En vistas de que el pequeño capítulo que subí la semana pasada sobre Marlo y Megan os ha gustado, he decidido rescatar este relato y compartirlo por aquí. Fue uno de los que escribí cuando preparaba mi libro Detrás de sus caricias y que al final se quedó en una carpeta. Lo he dividido en tres partes para dosificarlo un poco, así no os empacháis de mí.

Advierto que es un poquito ñoño, sensiblero o tierno, llamarlo como queráis. No sé que me pasaba el día que lo escribí… O bueno, tal vez lo que me dijo una amiga:

“Pues que estabas ñoña y punto”

Ahora sí, os dejo con el relato… ¡Espero que os guste!


 

—¿Cuánto hace que me quieres?

Empecé a reírme, que buena pregunta acababa de hacerme mi novia. Ella era así, siempre me sorprendía con cosas que no venían a cuento en los momentos menos oportunos. Aunque puedo decir que tal vez esta fuera la primera vez que la pregunta no desentonaba demasiado con la situación.

Era sábado, cerca de las nueve de la mañana y todavía estábamos en la cama. Nos habíamos despertado temprano y habíamos estado haciendo el amor bajo el silencio que nos proporcionaba aquella cabaña en la montaña que habíamos alquilado para pasar ese fin de semana. Era el regalo que mi novia me había hecho por mi cumpleaños.

“Por tus treinta primaveras y otras cincuenta a tu lado”

Esa fue la nota que encontré pegada en el espejo del baño cuando llegué a casa el día antes, al final de la nota había dibujada una flecha enorme que indicaba que mirara hacía abajo, allí había un sobre apoyado sobre un bote de colonia, cuando lo abrí encontré un papel con la reserva y las fotos de la cabaña que había alquilado.

Ella era muy detallista siempre, a veces me sentía mal porque yo no era así, aunque a veces lo intentaba no me salía, tener detalles no formaba parte de mi personalidad y no podía hacer nada para evitarlo. Me hubiera encantado tener esa facilidad que tenía ella para sorprenderme, pero supongo que cada una tenía sus cosas buenas y sus cosas malas, y esa en concreto era una de mis carencias. Ella siempre me echaba bronca cuándo intentaba tener algún detalle, sabía lo mucho que me costaba e insistía en que no era necesario, que ella ya sabía que la quería, que simplemente mi forma de demostrarlo era otra, tal vez más física.

Tras nuestra sesión de sexo matutino, Érica, que así se llama mi novia, se había levantado obligándome a quedarme en la cama mientras ella preparaba el desayuno para traerlo a la habitación. Y eso era lo que estábamos haciendo cuando lanzó aquella pregunta, desayunar desnudas en la cama. ¡Menuda gozada!

—Venga contesta Noe… —insistió dándome con el codo muy flojo.

—¡Casi me tiras el café! —me quejé fingiendo estar molesta.

—No me hagas la cobra y contesta de una vez—sonrió pasando de mi cara.

Me tuve que reír, si uno de mis defectos era que no soy muy detallista, uno de los suyos es que es muy insistente y cabezota cuando quiere algo. Sabía que no iba a parar hasta que no le contestara.

—Yo que sé Eri, no apunté en una libreta la fecha del día en el que me di cuenta de que te quería, pero hace mucho, eso te lo aseguro.

—Mmm, me vale cariño—dijo besándome.

—¿Sí? Menos mal, porque no me apetece nada ponerme a pensar ahora la verdad…

—¿Y qué te apetece?

—Umm… Pues estaba pensando que no puedo decirle a mi novia el día que empecé a quererla, pero sí que puedo demostrarle lo mucho que la quiero de otra forma… —contesté apartando la bandeja y tumbando a Érica.

—¿Y qué forma es esa mi vida? —preguntó abrazándome con fuerza cuando me tumbé encima de ella.

Suspiré profundamente, por mucho tiempo que pasara mi deseo por ella jamás había disminuido, cada vez que me abrazaba un millón de sensaciones agradables me recorrían por dentro y despertaban mis instintos más primarios, la deseaba tanto que a veces me daba miedo, miedo de estar enferma de amor por Érica.

—La que prefieras Eri, hoy solo quiero complacerte… —contesté antes de besarla.

—Quiero sentirte dentro cariño, muy adentro… —jadeó en mi boca.

Sonreí y obedecí, tras unas cuantas caricias y besos de calentamiento me puse el arnés y penetré a Érica con cuidado, todo en ella era delicado siempre, incluso su forma de hacer el amor. Empecé a moverme despacio, al ritmo que ella me marcaba, solía colocar sus manos en mi trasero y me ayudaba a empujar hasta que el placer no la dejaba continuar, entonces yo tomaba el control absoluto y la hacía estremecerse hasta que se retorcía de gusto.

—Creo que ahora te quiero un poquito más que antes—susurró.

No pude evitar reírme de nuevo, siempre me decía lo mismo tras el orgasmo y yo la adoraba por ello.

—Me gusta mucho hacer que me quieras más Eri… Venga levanta, hoy nos vamos de excursión—dije tirando de ella para que se incorporara.

—¿De excursión? —preguntó sorprendida.

—Si gandula, no pretenderás traerme a un sitio así de bonito y que no salgamos a explorarlo, ¿No?

—Buff cariño, yo tenía pensado pasar los dos días encerrada aquí contigo, haciéndote el amor sin parar… —susurró abrazándome otra vez.

—No seas mala que ya sabes cuánto me gusta estar contigo—sonreí—venga, un ratito, he leído que hay un lago cerca, podemos llevarnos comida y una mantita, y si no hay mucha gente pues bueno, tal vez te regale un postre diferente…

—Mmm, eso no suena nada mal Noe…

—No, la verdad es que no—contesté mientras lo imaginaba.

—Vale mente sucia, nos damos una ducha y nos vamos, pero primero tengo que hacer algo que me apetece mucho.

—¿Y qué es? —pregunté extrañada.

No me contestó, se deslizó con cuidado por debajo de las sábanas, recorriendo mi torso a besos mientras bajaba y me obligaba a separar las piernas con las manos. Besó mi ombligo y mi bajo vientre hasta que sentí como su lengua cálida y húmeda se deslizaba por mi sexo, no se detuvo hasta conseguir que acabara retorciendo las sábanas entre mis manos presa del placer.


 

Continua leyendo: Detalles (Parte 2)

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