
El viaje en AVE desde Barcelona dura apenas tres horas, pero a Aura Riquer se le está haciendo eterno. Lleva el contrato de su nuevo trabajo impreso dentro de su bolso, guardado en una funda transparente que lo mantiene inmaculado. Ella lo firmó hace tres días y ahora solo hace falta la firma de Irina Ramsey —su nueva jefa— para hacerlo oficial.
Aura podría haberlo firmado digitalmente y haberse ahorrado esta visita a la agencia de traducción en la que va a comenzar a trabajar a partir del lunes, pero Irina Ramsey quiere conocer a quien su asistente actual ha seleccionado como su futura asistente antes de firmar el contrato de forma definitiva. A Aura le parece bien, ella también prefiere conocerla primero, así no se sentirá tan perdida en su primer día de trabajo.
Es la segunda vez que viaja hasta Madrid por este trabajo, aunque hoy este no es el único motivo. La primera fue hace dos meses para hacer la entrevista con Carmen, la asistente de Irina que se jubila dentro de dos semanas, ella fue quien la seleccionó entre decenas de candidatas. Aura estaba muy nerviosa aquel día, sentada frente a esa mujer de sesenta y tantos que no dejaba de mirarla de reojo mientras repasaba su currículum una y otra vez, haciéndole preguntas sobre su experiencia, el dominio de los idiomas y su capacidad para gestionar agendas complejas o proyectos de traducción simultáneos.
—¿Por qué te mudas a Madrid? —preguntó Carmen.
Aunque era una pregunta completamente lógica, cogió a Aura desprevenida y casi tartamudeó al responder.
—Por motivos personales, pero es un traslado definitivo —respondió, frotándose las manos por debajo de la mesa.
No le habría importado dar más detalles si Carmen hubiera seguido preguntando, pero pareció bastarle con esa respuesta y siguió con otras cuestiones que Aura respondió con profesionalidad mientras trataba de ocultar la euforia que sentía por el simple hecho de haber sido seleccionada para la entrevista.
—Pues creo que ya lo tenemos todo —dijo Carmen—. Te llamaré en una semana para hacerte saber la respuesta.
Aura por poco sufre un infarto cuando la llamaron al día siguiente para decirle que el puesto era suyo.
El tren se detiene en la estación de Atocha y ella siente que sus nervios se multiplican mientras se baja. No es solo el hecho de firmar el contrato lo que la inquieta, es todo en general. Mudarse a Madrid, dejar Barcelona, adaptarse a una ciudad nueva donde no conoce a nadie y prácticamente empezar una nueva vida. Marcos, su marido, ya lleva un mes instalado en la capital, donde han alquilado un apartamento cerca de su nueva oficina, una sucursal bancaria donde lo han ascendido a director, de ahí el motivo de su traslado. Ella ha estado yendo y viniendo los fines de semana, dividida entre su antiguo trabajo y la preparación del nuevo, pero hoy es diferente, hoy viene sin billete de vuelta, lista para quedarse.
La agencia de traducción de Irina Ramsey está ubicada en el barrio de Salamanca y ocupa toda la tercera planta de un edificio de oficinas. Mientras camina hacia la antesala del despacho de Irina, en la que se encontrará con Carmen, Aura atraviesa la sala central, donde hay casi veinte personas trabajando en espacios abiertos, todas concentradas en sus pantallas o hablando por teléfono.
—¿Qué tal el viaje? —pregunta Carmen cuando Aura llega hasta su mesa.
La mujer se levanta y le tiende una mano, acompañando el gesto con una sonrisa amable que calma un poco los nervios de Aura.
—Rápido, apenas me he enterado —miente, apartándose un mechón de pelo castaño de la frente.
—Me alegro. ¿Lista para conocer a la jefa?
—No —Carmen parpadea—. Quiero decir, sí, estoy lista —rectifica Aura, sintiendo que las mejillas le arden—. Perdona, es que estoy nerviosa y no quiero que piense que soy idiota.
Carmen necesita unos segundos para procesar lo que acaba de escuchar, pero después se ríe y Aura se relaja un poco más a pesar de que ahora mismo se siente como una veinteañera recién salida de la universidad, y no como una mujer de treinta y siete con experiencia suficiente como para no estar nerviosa, pero no puede evitarlo.
—Tranquila, la señora Ramsey puede ser tan exigente como implacable cuando se trata de trabajo, pero también es amable y empática. No es la típica arpía que muestran las películas si es eso lo que te preocupa —explica Carmen—. Es una mujer justa, y si trabajas bien con ella, te cuidará. Es la mejor jefa que he tenido en todos mis años trabajando, y te aseguro que he tenido unas cuantas.
Aura asiente, memorizando cada palabra que ha salido de la boca de Carmen mientras se acercan a la puerta del despacho con el nombre de Irina Ramsey grabado en una placa de latón.
—Ramsey… —murmura Aura para sí.
Aunque ella nació en España, Irina es hija de un profesor escocés y una traductora rusa que se mudaron a España en la década de los ochenta, y todo eso lo sabe Aura porque la agencia de traducción internacional de Irina es lo suficientemente conocida como para que haya información sobre ella en Wikipedia.
Carmen llama un par de veces con los nudillos, pero no espera respuesta para abrir, simplemente empuja la puerta y Aura supone que eso será algo que ella no podrá hacer porque tendrá que ganarse la confianza de su jefa antes.
El despacho es grande y luminoso, con un par de ventanas que dan a una calle con árboles. Eso es lo primero que ve Aura porque es lo que está de frente. A la derecha, una estantería con libros y archivadores al lado de un pequeño sofá de cuero, pero ella apenas presta atención a esos detalles porque está centrada en la mujer que está a la izquierda y que se acaba de levantar de su silla para ir a saludarla.
Irina tiene cuarenta años, eso también lo sabe Aura gracias a Wikipedia, pero sin duda, la foto que sale allí no le hace justicia. Irina es alta y esbelta, con el pelo cobrizo cortado por encima de los hombros y las ondulaciones marcadas. Tiene los ojos de un color gris azulado muy intenso y viste un traje oscuro, aunque la chaqueta está colgada en el respaldo de una silla de la mesa redonda que hay en la esquina y ella solo lleva la camisa, remangada porque la temperatura del despacho está un poco elevada, o quizá sea Aura que, por algún motivo que escapa a su comprensión, se siente sofocada.
Definitivamente, Irina es una mujer a la que hay que mirar, pero eso no es lo que más impacta a Aura, lo que la descoloca es la energía que desprende. Hay algo en ella, en su forma de moverse o en cómo le mantiene la mirada, que le resulta magnético y la hace sentir una extraña comodidad en su presencia que Aura tampoco puede explicar, como si esa mujer irradiara una seguridad que la envuelve y la tranquiliza al mismo tiempo.
La primera reacción de Aura es sonreír, porque ella es así, alegre y espontánea, y algo en Irina Ramsey ha provocado que sus labios se curven de una forma sincera conforme su jefa se acerca, pero Irina se detiene en seco cuando ve esa sonrisa y se queda inmóvil durante una fracción de segundo, antes de devolverle otra sonrisa más controlada y extender la mano hacia ella.
—Bienvenida, Aura —dice Irina.
La mano de Aura se estrella contra la suya en ese momento y algo atraviesa el pecho de Irina como si le hubieran dado un empujón desde dentro, dejándola desconcertada por un momento.
—Gracias —responde Aura, todavía sin soltarla—. Estoy deseando comenzar, aunque debo admitir que estoy un poco nerviosa con tanto cambio.
—Cierto. Carmen dice que te mudas desde Barcelona —comenta Irina.
Aura se da cuenta de que sigue reteniendo la mano de Irina y la suelta de inmediato, sintiendo un calor extraño subirle por el cuello.
—Sí, mi marido ha ascendido en su trabajo y el puesto conllevaba cambiar de ciudad.
Irina asiente, aunque algo en su expresión cambia. No es algo obvio, al menos para Aura que todavía no la conoce, pero para Carmen no pasa desapercibido ese momento en que frunce los labios.
—Estoy segura de que te adaptarás muy rápido —dice Irina—. ¿Firmamos el contrato para hacerlo oficial? —pregunta, haciendo un gesto hacia su mesa.
Aura no necesita sacar la copia que lleva en el bolso porque Irina tiene otra sobre su mesa, que firma y extiende hacia Aura para que haga lo mismo.
—Bueno, pues ya está —dice Irina—. Carmen te pondrá al día durante las dos semanas que le quedan antes de dejarnos, no dudes en preguntarle todo lo que necesites. Nos vemos pronto, Aura.
Es una forma clara de decirle que la corta reunión ha terminado. Aura se levanta, le da las gracias y sale del despacho con Carmen.
Cuando la puerta se cierra, Irina se queda quieta, mirando el contrato, aunque en realidad no lo está viendo. Está intentando comprender qué es eso que ha sentido cuando Aura ha sonreído, pero, sobre todo, está buscando la razón de que el comentario de Aura sobre que su marido ha sido ascendido no deje de repetirse en su cabeza. A Irina no debería importarle, de hecho, no tiene ninguna razón para que le importe, pero le molesta.
Respira hondo y trata de concentrarse en preparar la reunión que hay programada para dentro de una hora, también en los dos proyectos que están sobre su mesa esperando a que los revise. Irina no tiene tiempo para pensar en la sonrisa de una mujer que dentro de dos semanas estará sentada al otro lado de su puerta, ni de preguntarse por qué motivo esa sonrisa le ha provocado un acelerón en el pecho, y desde luego, tampoco lo tiene para sentirse molesta porque esa mujer esté casada.
Se frota las sienes con fuerza cuando una de esas malditas migrañas que suele sufrir con frecuencia amenaza con aparecer y vuelve al trabajo.
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