
Mildred
El móvil me vibra en el bolsillo del pantalón trasero mientras doblo camisetas, pantalones y un montón de ropa que las clientas se prueban y descartan hasta encontrar la que les gusta. La idea de que pueda ser mi madre para darme una mala noticia comienza a recorrer mi cuerpo hasta que logra instalarse en mi mente asustadiza y consigue que deje todo lo que estoy haciendo.
—Voy al baño —me excuso ante mi compañera.
Olga asiente sin levantar la vista y sigue doblando ropa mientras su cuerpo se mueve por inercia al ritmo de la música taladrante y extremadamente alta que suena por los altavoces durante todo el maldito día.
Me encierro en el baño y el sonido pierde fuerza al mismo tiempo que mis oídos y mi mente sienten cierto alivio. Saco el móvil del bolsillo y al abrirlo descubro que es un mensaje de mi amigo Rubén; un compañero de colegio al que me reencontré hace varios meses y con el que retomé la amistad que perdimos cuando nuestras vidas tomaron caminos distintos.
—¿Todavía sigues buscando trabajo? —leo en cuanto abro el chat.
El corazón se me desboca y respondo rápidamente como si alguien me fuese a quitar la oportunidad que se me brinda.
—Sí, ¿por qué? ¿Tienes algo? Dime que sí, por favor.
Rubén es el gerente de una empresa de servicios de chóferes para empresarios, políticos, gente adinerada o cualquier tipo de evento para el que lo contraten. Dice que una vez llevó a Johnny Deep en una de sus limusinas, aunque creo que solo lo dijo para impresionarme.
—Pásate a verme por la oficina cuando salgas de la tienda, estaré aquí hasta las nueve.
—Allí estaré —respondo y me guardo el teléfono de nuevo.
Suspiro para calmar los nervios que me ha producido su mensaje mientras rezo para que lo que me ofrezca sea suficiente para mejorar mi situación actual, cosa que tampoco sería muy difícil dadas las circunstancias.
A las ocho y media salgo corriendo hacia el aparcamiento, me subo en el coche y atravieso la ciudad hasta llegar al polígono industrial donde Rubén tiene su empresa. Aparco al lado de dos Mercedes impolutamente limpios con los cristales traseros tintados y entro por la puerta principal. Una chica joven demasiado maquillada para mi gusto me recibe al mismo tiempo que coge su bolso.
—¿Mildred Blanco? —pregunta, y por algún absurdo motivo me siento importante.
—El señor Vidal la espera en su despacho. ¿Quiere que la acompañe?
La joven me hace la pregunta sin poder esconder su prisa por largarse, y comprendo tan bien esas ganas que tiene de salir de tu puesto y respirar aire puro, que le sonrío y niego con la cabeza.
—No será necesario. Creo que sabré llegar, no te preocupes.
La chica sonríe ampliamente y me señala los ascensores.
—Tercera planta al fondo del pasillo. No tiene pérdida. Que tenga una buena noche.
—Igualmente, gracias.
Un minuto más tarde las puertas se abren y aparezco en el pasillo, únicamente decorado por dos discretas lámparas que iluminan lo justo para ver el suelo.
—En mi opinión, podrías invertir una parte de tu fortuna en unas bombillas más potentes —digo al encontrar la puerta del despacho de Rubén abierta.
Mi amigo levanta la vista del bloc de notas en el que ha apuntado algo y me sonríe divertido.
—Tomo nota —dice, y señala la silla frente a él para que tome asiento.
—Gracias por pensar en mí, Rubén —agradezco algo nerviosa.
—No me las des todavía, quizá no te interese.
—Te dedicas a contratar chóferes y a mí me encanta conducir, dudo que no me interese.
Rubén alza una ceja y se pasa la mano por su pelo moreno y ensortijado hasta terminar rascándose la oreja.
—Lo que tengo no es cualquier cosa, Mildred, es una de esas ofertas en las que si lo haces bien, puedes tener trabajo indefinido.
—Te prometo que seré la mejor —digo y me maldigo a mí misma al darme cuenta de lo desesperada que estoy.
—Lo sé, por eso he pensado en ti, sin embargo, los horarios son bastante exigentes y no sé si estarás dispuesta.
Un nudo comienza a retorcerme las entrañas hasta subir a mi garganta para asfixiarme. ¿Por qué nada puede salirme bien?
—¿Qué tipo de horarios?
—Debes estar disponible de nueve de la mañana a nueve de la noche de lunes a sábado.
Rubén me mira y le mantengo una mirada ceñuda mientras valoro.
—No se diferencia tanto de mi horario de ahora, Rubén. Entro a las nueve, salgo dos horas para comer y luego vuelvo hasta las ocho, algunos días incluso más tarde, e imagino que en este caso el sueldo compensa el sacrificio, de lo contrario no me habrías llamado.
—Por supuesto que lo compensa, piensa en lo que cobras ahora y multiplícalo por cinco —dice, y la mandíbula por poco me toca las rodillas—, por no hablar de que si está contenta contigo es un trabajo que te puede durar años, no estamos hablando de servicios puntuales.
—¿Hablas en serio?
—Sí, pero no he terminado de decirte las condiciones. Ese será tu horario habitual, con un fin de semana libre al mes que podrás elegir siempre que avises con tiempo suficiente para que busquemos a alguien que te sustituya en caso de hacer falta. Por otro lado —dice tan rápido que me tengo que concentrar para no perder detalle—, debes tener el móvil siempre encendido por si nuestra clienta tiene una urgencia y necesita tus servicios a deshoras. Obviamente, esas horas se te pagarán como extra.
—Entiendo —digo pensativa, sin poder imaginar a qué tipo de urgencia se puede referir.
—Si aceptas, tendrás que firmar un contrato de confidencialidad en el que, entre otras muchas cosas, te comprometes a no comentar con nadie nada de lo que veas o escuches mientras estés con ella. Ni que decir tiene, que tendrás prohibido grabar vídeos o hacer fotos.
—Ver, oír y callar. Eso sé hacerlo muy bien —digo y Rubén dibuja una mueca de incomodidad en su rostro—. Lo siento, no he debido decir eso.
—No pasa nada, Mili, es que todavía estoy procesando todo lo que me explicaste.
El silencio comienza a recorrer las paredes de la habitación haciendo que el aire se vuelva tan denso que me cuesta respirar.
—En fin —dice Rubén al ver mi cara de angustia—. ¿Te interesa la oferta?
—Sí, por supuesto. Claro que sí.
—Perfecto, en ese caso despídete de tu trabajo, empiezas en una semana.
—De acuerdo, ¿a quién voy a tener el honor de llevar?
¿Quieres seguir leyendo?
Conseguir el libro completo