Estoy en off, en stand by, en modo avión. Eso es lo que me dice mi prima y supongo que mi única amiga. Estoy en una de esas veces que no sé muy bien por dónde tirar, ni hacía donde voy ni de dónde vengo. Sin motivación, sin rumbo y sin aliciente, incapaz de pensar o ver las cosas con objetividad. Simplemente soy un bulto, alguien que hace las cosas de forma autómata, como un robot. Mi rutina se ha convertido en ir del trabajo a casa y de casa al trabajo, fines de semana vacíos, negros y largos. Deseando que sea lunes para tener algo que hacer, algo en lo que ocupar mi mente y mi tiempo, algo que me haga sentir útil, aunque solo sea el trabajo.

Ya llevo varias semanas así, no es que me haya pasado algo en concreto, simplemente empecé a sentirme vacía de la noche a la mañana, supongo que tal vez ha llegado el momento de darme cuenta de cómo es realmente mi vida. Hasta ahora me he limitado a vivir obviando este sentimiento de soledad, de no tener a nadie, acostumbrada a contar solo conmigo y no contar con nadie con quien me apetezca compartir los momentos importantes de mi vida. Creo que mi mente me está ganando la batalla, mi yo consciente ha conseguido mantener esa angustia oculta durante mucho tiempo, pero por lo visto ha flojeado, se ha debilitado y mi yo inconsciente está asomando la cabeza y me grita que me esfuerce, que haga algo para cambiar el sentido de mi vida.

La verdad es que nunca me ha molestado, me gusta la soledad, disfrutar de mis momentos, de mi intimidad. Me aterra la idea de permitir que alguien se cuele en mi vida y la ponga patas arriba, de compartir mi espacio, mi aire. Creo que en el fondo soy egoísta, no me apetece tener que preocuparme por nadie, antepongo una soledad absoluta y aplastante a la opción de tener a alguien a mi lado que me haga sentir cosas diferentes.

Mi prima es psicóloga, y claro, es imposible evitar que me suelte su opinión profesional de vez en cuando, no su opinión sobre lo que yo le cuento, porque no lo hago, jamás le cuento cómo me siento, sino su opinión sobre lo que ella ve en mí, analizándome desde fuera, como la psicóloga y como la prima que se ha criado conmigo, la que me conoce mejor que yo misma. Aunque yo no hable.

—No puedes pasarte toda la vida sola Raquel, las oportunidades no van a venir a la puerta de tu casa a presentarse, tienes que salir tú a buscarlas—me regaña mientras la ayudo a recoger la mesa.

Esa es la frase más común, nunca le contesto, no sé a qué tipo de oportunidades se refiere, o sí, supongo que es su manera de decirme que si no hago un poco de vida social estaré sola para toda la eternidad. Creo que yo me hago la dura, intentando mostrar siempre pasividad, como si ese hecho no me importara en absoluto, pero no es cierto, al menos no últimamente, y ella lo sabe.

Mi prima Ana está felizmente casada, tiene una hija y tiene una mejor amiga, supongo que como todo el mundo, o al menos como la mayoría. Yo trabajo cerca de su casa, así que muchas tardes me paso un rato antes de irme a la mía, ella me cuenta su día y yo le cuento el mío, la verdad es que aunque nos vemos casi a diario siempre tenemos cosas de las que hablar, aunque sean las más simples y cotidianas. Supongo que es justo decir que mi prima es la persona más importante de mi vida, el único pilar que me mantiene en pie, la única que todavía apuesta por mí, la que no me da por perdida y la que siempre encuentra un hueco para estar conmigo pese a que su vida es bastante caótica entre su trabajo, su familia y sus amigos.

Lleva varias semanas insistiendo en que hable con su mejor amiga, Lúa. Se conocen desde la infancia, fueron juntas al colegio y se han convertido en dos personas de esas inseparables, lo cierto es que la envidio, me hubiese gustado tener una amiga de ese tipo, de esas a las que te mueres de ganas de llamar en cuanto te pasa algo para contárselo o a las que acudes cuando estás desesperada sabiendo que siempre van a estar ahí. Yo tengo eso con mi prima, pero supongo que no es lo mismo, al fin y al cabo a nosotras nos une un lazo de sangre, es igual de bonito, pero es diferente, es ya una conexión preestablecida, la de ellas surgió sin más.

Conozco a Lúa, evidentemente, hemos coincidido en varias ocasiones en casa de mi prima, pero lo cierto es que no la he tratado mucho, nuestra relación se basa en la cordialidad, en el hecho de que tenemos a alguien en común. Puedo decir que de las decenas de veces que la he visto tan solo hemos cruzado las típicas preguntas que se hacen por educación, un ¿cómo estás? Cuánto tiempo… ¿Qué tal el trabajo?… Y poco más.

Ese comportamiento es mutuo, siempre ha existido una especie de barrera entre nosotras que ninguna de las dos se ha atrevido a traspasar, ¿cuál es su motivo? Creo que el mismo que todo el mundo tiene conmigo, mi prima siempre se queja de que proyecto una barrera, que mi expresión corporal es de “no quiero que te acerques e invadas mi espacio” y claro, eso me convierte en lo que soy, alguien solitaria y poco accesible. Aunque puede que su motivo sea otro, tampoco lo tengo claro. ¿Y cuál es el mío? Creo que lo que me frena para conocer un poco más a Lúa es su trabajo, se dedica a hacer cartas astrales y a mí esos temas me ponen muy nerviosa.

Mi prima me ha explicado infinidad de veces en que consiste exactamente, pero la verdad es que a mí todo ese mundo me da mucho respeto, no juzgo a Lúa ni lo que hace, pero nunca he creído en esas cosas, en que alguien te diga cómo es o cómo será tu vida basándose en la posición de los astros el día que naciste. Pero además Lúa tiene otra cosa, su mirada, me es imposible mantenerle la mirada más de dos segundos, es muy intensa, siempre que estoy en su presencia siento como sus ojos me traspasan, como si pudiese ver más allá de mi fachada, me hace sentir vulnerable, y eso es algo a lo que no estoy acostumbrada. Yo soy la chica dura siempre, la que aparenta entereza, la que parece que nada le afectaba, pero al lado de Lúa la fuerte es ella, y eso me incomoda bastante.

Lúa tiene treinta y dos años, uno más que yo, no diré que es una persona extremadamente guapa, pero tiene algo que atrae mucho, tal vez sea esa mirada, o ese aire de misterio, o su voz, es terriblemente dulce y cálida. Muchas de esas veces que coincidimos en casa de mi prima yo me tumbo en el sofá bajo el pretexto de que quiero descansar un poco mientras ellas hablan de sus cosas, pero no lo hago, cierro los ojos y me centro en su voz, me relaja, me hace sentir bien, y esa posición de hacer ver que duermo me permite no tener que mirarla. Creo que nunca he llegado a prestar atención a lo que dice, su voz se convierte en una especie de melodía para mí y simplemente oigo ese tono apacible colarse por mis oídos.

Podría decirse que ella es todo lo contrario a mi prima, la verdad es que a veces las miro y me sorprende que sean tan amigas. Ana es sofisticada, digamos que elegante, la típica mujer que la sociedad acepta, con familia y un trabajo respetable. En cambio Lúa es una chica con un estilo muy personal, lleva las muñecas cubiertas por decenas de pulseras de todo tipo, de cuero, de cuerda, de hilo… Siempre suele llevar camisetas anchas y pantalones vaqueros o elásticos, y su trabajo, bueno, es de esos que fascina a unos e inquieta a otros. Yo me encuentro en los dos casos, aunque me inquieta me parece alucinante lo que hace.

Tiene el pelo de un color rubio oscurecido, lo lleva largo y con ligeras ondulaciones, siempre suelto. Está soltera, de hecho mi prima nunca me ha mencionado que haya estado con nadie. Según me cuenta, Lúa es de las que disfrutan de la vida, lo mismo está en un concierto de rock que en una obra de teatro, le gusta probarlo todo para tener un referente y poder dar su opinión si se habla del tema.

***

—Deja que Lúa te haga una carta astral Raquel—insiste mi prima por enésima vez.

—Que no Ana, no veo en que me va a ayudar a mí eso—digo con fastidio.

—Te aseguro que sirve, no te arreglará la vida pero te orienta, y Lúa es muy buena, tiene una lista de espera de más de dos meses, y a ti te lo haría cualquier fin de semana por ser mi prima. No pierdes nada, no te va a cobrar…

—Te lo agradezco Ana, a ti y a ella, pero no, ya sabes que yo no creo en esas cosas—insisto.

—No se trata de creer Raquel, no tienes que hacer nada, simplemente escúchala, te sorprenderás.

Desde luego a insistente no la gana nadie, esa conversación se repite cada vez con más frecuencia. Creo que mi prima se está desesperando conmigo y piensa que mi única salvación está en manos de su amiga, que ella conseguirá iluminarme y hacerme cambiar. Consigo darle esquinazo durante más de dos meses, pero entonces llega el día del bautizo de la hija de mi prima. La celebración es algo muy familiar, ni Ana ni su marido quieren nada a lo grande, así que han invitado solo a los familiares más cercanos y a los amigos íntimos y han hecho una comida en la terraza de su casa.

Me cruzo con Lúa en varias ocasiones, primero en la iglesia y después en la casa. Durante la comida no coincidimos, yo estoy ayudando a mi prima y entre una cosa y otra casi comemos en la cocina.

—Sal y siéntate Raquel, no necesito más ayuda de verdad. Javi y yo llevaremos los cafés—me dice Ana.

La verdad es que no me importa ayudarla, aunque gran parte de los invitados también son mi familia y conozco a casi todo el mundo me incomoda que haya tantas personas, me agobia, y además hay niños corriendo y haciendo ruido, no es que no me gusten, pero supongo que interrumpen mi tranquilidad y todo este alboroto me molesta, estoy nerviosa, quiero irme a casa, pero si lo hago mi prima me mata seguro, así que me toca apechugar. No le replico, sé que ella insistirá hasta que me siente, así que salgo a la terraza, cojo una silla y la coloco bajo la sombra de un árbol, no estoy en la mesa ni tampoco lejos de ella, lo que no me deja en mal lugar delante de la gente y me da cierto espacio para estar tranquila.

Creo que en algún momento me distraigo bebiendo mi café, y no es hasta que la oigo hablar cuando me doy cuenta de que Lúa se ha sentado a mi lado.

—Hola Raquel.

—Hola—contesto sorprendida.

—Has elegido un buen sitio—sonríe—¿Te importa que me siente aquí?

—No, claro que no.

Me clava esa mirada profunda y gira un poco su silla hacia mí.

—Te seré sincera—dice sonriente—tu prima no para de pedirme que te haga una carta, y sé que tú no quieres, pero ya sabes cómo es Ana de insistente, no nos dejará hasta conseguir su objetivo…

Hago una mueca rara y ella me sonríe.

—¿Qué? —pregunta divertida.

—Pues que yo creo que esas cosas ayudan a quién realmente cree en ellas Lúa, pero no es mi caso, a mí todo ese mundo se me queda grande. Nunca he sentido interés, sé que eres muy buena y…

—No hace falta que te disculpes Raquel—me corta—no estás obligada a creer. Es más, te agradezco que seas sincera, ¿qué te parece si te hago una simple? Cuatro cositas, nada más, solo para que tu prima se dé por satisfecha y nos deje tranquilas a las dos—dice guiñándome un ojo.

Ese gesto me descoloca y soy incapaz de decirle que no, es la primera vez que hablo con Lúa de algo que no sea el típico saludo y lo cierto es que me gusta, su mirada sigue poniéndome nerviosa, pero por otro lado hablar con ella hace que ya no tenga tantas ganas de irme de esta casa.

Segunda parte

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