Como dije hace tiempo, la idea de Lengua de fuego nació de una canción que escuché y que nunca he revelado.
El origen real de mis ideas.
La gran mayoría de mis ideas, por no decir todas, no aparecen porque me siente y me ponga a pensar, o porque me pase días buscando algún tema sobre el que plantear mi nueva historia. Aparecen sin que me lo espere: puede ser una palabra que escuche por ahí, como me pasó con Tachando días, viendo un edificio mientras estoy de turismo en otro país —de ahí nació Marea alta— o escuchando una noticia como me pasó cuando cree la Trilogía del caos.
Cómo paso de un estímulo mínimo a una novela.
Siempre son cosas esporádicas, un hecho en concreto que hace que me quede absorta imaginando algo que acto seguido me mantiene dándole vueltas a la cabeza hasta que establezco la base de una posible historia. Algunas las descarto o simplemente no he tenido tiempo para escribirlas, pero la mayoría acaban convertidas en libro.
El día que escuché la canción.
En el caso de Lengua de fuego, estaba en la peluquería y sonó una canción de la que llevaba semanas escuchando fragmentos porque mi vecino —que tiene la costumbre de llegar en su coche con la música tan alta que me tiemblan los cristales de la ventana— la tenía puesta siempre.
Me gustaba y no sabía el título, así que cuando sonó en la peluquería y el chico que me corta el pelo se puso a tararearla, le pregunté el título y la cantante.
Él se escandalizó de que no lo supiera porque al parecer llevaba tiempo sonando en todas partes, pero no soy una persona que escuche música de forma habitual. No pongo la radio, no soy especialmente aficionada a Spotify y, cuando hago deporte, siempre escucho podcasts de crímenes —de ahí también sale alguna idea— o de finanzas e inversión. En conclusión, la música no forma parte de mi rutina diaria salvo por el plasta de mi vecino o mi novia cantando canciones espantosas que se inventa sobre nuestros gatos.
La canción que detonó Lengua de fuego.
Potra salvaje, de Isabel Aaiún, eso fue lo que me dijo el peluquero, y como me gustaba, cuando llegué a mi casa decidí ponerla en Youtube.
Ahí fue cuando algo me hizo clic en la cabeza. Lo primero que pensé fue el personaje de la cantante a la que acabé llamando Taylor. Y no fue una idea simple de tres líneas que apunto para después terminar de desarrollar cuando tenga tiempo, fue como una oleada de detalles que no paraban: una cantante con un torrente de voz brutal e imposible de ignorar que estaba atrapada en un entorno que la volvía invisible, un talento encerrado en un sitio demasiado pequeño.
De una idea a una novela completa en cinco horas.
Puse la canción en bucle porque sí, soy de esas que si una canción le gusta, la puedo escuchar sin parar durante días y no la aborrezco, aunque hago que la aborrezcan los que están a mi alrededor 🙂
Mientras sonaba, empecé a crear la historia, pasé del personaje de Taylor Davey al de Abigail Stone, una cazatalentos fría y metódica que llega al pueblo a regañadientes porque le han chivado que allí hay una voz que le interesa escuchar.
Me pasé alrededor de cinco horas sin levantarme de la silla y, para cuando lo hice, no solo tenía la idea, tenía toda la novela planteada.
Sabía lo que iba a pasar en cada capítulo, los traumas y el desarrollo de los personajes y los puntos de tensión. Esto fue el 9 de julio de 2025, lo sé con tanta exactitud porque fue el día que cree la carpeta.
Disciplina vs impulso creativo.
Entonces estaba terminando de escribir Entre bases y besos y me sentí muy tentada de dejarlo a medias para escribir este —algo que me ha pasado otras veces y he sucumbido— pero conseguí controlarme y terminar, y nueve días después, comencé a escribir Lengua de fuego de forma tan obsesiva que a mediados del mes siguiente lo terminé a pesar de sus más de 100.000 palabras, el libro más largo que he escrito hasta la fecha.
Cuando una historia no te suelta.
Y entonces me ocurrió lo que me ha pasado alguna vez al terminar una historia a la que me engancho mucho (La habitación de Marta, Una cita con Connie Bowler y otros tantos más). Me sentí vacía, sin motivación para escribir nada que no fuera sobre Abigail y Taylor.
Es una sensación que me estresa mucho porque pienso que me voy a bloquear y ninguna de todas las ideas que tengo apuntadas me llama la atención para empezar otra historia, pero entonces se me ocurrió la idea de Polvo, pólvora y hambre y se me pasó 🙂
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wow, yo tengo que decir que la música está en mi día a día, siempre tengo los auriculares puestos mientras estoy limpiando o haciendo las tareas de casa en general, otras veces simplemente necesito música ☺️, a parte, también toco en una batucada jajaja. Muchas veces con algunas canciones me imagino historias o momentos en los que esa canción sonaría 😅, me gusta saber qué de esa canción nació este magnífico libro, que me encantó al igual que muchos otros tuyos! un abrazo
¡Muchas gracias! Me alegro de que te gustase 🙂