Libérate conmigo

Muy importante: NO leer esta segunda entrega sin haber leído antes la primera parte (Libérate), descárgala aquí. 

Dicho esto, ahora sí, aquí tienes un poco más de la historia de Olga y Andrea. Espero que te guste.

***

No sé exactamente qué fue lo que me pasó con Olga aquella tarde, nunca me había encontrado en aquella situación ni con nada que se le pareciera.
Soy muy responsable con mi trabajo y me considero una buena profesional, pero cuando abrí la puerta y la vi allí plantada sentí como si algo se activara dentro de mí, algo que me conectaba a ella. Me sentí muy atraída por Olga antes incluso de cruzar la primera palabra con ella.

Ese fue el motivo por el que me fui al baño y salí tan rápido, no tenía ganas de sentarme en la taza del váter, lo único que quería era asegurarme de que todo estaba bien…
Sentí una necesidad horrible de estar guapa para una mujer a la que no conocía de nada y que además iba a ser mi paciente.
Me quedé sin aire al salir del baño y verla abriendo la puerta con la intención de irse, fue ahí cuando me di cuenta de lo nerviosa que estaba Olga. Me gustaría decir que la convencí para quedarse solo porque quería y sentía que podía ayudarla, pero no es cierto, también lo hice por mí… No quería que se fuera.

—Adicta al sexo.

Así fue como resumió su problema y lo convirtió también en el mío. Recuerdo que en la universidad tenía un profesor que decía que cuando alguien conocido te contaba sus problemas los convertía también en los tuyos porque de algún modo te hacía participe. Me acordé de aquel profesor en cuanto Olga pronunció aquellas palabras, porque aunque no la conocía me excité al oírla.
Tal vez no había convertido su problema en el mío pero desde luego me acababa de provocar uno.
Preferí no mirarla en aquel momento, necesitaba unos segundos para serenarme así que hice ver que apuntaba algo en la libreta, de hecho lo hice…

“Olga + adicción al sexo = Andrea quiere follar con Olga”

“Hoy”

“Ahora”

“Andrea quiere follar con Olga ahora 🙂 🙂 🙂 “

Lamentable y muy poco ético, lo sé.

Cuando le pregunté el motivo que la llevaba a pensar que era adicta al sexo me remató, pensé que me diría que tenía pareja, o no, eso daba igual, y que practicaba sexo con mucha frecuencia, quizá con demasiada y eso era lo que la preocupaba. Pero ese no era ni de lejos el problema de Olga, era todo lo contrario, la falta de sexo la tenía cachonda perdida las veinticuatro horas del día.
Me sorprendía mantenerme tan serena, siempre he sido una persona con mucha seguridad en mí misma, pero la atracción que sentía por ella sumada a lo excitada que me contaba que estaba, provocaba que yo también me sintiera excitada, cada vez más.

Me contó que no tenía pareja, hablamos de la masturbación y la frecuencia con la que lo hacía, de lo poco o casi nada que había experimentado con el sexo, no me extrañaba que tuviera aquellos pensamientos atacándola a todas horas, por lo que me contaba, Olga siempre había follado reprimiéndose, de hecho ella lo definió muy bien:

—Yo te toco, tú me tocas, nos corremos y poco más.

Conmigo harías algo más que correrte

“Destruir esta hoja cuando Olga se marche”

Increíble, era una mujer atractiva y soltera, podía tener a quien quisiera para complacerla y ella en cambio se conformaba con tocarse dos o tres veces a la semana.
Le pedí que me describiera esos pensamientos que tenía y en ese momento me sentí mal, porque ya no estaba muy segura de sí era necesaria esa pregunta, yo ya sabía lo que le pasaba, se lo pedí porque era yo la que deseaba oírlo.

En fin, el resto ya lo sabéis, me había confesado su gusto exclusivo por las mujeres, y aunque me esforcé por hacer mi trabajo y al final le di a Olga lo que había venido a buscar: un diagnóstico, hubo un momento en el que no pude más.

“A Olga le gustan las mujeres”

“Y mira tú por donde yo soy mujer  🙂 🙂 

“Joder, necesito follar con Olga urgentemente”

“Si no follo con ella, hoy me estalla el chichi”

“Andrea currátelo”

Sí, escribí un poco más…

—Es decir, ¿Que tu consejo es que eche un polvo? —preguntó algo cohibida.

—Uno o varios—añadí con una sonrisa—los que hagan falta Olga, eres una mujer soltera y muy atractiva, no creo que tengas problemas con eso, sal y diviértete. La masturbación es una solución temporal, pero las dos sabemos que no se siente lo mismo cuando te lo haces tú que cuando te lo hacen, y creo que la mayor parte de tu problema radica ahí, en que tú sola ya no te bastas.

Esta es la versión oficial de lo que le dije y la políticamente correcta, pero lo que en realidad me hubiera gustado decirle era que esos polvos deseaba que los echara conmigo, me moría de ganas de follar con Olga y aquella situación se me estaba haciendo insoportable.
Pero entonces vi su mirada y tuve que apretar las piernas para ahogar mi deseo, me di cuenta de que Olga estaba terriblemente excitada en aquel momento. Lo demás fue fácil, ella quería y yo también, éramos dos mujeres adultas que en aquel preciso momento se sentían muy atraídas y deseaban lo mismo, ¿Qué malo tenía?

—Estás muy húmeda, me encanta Olga… —dije arrodillada entre sus piernas.

No me contestó, colocó sus manos en mi nuca y me invitó a devorar su sexo. Me recreé entre sus piernas, quería demostrarle a Olga que si aprendía a pedir el resultado era infinitamente mejor.
Besé su sexo sin control, lo lamí y recorrí cada uno de sus pliegues mientras ella gemía y mantenía sus manos en mi cabeza para que no saliera de allí.
Atrapó mi cabeza entre sus piernas cuando llegó al orgasmo y me faltó muy poco para correrme al notar como temblaban sus muslos, como se retorcía, como resoplaba y gemía a la vez y como sujetó mi cara entre sus manos para hacerme subir cuando terminó.

No me dijo nada, se recolocó en la silla y me hizo sentar sobre ella a horcajadas.

—¿Quieres saber lo bien que sabes? —pregunté intentando controlar lo que parecía un orgasmo inminente.

Olga estaba desabrochando mi pantalón, y estaba tan excitada que sentir su mano jugueteando por allí me estaba matando.

—Quiero… —susurró.

Me incliné sobre ella y la besé profundamente. Dancé con la lengua alrededor de la suya hasta que sentí como sus dedos se colaban por debajo de mis bragas, me inundó el calor de su mano y sentí que iba a estallar de gusto, me quedé sin aire un instante y dejé de besarla de golpe. No apartó la vista de mí, sonrió, me penetró con un dedo y colocó su pulgar sobre mi clítoris.
Cerré los ojos con fuerza un segundo mientras ahogaba un gemido y empecé a moverme sobre su mano a buen ritmo.
El dedo que estaba en mi interior no se movía, lo dejó quieto para que yo lo buscara a mi antojo pero su pulgar sí que se movía trazando diminutos círculos sobre mi clítoris. Me agarré a su cuello para no perder el equilibrio mientras me corría.

—¿Quieres que sigamos? —pregunté alzando las cejas con media sonrisa.

Asintió. Me levanté y Olga hizo lo mismo, se subió las bragas y los pantalones y le tendí la mano para que me acompañara a mi habitación. En cuanto entramos le pedí que se sentara en la cama, cogí un taburete que tenía frente al tocador y me senté justo en frente de ella.

—¿Qué haces? —preguntó intrigada.

—La cuestión no es lo que yo hago Olga, es lo que quieres hacer tú…

—¿Cómo?

—¿Qué quieres hacer Olga? En mi despacho hemos cumplido una de tus fantasías… ¿Por cuál quieres continuar?

Noté como se le entrecortaba la respiración, se ruborizaba y bajaba la cabeza, Olga sentía vergüenza o tal vez cohibición a la hora de decir lo que quería, lo que realmente le apetecía.
La observé un instante, en mi despacho ella no había tenido que pedir mucho, yo se lo había puesto en bandeja haciéndole las preguntas correctas hasta hacer que me dejara meter la cara entre sus piernas, tal y como ella deseaba. Pero ahora no se atrevía, si tenía que salir directamente de ella se bloqueaba, he ahí su problema.

Me serené un poco y volví a adoptar mi papel de psicóloga, recién follada me gustaba recuperarme un poco antes de volver a la carga, así que ese podía ser un buen momento para hacer terapia con Olga otra vez.
Me acerqué un poco más a ella, casi hasta que mis rodillas rozaban las suyas.

—Olga mírame—le pedí.

Alzó la vista y me sonrió.

—Vamos a hablar un poco más sobre una cosa, ¿Vale? Así que relájate.

—¿Sobre qué? —preguntó intrigada.

—Vamos a hacer un poco más de terapia aunque a ti no te lo parezca, así que colabora, ¿Vale? —sonreí señalándola con el dedo.

Ella sonrió también, se descalzó y subió las piernas a la cama, las dobló y se agarró los tobillos con las manos.

—Vamos a hablar claro y sin tapujos Olga, una de las cosas que deseabas era que alguien te lo comiera tal y como hemos hecho en mi despacho.

Carraspeó y casi se atraganta.

—¿Cómo te has sentido?

—¿Perdona? —preguntó completamente abochornada.

—Por Dios Olga, somos adultas las dos, hemos follado y nos hemos corrido, es algo normal joder. Quiero que me digas como te has sentido después de lo que te he hecho, y quiero que seas un poco explícita, no me vale con me ha gustado o no, quiero que me digas como te has sentido después de obtener lo que querías.

Suspiró un poco más relajada. Tuve la sensación de que el hecho de que yo hablara de follar como algo tan natural la estaba empezando a hacer sentir más cómoda.

—Me ha gustado…

Arqueé las cejas y me crucé de brazos exigiendo más mientras ella se reía de mi gesto.

—Me he sentido muy bien Andrea—arrancó por fin—no solo por lo bien que me lo has hecho y el orgasmo. Me he sentido bien conmigo misma, satisfecha, orgullosa y aunque no lo parezca más segura.

Que pena no tener mi libreta allí, era un buen momento para engordar un poquito mi ego anotando lo siguiente:

Andrea folla bien 😛 😛 😛 “

—¿Lo ves? De eso se trata Olga, tienes que aprender a darle a tu cuerpo lo que te pide. No has de tener vergüenza, debes exigir siempre lo que quieres, has de pedir. Cuando tengas a una mujer entre tus sábanas debes decirle lo que te gusta de la misma manera que frenarla cuando algo no te gusta, debes exigir siempre lo que quieres. Solo entonces podrás disfrutar del sexo plenamente, follar es bueno Olga, ¡es lo mejor del mundo! Libera tensiones, rejuvenece, alivia el dolor de cabeza, te mantiene en forma… ¡La gente debería follar más y gritar menos coño!

Olga comenzó a reírse a carcajadas y me contagió cortando mi discurso, tengo que reconocer que cuando se trataba de sexo me venía siempre arriba y me ponía a dar discursos como ese.
Me costaba mucho entender el pudor que sentían algunas personas ante el mayor de los placeres que se nos había otorgado como seres humanos.

—Perdona—me disculpé todavía con la sonrisa—a veces pongo demasiado énfasis en lo que digo. Pero es que la vida es muy corta Olga, y nadie debería perderse ciertas cosas solo por tener miedo a pedirlas, y ya no me refiero solo al sexo, sino a todo en general.

—No te preocupes, tienes razón. Toda mi vida me he privado mucho en ese sentido, llámame anticuada pero me da miedo que mi acompañante piense que soy una viciosa o algo así, no sé.

Me entró la risa otra vez.

—¿Viciosa? ¿En serio Olga? ¿Crees que lo que hemos hecho antes era vicio?

—No, claro que no. Supongo que el hecho de haberme acostado siempre con personas como yo no me ha ayudado mucho, me refiero a que a mí tampoco me han exigido nunca.

—Desde luego no ayuda, pero a veces el problema no es que esas personas no quieran pedir, es que nosotras mismas reflejamos ese temor en ellas y eso hace que se corten, que no pidan por miedo a asustarnos.

—¿Me estás diciendo que yo provoco mi misma reacción en las personas con las que me acuesto?

—No digo que sea tu caso, pero sí que es una posibilidad. Esas cosas se notan de forma inconsciente Olga.

—Genial, soy una pésima amante.

—No es cierto, a mí me has follado muy bien.

—Gracias—sonrió avergonzada.

—¿Bueno entonces has entendido el mensaje Olga?

—Sí.

—¿Sí? No sé yo, a ver, dime que es exactamente lo que harás a partir de ahora.

—Exigir, bueno pedir—se retractó—pedir las caricias que más me gustan…

—No solo las caricias Olga—la interrumpí—también los deseos, las fantasías, debes pedirlo absolutamente todo.

—Pero no puedo estar siempre pidiendo…

—No, por supuesto que no, para recibir hay que dar, debes prestar las mismas atenciones a las exigencias de tu pareja. El sexo es mucho más satisfactorio cuando ves que tu pareja también se retuerce de placer, ¿No?

Asintió.

—Bien, vamos a poner en práctica lo que acabamos de hablar. Repito la pregunta, ¿Qué es lo que quieres hacer ahora Olga? ¿Qué te apetece? Y mírame a los ojos cuando me lo pidas.

Me miró y se puso sería. Pensé que iba a decirme que se iba, que no estaba preparada o cualquier otra excusa, pero de pronto habló y me latió el corazón entre las piernas.

—Quiero que te toques para mí—dijo con firmeza.

Esa tarde cumplí todo lo que Olga me pidió, desde que había pronunciado esa última frase se había venido arriba, se sentía más segura y confiada y se dio cuenta de que yo tenía razón, el sexo es más placentero cuando te hacen exactamente lo que quieres.

Ella también atendió mis necesidades a mi antojo, y después de varias horas en la cama finalmente me dijo que se iba. Era lo normal, algo a lo que yo estaba acostumbrada, no me gustaba que mis amantes se tomaran confianzas o pensaran que iban a obtener de mi algo más que sexo. Había tenido parejas estables, pero me encontraba en un momento de mi vida en el que no me apetecía dar explicaciones, llevaba los tres últimos años limitándome a hacer lo que había hecho con Olga, bueno exactamente con Olga no porque lo de ella habían sido circunstancias diferentes, era un caso aparte. Pero me limitaba a disfrutar del sexo sin compromiso, sin dolores de cabeza, haciendo mi vida a mí antojo, decidiendo cuando, con quien y hasta cuándo. Como digo cuando dijo que se marchaba no me importó, pero en el momento que cerró la puerta al salir sentí una extraña sensación de vacío que me incomodó un poco.

No volví a saber nada de ella hasta casi un mes después, todos los viernes después de la última sesión me dedicaba a revisar la contabilidad, y eso era lo que estaba haciendo cuando me llamaron al teléfono fijo del despacho.

—Psicología Andrea Álvarez…

—Hola Andrea, ¿Te pillo en mal momento?

El corazón dejó de latirme, la reconocí de inmediato, era Olga.

—Hola Olga, no, no me pillas mal, ¿Cómo estás? ¿Va todo bien?

—Sí, muy bien, solo llamaba para agradecerte lo del otro día…

¿El otro día? Hacía un mes, ¿El sexo había alterado su concepto de tiempo? La noté algo tímida al hacer referencia a aquel día, sonreí y me recosté en la silla.

—No tienes que agradecerme nada Olga.

—Sí que tengo Andrea, y no hablo del sexo, bueno… —carraspeó y se me escapó una risotada—no te rías…

—No me rio, me pongo sería va, dime, ¿Qué quieres agradecerme?

—Todo lo que me dijiste, tus consejos, tenías mucha razón Andrea. Te hice caso y ahora me siento más viva que nunca…

De pronto dejé de oírla y agradecí que hubiera decidido decirme todo aquello por teléfono y no en persona, porque lo que yo estaba entendiendo con lo de “te hice caso” era que se había acostado con una mujer, o con varias, se había acostado con ellas y de pronto sentí unos celos horribles. No quería que Olga se acostara con nadie, la quería solo para mí, y no me di cuenta de ello hasta que me dio a entender que había otras.

—Andrea, ¿Estás ahí?

Quería contestar, pero no me salían las palabras, no sabía que decirle, acababa de darme cuenta de que en una tarde me había pillado por ella. Mi cabeza no paraba, ¿Cómo era posible? Había pensado en ella muchos días desde que follamos, pero pensé que era por simple curiosidad, por saber si me habría hecho caso o si seguiría cohibida, no fue hasta que no volví a oír su voz al otro lado del teléfono y su confesión, cuando me di cuenta de que Olga me gustaba, me gustaba mucho… Y por mi culpa se estaba follando a otras.

—Andrea, ¿Estás bien? —volvió a insistir.

—Sí, perdona—reaccioné al fin—no tienes que darme las gracias Olga, solo hice mi trabajo.

Se hizo un silencio incómodo, fui un poco seca con mis últimas palabras. Aquel día hice algo más que mi trabajo, lo sabía yo y lo sabía ella, pero aunque fuera injusto para ella yo me sentía dolida, no quería seguir aquella conversación, no me apetecía llegar a la parte en la que Olga me contara que se había acostado con alguien y se había liberado de sus prejuicios y sus inseguridades, solo quería que se liberara conmigo, así que la corté.

—Me alegro de que estés mejor Olga, pero tengo trabajo, si no te importa hablamos en otro momento.

—Claro, ya hablaremos Andrea.

Golpeé el teléfono con fuerza al colgarlo, sintiéndome imbécil. ¿Qué derecho tenía yo a enfadarme con ella? Ninguno, no tenía ninguno, ella y yo no éramos nada, solo había sido una mujer que había acudido a mi consulta con un problema y con la que al final me había acostado, no era ético ni profesional, lo sabía, pero había pasado y no me arrepentía de ello. De lo que sí me arrepentía era de haberle hablado como lo había hecho.

Recuerdo que el día que vino me dijo algo así como que yo era muy joven para entender su problema, ¿Así me vería ella? ¿Joven? ¿No apta para su rango de edad? Tengo treinta y cinco años, ¿Qué es joven para ella? Me di cuenta de que no sabía nada sobre Olga, tan solo su apellido, siempre pido los datos básicos, así como dirección y teléfono, pero con ella me puse tan nerviosa que olvidé hacerlo. No la conocía, y si en su día me consideró joven, ahora con mi comportamiento por teléfono seguro que me consideraba una cría, alguien que se había aprovechado de la situación para echar un polvo y que ahora no quería saber nada.

Empezó a dolerme la cabeza, me imaginé mil cosas que Olga podía estar pensando de mí después de mi comportamiento y ninguna era buena. Mierda. No podía permitirlo, tenía que hablar con ella, me maldije a mí misma por no pagar los dos euros extras que Telefónica me exigía para poder tener el servicio de identificación de llamadas, me parecía un robo que también cobraran por eso, aunque solo fueran dos euros. Solo tenía dos opciones: rezar para que volviera a llamarme o buscarla como fuera.

Me decanté por la segunda y me sorprendí de lo rápido que di con ella, bendito Facebook. Al poner Olga Marcos en el buscador fue el primer resultado que me salió, porque resulta que teníamos dos amigas en común, ambas lesbianas. Su foto de perfil hacía honor a la atracción que yo sentí por ella el primer día, joder, Olga era una pedazo de mujer.

Obviamente no éramos amigas, pero tener su Facebook me daba opción a dejarle un mensaje a través de Messenger. No lo hice, no me atreví. Pensé que quizá era mejor dejar pasar unos días, relajarme un poco y dejar que esa incómoda sensación de celos desapareciera.
Sí, dejaría pasar unos días.

***

Desde aquella llamada ya no había podido quitarme a Olga de la cabeza, me pasé todo el fin de semana pensando en ella. Cuando pensaba en lo mucho que disfrutamos ambas aquella tarde se me dibujaba una sonrisa, pero se me borraba de golpe cuando pensaba en que Olga estaba siguiendo mi puto consejo, era más que probable que ese fin de semana tuviera a alguien en su cama y estuviera haciendo todo lo que yo ansiaba que hiciera conmigo. No me había sentido tan impotente nunca.

Conforme pasaban los días fui aceptando que no tenía ningún derecho a enfadarme, no solo no tenía nada con ella, si no que ella ni siquiera sabía que me gustaba, la culpa era mía, la cobarde era yo. Podía seguir dejando oculto lo que sentía por ella o armarme de valor y dejarle un mensaje para decírselo. ¿Por mensaje? No, tenía que quedar con ella como fuera, pero todavía necesitaba mi tiempo para aclararme.

Era jueves al mediodía, y como solía hacer casi a diario estaba a punto de irme a comer a algún restaurante. Era la única forma de obligarme a salir de casa durante el día, me pasaba las horas en el despacho, necesitaba que en algún momento me diera el aire y el único que tenía libre eran las horas del mediodía, así que comía fuera, daba un paseo y luego volvía y me echaba una pequeña siesta.

Salí de casa y bajé en el ascensor, cuando abrí la puerta de la calle se me paró el corazón literalmente. Olga estaba allí, apuntando con su dedo índice al botón de llamada de mi casa.

—Olga… —atiné a decir.

Me faltaba el aire y las hormiguitas me recorrieron el torso hasta hacer que me entrara un sudor frío y me temblaran las manos.

—Hola Andrea—susurró.

La situación se volvió algo tensa de pronto, no sabía cómo debía saludarla, ¿Dos besos o estrechar su mano? En realidad yo prefería besarla en la boca, sentir su lengua rozando la mía y sus labios sobre los míos, pero eso no podía ser.
Extendí la mano para saludarla pero a la misma vez ella se acercó un poco para darme dos besos, fue muy incómodo, al final nos estrechamos la mano y nos dimos dos besos, el segundo muy cerca de la comisura de los labios por mi culpa… Al sentir el contacto de su piel en mi cara me estremecí y me costó mucho controlarme para no robarle un tercer beso de los labios.

—Perdona, tendría que haber llamado antes, ya veo que tienes cosas que hacer… —se disculpó.

—Sí, bueno no… Es… Iba a comer Olga, pero la verdad es que no tengo mucha hambre.

Me puse muy nerviosa, toda la seguridad que siempre me había caracterizado desapareció de pronto ante su presencia, me volví tímida y torpe, deseé que la tierra me tragara.

—También es mi hora de comer, ¿Qué te parece si entramos en ese bar y pedimos algo ligero? Algo tendrás que comer mujer, no puedes trabajar con el estómago vacío.

Lo tuve claro, Olga se había quedado con mi seguridad. Mostraba decisión y seguridad por cada poro de su piel, no digo que probablemente no la tuviera ya antes, pero como aquel día en mi despacho solo hablamos de sexo y en ese sentido no la tenía, me sorprendió gratamente la mujer que se me mostraba esa tarde.

Pedimos unos bocadillos vegetales mientras hablábamos de cosas rutinarias, de cómo nos había ido la semana o el trabajo y de todo tipo de tonterías que ni me interesaban a mí ni le interesaban a ella.
Cuando pedimos los cafés fue cuando la conversación cambió de rumbo, Olga lo cambió, yo estaba demasiado atontada mirándola.

—En realidad he venido porque quería hablar contigo Andrea, el otro día me dejaste preocupada.

—¿Preocupada? No era mi intención Olga, lo siento.

—Te noté incómoda o enfadada, no tengo muy claro cómo, es una sensación que tuve. Tal vez no debería haberte llamado, al fin y al cabo tú hiciste tu trabajo como bien dijiste. Supongo que no es muy normal que tus pacientes te llamen para darte las gracias, no debí haberlo hecho, solo he venido para asegurarme de que no estabas enfadada conmigo, pero creo que tampoco debería haber venido…

Otra vez se hizo un silencio asquerosamente incómodo que rompí metiéndome de lleno en mi papel de profesional y dejando a un lado todo lo que Olga me hacía sentir con solo mirarme.

—No estoy enfadada Olga, es solo que me pillaste en un mal momento, de verdad. Bueno ¿Qué? ¿Seguiste mi consejo no?

—Sí—sonrió—la verdad es que sí, pero no solo en el plano sexual, lo he aplicado a todos los campos de mi vida. He aprendido a valorarme y a quererme como creo que merezco y sin desmerecer a nadie, por supuesto. Gracias a ti ya no soy la responsable del departamento de recursos humanos de mi empresa, ahora soy la directora. El trabajo es el mismo pero el sueldo ha cambiado—confesó con una amplia sonrisa.

—Vaya, me alegro mucho Olga, en serio—dije sinceramente.

—Gracias.

—¿Y aquellos pensamientos que te atormentaban? ¿Sigues teniéndolos?

Esa fue la manera más sutil que se me ocurrió de preguntarle si estaba con alguien, si follaba con alguien, si pensaba en alguien, joder ni siquiera sabía cuál era la respuesta que esperaba.

—Bueno, no han desaparecido del todo pero han disminuido considerablemente, aunque si te digo la verdad no quiero que desaparezcan Andrea—confesó—me dan ideas…

—¿A sí? —sonreí socarrona.

No me veía capaz de confesarle a Olga lo que sentía por ella en aquel momento, pero la deseaba muchísimo, y recordar todo lo que habíamos hecho en mi casa aquella tarde gracias a sus pensamientos me había puesto muy caliente. Ese día decidí que estaba dispuesta a conformarme con el sexo, descubrí que Olga necesitaba explorar ese nuevo mundo que había descubierto y hacerlo por su cuenta, no podía centrarse solo en una persona, de hecho no debía. Pedírselo sería egoísta por mi parte. Decidí dejar pasar algo de tiempo antes de decirle lo que sentía por ella y preguntarle si tenía posibilidades, ¿Pero sexo? ¿Por qué no? La mujer que tenía delante en aquel momento era una depredadora sexual, sino era yo sería otra, y sinceramente, deseaba ser yo.

—Sí—confesó con una sonrisa.

—¿Tienes algo en mente ahora? ¿Algo que te apetezca hacer? —sonreí yo también.

—Ya lo creo, ¿Podemos subir a tu casa?

Me encendí del todo. Esa seguridad que mostraba no hacía más que sumar puntos a su atractivo. Me puse en pie y abrí mi bolso con prisas.

—Déjalo, yo invito—dijo haciéndome un gesto con la mano.

Se acercó a la barra con una tranquilidad asombrosa y pagó la comida. Yo dejé de buscar el monedero para buscar las llaves, no quería parecer imbécil pero las manos no dejaban de temblarme y estaba muy nerviosa. Salimos de allí y yo todavía seguía con la mano metida en el bolso, oía el tintineo de las llaves pero me sentía incapaz de dar con ellas. Olga me observó sin decir nada hasta que llegamos a mi portal y mi torpeza me había impedido sacar las putas llaves.

—¡Mierda! —me quejé y dejé de buscar, necesitaba respirar, creo que no lo había hecho desde hacía bastante rato.

—Andrea—me cogió la barbilla para que la mirara—pareces yo el primer día que vine aquí, ¿Estás bien?

Asentí bajando la mirada y zafándome de su mano.

—Solo estoy nerviosa, dame un minuto y encuentro las llaves, lo prometo—susurré sin mirarla.

—Puede que hoy no sea una buena idea Andrea, podemos vernos en otro momento.

La silencié con un beso, lento, cálido y profundo. Me agarré a su cara, y tras sentir que desfallecía cuando me lo devolvió con la misma intensidad me separé y le susurré al oído.

—Quiero que me folles ahora, no luego ni otro día Olga, ahora.

Me apliqué mi consejo y le pedí lo que quería, solo que a mí me daba igual como, me bastaba con sentir el calor de su cuerpo contra el mío. Me sujetó el bolso abierto hasta que al final di con las llaves, nos metimos en el ascensor y cuando entramos por la puerta de mi casa Olga tomó el control, me cogió de la mano y me llevó a mi despacho, me hizo sentar en mi silla y me subió la falda antes de inclinarse sobre mí y bajarme las medias y las bragas. Pensé que iba a hacer exactamente lo mismo que le hice yo a ella aquella tarde, pero no, desabrochó mi camisa mientras nos besábamos, me la quitó y se deshizo de mi sujetador, dejándome únicamente con la falda en la cintura y las medias y las bragas en los tobillos. Acarició mis pechos con suavidad, sentí mi humedad manchando la silla, me moría de ganas de que Olga acariciara o besara mi sexo, me daba igual como lo hiciera pero lo necesitaba con urgencia. Mis plegarias fueron escuchadas y su mano empezó a descender por mi vientre, ejerciendo una presión exquisita sobre mi piel que me hizo suplicarle.

—Fóllame ya por favor…

Sonrió y me besó la frente. Seguía en pie inclinada sobre mí, tenía su mano izquierda apoyada en el reposabrazos de mi silla y de pronto colocó la derecha sobre mi sexo, hundiendo sus dedos entre mis pliegues mientras me miraba sin dejar de proporcionarme unas caricias que me hacían retorcer de gozo.

—¿Así? —preguntó socarrona.

Emití algún tipo de sonido afirmativo y ella aumentó la intensidad de sus caricias, centrando la mayoría sobre mi clítoris. Me agarré a su muñeca con las dos manos cuando sentí que se acercaba el orgasmo, creo que intentaba frenarlo, me daba tanto placer lo que me estaba haciendo que no quería que acabara, no quería correrme todavía, necesitaba seguir sintiendo a Olga así de cerca, casi dentro de mí. Se detuvo un instante cuando la agarré, sonrió y utilizó su mano libre para agarrar las dos mías por las muñecas y subirlas por encima de mi cabeza, me gustó sentirme tan expuesta y en cuanto reanudó sus caricias fui azotada por un intenso orgasmo.

Me quedé en la silla, me temblaban las piernas y me sentía incapaz de levantarme, así que me recoloqué y le pedí que se diera la vuelta. Hubiera preferido tenerla de cara, pero quería que se sentara sobre mí y los reposabrazos de mi silla lo impedían, así que tenía que sentarse como yo. Se dio la vuelta tal y como le pedí. Le desabroché el pantalón desde atrás y se lo bajé hasta abajo junto con las bragas. La agarré por la cadera y la hice dar un paso atrás para atraerla hacía mí, besé y masajeé sus nalgas y su cintura hasta que finalmente la hice sentar sobre mí, con su espalda pegada a mis pechos y las piernas abiertas para permitirme tocarla. Olga apoyó su cabeza en mí y suspiró mientras yo me ocupaba de acariciar sus pechos con una mano y su sexo con la otra, me ofreció su cuerpo y a cambio la llevé al orgasmo recreándome en unas intensas caricias por todo su sexo.

Cuando terminamos nos quedamos en aquella posición sin decir nada, cada una perdida en sus propios pensamientos hasta que a Olga le dio por mirar el reloj.

—¡Mierda! Tengo que volver al trabajo, ya voy tarde—dijo alarmada.

Nos vestimos y la acompañé a la puerta.

—¿Estás bien Andrea? —preguntó de pronto.

—Sí, estoy bien no te preocupes.

Le dediqué una sonrisa forzada, me hubiera gustado decirle que no, que no estaba bien, que no lo estaría hasta que ella supiera que suspiraba por sus huesos, pero todavía no podía hacerlo.

—Vale. ¿Te puedo llamar algún día?

Su pregunta me llenó de la misma cantidad de alegría que de tristeza, alegría porque quería volver a verme y tristeza porque solo quería hacerlo para follar conmigo, eso era lo que Olga quería de mí, sexo.

—Claro, llámame cuando quieras Olga.

Otro momento incómodo, ¿Dos besos? ¿Uno? ¿Ninguno? Ella decidió por las dos, uno en la boca con lengua incluida que me dejó sin aliento.

Olga se fue y yo me quedé apoyada de espaldas a la puerta llorando a moco tendido.

FINAL

No tengo nada más escrito sobre esta historia, de hecho esta segunda parte no debió existir porque nunca tuve la intención de continuar la primera, la historia de Olga y Andrea surgió con la idea de que fuese un relato corto y nada más. Algo que regalaros y que en un momento dado y no sé muy bien porque decidí ampliar para daros más. Así que si esta ampliación te ha gustado y quieres más, házmelo saber a través de Twitter, y tal vez la siga…