Una cita con Connie Bowler
Primer capítulo gratis

Una cita con Connie Bowler

Prólogo

 

Hayden, hace once años.

Hayden corre bajo la lluvia helada de Detroit sin mirar atrás. El agua se le mete por el cuello de la cazadora vaquera —insuficiente para esa época del año y poco adecuada para un día lluvioso como ese— pero es lo primero que ha visto en el armario y no le importa que el agua le empape la camiseta que lleva debajo. La mochila le pesa a pesar de que solo ha metido lo imprescindible: dos mudas, el neceser y los pocos ahorros que tenía escondidos debajo del colchón.

Anoche, los perdigones le rezaron la oreja derecha y supo que no podía seguir esperando. Así que, en cuanto regresó a su cuarto, se curó como hace siempre, se vistió y preparó la mochila. Ha estado esperando junto a la puerta casi toda la noche, sabiendo que él estaba dormido en el salón, borracho. Lo ha hecho hasta que, cuando estaba amaneciendo, lo ha escuchado dando pasos torpes hacia la habitación para acostarse en la cama. Hayden ha salido entonces, entumecida por el frío de haber estado quieta, dolorida por los impactos de los perdigones y la tensión producida por los nervios y el miedo. Cuando ha abierto la puerta de su habitación, se ha dado cuenta de que no llevaba chaqueta, así que ha vuelto a entrar, aturdida, y ha cogido la primera que ha visto antes de atravesar el pasillo, bajar las escaleras y salir con la intención de no volver.

Ahora sigue corriendo por las calles de Detroit a pesar de que sabe que él no la persigue, de hecho, está segura de que no lo haría, aunque la hubiera visto salir. Sin embargo, algo la impulsa a no detenerse, a seguir hasta llegar a la estación de autobuses. Hayden tiene un plan, la ruta está grabada a fuego en su cabeza y debe seguirla. Nada puede alterarla, todo ha de salir como lo ha pensado porque la improvisación la pone muy nerviosa.

—¡Como te pille, te juro que te mato, mocosa de mierda!

Se sobresalta cuando lo escucha, pero no es él, y tampoco se lo dicen a ella. La frase la acaba de pronunciar el dueño de una tienda y Hayden ni siquiera puede ver a quién va dirigida. No se detiene, sigue corriendo a pesar de que los pulmones le arden y la lluvia la tiene calada hasta los huesos. Hasta que ve la estación.

Cuando llega, tiembla tanto que apenas puede sacar el dinero para comprar el billete. La mujer de la ventanilla la mira con cara de circunstancias y Hayden tiene la sensación de que piensa que solo es una cría que se escapa de casa tras una discusión con sus padres que no es capaz de asimilar. En realidad, sí que está asustada, pero ya no es tan cría, ha cumplido los dieciséis, e intenta convencerse de que es lo suficiente madura para tomar decisiones como esa. Decisiones que le salvarán la vida.

—El próximo autobús a Pittsburgh sale en media hora, cielo —dice la mujer.

Pittsburgh. Ahí es donde vive su tía Clarice, la hermana mayor de su madre y la única familia que le consta que tiene. Hayden nunca ha estado allí, pero se sabe la dirección de memoria. La tiene anotada en una libreta desde hace meses, cuando empezó a planear su huida poco después de que él llegase.

Se sienta en un banco alejado de la gente. No le gusta que la miren, se siente incómoda. El pelo mojado le gotea sobre los hombros y se abraza las rodillas contra el pecho, empezando un balanceo de delante hacia atrás del que no suele ser consciente, pero que la ayuda a calmar la ansiedad.

El altavoz anuncia la salida del autobús y se levanta como un resorte. Hayden es la primera en subir y se sienta en el fondo, junto a la ventana, esperando que el asiento de al lado se mantenga vacío.

El viaje dura casi seis horas, pero Hayden no duerme porque cada vez que cierra los ojos, escucha su voz siniestra, también sus carcajadas mientras ella tiembla, pero lo peor es no escuchar a su madre, porque ella siempre está en silencio como si no viera nada.

Cuando llega a Pittsburgh, está agotada y solo quiere dormir, pero empieza a caminar tal y como tiene planeado.

La casa de su tía está en Shadyside, un barrio residencial con casas enormes y jardines perfectos. Camina durante casi una hora hasta que la encuentra. Es una mansión victoriana de tres plantas, pintada de color gris con molduras blancas. Hayden sube los escalones del porche con las piernas temblando. Cuando pulsa el timbre, el sonido le recuerda el de la campana de una iglesia y se asusta. Espera tiritando y nadie responde, así que vuelve a llamar.

La puerta se abre unos minutos después y aparece su tía Clarice. Hayden sabe que es ella porque la ha visto en fotos y, aunque son muy antiguas —de cuando ella era pequeña—, la reconoce de inmediato porque se parece mucho a su madre, pero con el pelo arreglado y la mirada más dura, aunque vacía de esa maldad que tiene la de su progenitora. Clarice la mira de arriba abajo, con el ceño fruncido.

—¿Hayden? —pregunta contrariada.

Hayden asiente, incapaz de articular palabra porque tiene la garganta cerrada y el pecho tan apretado que le cuesta respirar. No sabe cómo explicarle lo que hace ahí y, en realidad, tampoco quiere hacerlo.

—¿Qué ha hecho mi hermana esta vez? —las palabras de su tía la atraviesan como una flecha.

La pregunta le sorprende, pero no contesta, paralizada. Explicar lo que sucede no es algo que entre dentro de sus planes porque no está preparada. Ni siquiera se ha planteado lo que pasará si su tía no la quiere ahí, pero la mujer no hace más preguntas, la coge por un brazo y la arrastra al interior de su casa con tanta rapidez, que Hayden siente vértigo.

Hayden se derrumba tal y como entra. Las piernas le fallan y cae de rodillas al lado de la puerta. No puede llorar, y tampoco habla, pero su cuerpo tiembla porque, de algún modo, se siente liberada a pesar de que sabe por su madre que a su tía no le gustan las visitas.

Es asocial y rara respondía siempre que Hayden preguntaba por ella, pero prefiere arriesgarse con su tía que quedarse en su casa y esperar a que él la mate.

—Aquí no te puedes quedar —dice su tía Clarice ayudándola a levantarse—, pero tampoco permitiré que vuelvas con ella. No te preocupes —zanja, y Hayden sabe que por fin está a salvo.

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