin prestarnos atención, es uno que su hijo pasa lejos de usted.

Me bloqueo. La profesora intenta explicarme algo, pero yo me doy la vuelta y camino hacia la salida tratando de no desmayarme.

—¿Quién coño eres? ¿Dónde está mi hijo? —pregunto en un vago intento de contener mi ira.

Noto una gota de sudor frío resbalar por mi espalda a la vez que un escalofrío me recorre el cuerpo entero.

—Lo primero —amenaza contundente—, nada de policía, si la policía interviene, tu hijo muere, ¿comprendido?

—Sí—titubeo temblando.

—Lo segundo; tú sola. No le hablarás de esto a nadie, porque si lo haces lo sabremos y sabes lo que pasará, ¿verdad?

—Sí.

Trato de limpiar todas las lágrimas que resbalan por mi cara con el puño de la camisa para que nadie note mi angustia y haga preguntas que ahora mismo no puedo responder. Saco la llave del coche y corro hasta que lo abro y me encierro dentro.

—Si le tocas un pelo te juro que te encontraré y te rajaré la garganta —amenazo muy dispuesta.

—Seguro que sí… —se burla chulesco.

—¡Quiero hablar con él! Ponme con mi hijo ahora mismo.

—Aprende una cosa para que nos llevemos bien, aquí las condiciones las pongo yo, no tú.

—No tengo dinero, te has confundido —lloro desesperada.

—¿Quién te ha dicho que quiero dinero, Nerea?

Mi respiración se corta en ese momento, si no quiere dinero, ¿qué quiere? Soy una simple contable en una fábrica de coches, no tengo acceso a ningún tipo de información importante y David no tiene un padre al que podamos acudir porque nos abandonó un mes antes de que mi niño viniese a este mundo que ahora quiere arrebatármelo.

—Esto es muy sencillo y puede acabar muy pronto si haces lo que te digo.

—De acuerdo —contesto tratando de mantener la calma.

—Tú por él, fácil, ¿verdad?

Lo que pide me desconcierta, pero lo haré sin dudarlo.

—Quiero hablar con él, no haré nada si no me demuestras que mi hijo está bien.

—Por supuesto, quiero que veas que vamos de buena fe. Trae al niño —escucho que le dice a alguien.

Durante unos segundos solo escucho ruido y la respiración pesada del cabrón que ha secuestrado a mi hijo.

—¿Mamá?

Rompo a llorar de nuevo en cuanto escucho la voz de mi pequeño.

—Hola, cariño. ¿Estás bien? ¿Te han hecho daño?

—No, me han dado un helado de chocolate y una bolsa de chuches. ¿Me lo puedo comer?

—Mejor que no, cariño, mamá te comprará muchas chuches cuando vuelvas a casa, te lo prometo.

—Se acabó la conversación —interviene el hombre—, ya has visto que está bien, por ahora.

—¿Por ahora? ¿Qué quieres decir? —pregunto sintiendo una arcada.

—Nada que deba preocuparte si colaboras.

—¡Haré lo que me pidas, hijo de puta! —le grito—. ¡Devuélveme a mi hijo!

—No me faltes al respeto, Nerea, no te conviene.

Su voz es tan sosegada y calmada en todo momento que me da más miedo que si le notase nervioso.

—Está bien, lo siento —me disculpo tras dar un puñetazo sobre el volante.

—Bien, esto es lo que haremos. Esta noche a las diez en punto irás sola al muelle cinco del puerto, ni un minuto antes ni un minuto después. ¿Estás escuchando?

—Sí.

—Cuando llegues aparcarás el coche junto al contenedor granate, sabrás cuál es porque no hay otro de ese color. Apagarás las luces del coche y el motor y te bajarás. Camina con las manos en alto y no se te ocurra traer un arma, eso sería un error fatal para David.

—De acuerdo.

—Detente cuando llegues junto a un camión que tendrá la luz de la cabina encendida y espera allí.

—¿Y después? ¿Qué garantías tengo de que si hago eso me devolverá a mi hijo?

—Tu única garantía es mi palabra, al igual que te digo que si no haces lo que te pido degollaré a tu hijo y lo tiraré al mar con un peso en los pies para que no vuelvas a verlo nunca. ¿Te queda claro?

—Sí.

—Hasta esta noche, Nerea.

—Espere, no…

Me ha colgado. Miro el teléfono entre mis manos temblorosas y me golpeo la cabeza contra el volante con la esperanza de despertarme de esta pesadilla, pero lo único que consigo es que la cabeza me duela más. Me bajo del coche y vomito.

 

A las diez en punto llego al muelle número cinco. La oscuridad me abruma y me pone los pelos de punta, apenas hay unos cuantos focos distribuidos por esa zona del puerto que parece estar en desuso. Localizo el contenedor granate muy rápido, aparco el coche tal y como me ha pedido, apago las luces y me bajo sin dudarlo.

Mientras camino en busca del camión con luz en la cabina me pregunto si no debería haber avisado a la policía, quizá podrían haber montado un dispositivo de esos que se ven en las películas, pero no me arrepiento de mi decisión. Cualquier cosa que suponga una amenaza para la vida de David queda descartada, a pesar de que no sé lo que va a pasar con la mía.

Tengo tanto miedo que apenas lo noto, mi cuerpo va en tensión constante, atenta a cualquier ruido o movimiento que me indique dónde puede estar mi hijo, y entonces veo el camión. Un camión destartalado que solo podría moverse de ahí con una grúa, pero que tiene la luz de la cabina encendida.

Me detengo justo enfrente y trato de ver si hay alguien dentro, ¿quizá mi niño está ahí? Por si acaso no me muevo, no quiero incumplir ninguna de sus normas y arriesgarme a que le hagan daño.

—Hola, Nerea.

La voz a mi espalda hace que por poco me salte el corazón por la boca. Apenas tengo tiempo de girarme y ver frente a mí a varios hombres vestidos de negro y encapuchados antes de que uno de ellos me dé un puñetazo en la cara con tanta fuerza que escucho como mi pómulo cruje antes de caerme al suelo.

Una vez ahí, noto la primera patada en el estómago y la segunda en la espalda, me quedo sin aliento y me encojo en posición fetal para tratar de protegerme, pero de poco me sirve. Esta vez es un pisotón en mi cabeza, una nueva patada en la espalda y otra en la cara, esa es la última que recuerdo antes de perder el conocimiento.

 


 

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