Si todavía no has leído la primera y segunda parte o quieres refrescar la memoria puedes hacerlo aquí: parte 1, parte 2.


 

Estaba convencida de que cualquier persona que nos viera o escuchara desde fuera pensaría que éramos unas ñoñas, a veces me sorprendía lo bien que estábamos, nos llevábamos tan bien y nos queríamos tanto que me aterraba, algo así no podía ser real, no conocía a ninguna pareja que después de siete años se siguiera amando de la misma forma que lo hacíamos nosotras. Por supuesto que teníamos nuestras discusiones, algunas bastante fuertes, pero al final el amor que sentíamos la una por la otra acababa ganando y todas aquellas batallas se perdían rápido en el olvido.

Recogimos nuestras cosas y casi sin darnos cuenta nos encontrábamos remando hacía el interior del lago, nos reímos mucho al principio porque nos costó una barbaridad acompasarnos para remar a la vez y conseguir el rumbo que queríamos. Nos detuvimos en el centro del lago presas del hipnotismo que nos provocó toparnos inesperadamente con la puesta de sol, verla reflejada en el agua fue algo casi mágico. Ya empezaba a oscurecer, y mientras Eri encendía el farolillo que se encontraba en la barca yo descorché una botella de champán que había pedido como extra. Serví las dos copas y le entregué la suya a mi novia. Brindamos, bebimos y nos besamos para acto seguido contemplar las vistas desde aquella posición.

—Es precioso Noe, creo que es uno de los sitios más bonitos en los que hemos estado, muchas gracias…

—Gracias a ti, si no me hubieras hecho este regalo nunca me hubiera dado por buscar este sitio, así que es cosa de las dos.

Ella me guiñó un ojo, cogió la mochila y empezó a buscar en ella.

—Mierda… —se quejó alarmada.

—¿Qué pasa?

—Estoy segura de que he metido la chaqueta Noe, pero no está, que raro…

Eri seguía removiendo y hablando consigo misma sobre la misteriosa desaparición de su chaqueta mientras yo la contemplaba divertida.

—¿Te hace gracia? —preguntó risueña.

—No me hace gracia Eri, pero no va a aparecer por mucho que sigas removiendo…

—Ya lo sé, pero es que es muy raro Noe, estoy segurísima de que la he metido, lo he hecho mientras terminabas de ducharte…

—Bueno da igual, ponte la mía si tienes frío.

—No puedo hacer eso Noe, si luego te da frío a ti, ¿Qué? Te conozco y sé que no me lo dirás…

—No te lo diré no, pero me abrazaré a ti, cógela anda, que yo ahora estoy bien.

Tras insistir un rato al final me hizo caso y se puso mi chaqueta, se la abrochó hasta arriba y metió las manos en los bolsillos tal y como yo esperaba que hiciera, no era una casualidad que su chaqueta hubiera desaparecido de la mochila, yo la había sacado mientras ella estaba en la cocina. Empezó a remover uno de los bolsillos y me miró intrigada.

—Tienes algo aquí Noe.

—¿A sí?

—Sí—dijo mientras lo seguía palpando.

—Pues no sé qué puede ser Eri, sácalo para que lo vea.

Lo sacó y dejó la cajita en la palma de su mano mientras la contemplaba incrédula y la extendía hacia mí.

—No me la des a mí Érica Beltrán, es para ti.

Pude ver como las manos empezaban a temblarle mientras intentaba abrir la caja con torpeza y yo me arrodillaba ante ella. Cuando por fin lo hizo apareció un anillo de plata, Eri era alérgica al oro, así que su anillo de compromiso tenía que ser de plata.

—Noe… —dijo mirándome con los ojos bañados en lágrimas.

—Ya sabes que a mi estás cosas no me van Eri, pero sé que tú eres muy tradicional y que te hace ilusión casarte y todas esas cosas, así que si todavía no te has cansado de mi he pensado que podríamos casarnos, si tú quieres claro…

Asintió muy nerviosa, conocía a mi novia y sabía lo emocionada que estaba, así que sostuve su mano y le coloqué el anillo, en cuanto lo hice se abalanzó sobre mí y empezó a devorarme a besos, lo hacía con tanta efusividad que casi no me dejaba respirar. Después nos abrazamos y no nos soltamos durante un buen rato, tuvimos parte de nuestra conversación así, abrazadas, hablando en el oído de la otra.

—¿Has pensado dónde y cómo? —me preguntó.

—No, eso te lo dejo a ti, ya sabes que esas cosas a mí no se me dan bien, lo que tú quieras estará bien.

—Pero es algo de las dos Noe…

—Ya sabes que para mí no es lo mismo que para ti Eri, a mí me basta con lo que tenemos, no necesito casarme, pero sé que a ti te hace ilusión, así que la boda tiene que ser como a ti te guste, lo que tú tengas en esa cabeza tuya… Si tú eres feliz yo también.

—En resumen, me estás diciendo que no te agobie con los preparativos de la boda, ¿No? —susurró divertida mientras me mordía la oreja.

—Algo así, sí, encárgate tú por favor—supliqué.

—Lo haré, no te preocupes cariño, y te aseguró que aunque a ti estas cosas no te vayan te encantará, me ocuparé de que nunca te olvides de ese día…

—Sé que lo harás… ¿Sabes? Menos mal que me has dicho que sí Eri, porque tenía algo más para ti y hubiera sido un problema que te hubieras negado.

Dejó de abrazarme de golpe para sentarse frente a mí y clavar sus preciosos ojos negros en los míos mientras esperaba ansiosa mi regalo.

—¿Qué es?

Abrí su chaqueta, bueno la mía, y metí la mano en el bolsillo interior. Saqué un sobre y de él unos billetes para pasar quince días en Nueva York en navidades. Creo que eso le gustó más que la pedida de mano, casi hace volcar la barca achuchándome.

—Te he dicho que no he pensado fecha para la boda, pero tendrá que ser antes de navidades porque esa es nuestra luna de miel Eri, así que tienes trabajo… —le dije entre risas mientras me aplastaba contra el suelo de la barca.

—¿Te he dicho alguna vez lo mucho que te quiero Noe?

—Umm, creo que sí, alguna que otra, sí… Y tengo algo más Eri…

—¿Más? ¿En serio?

—Sí.

Volví a abrir el sobre y saqué dos entradas para patinar sobre hielo en una de las pistas más conocidas de la ciudad. Volvió a abrazarme y nos quedamos tumbadas en el suelo de la barca contemplando las estrellas.

—Nunca pensé que serías capaz de sorprenderme de esta manera cariño, ¿Cómo lo planeaste?

—Bueno, el anillo lo compré hace un par de meses, pensé en mil formas de pedírtelo pero ninguna me parecía lo suficientemente buena, después me di cuenta de que se acercaba la fecha de mi cumpleaños y estaba segura de que tú me sorprenderías con algo, como haces siempre, así que decidí que yo agradecería tu sorpresa con la mía. ¿Me perdonas por haber dejado tu chaqueta en la cabaña? —sonreí achinando los ojos.

—¿Has sido tú? Lo sabía, sabía que la había metido en la mochila, te vas a enterar cuando volvamos…

 

FIN

 

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