Érase una vez, una serpiente que tenía mucho calor.

Así podría comenzar la historia, porque ese fue el motivo por el que una serpiente se coló en mi casa una tarde achicharrante de finales de junio. ¿Queréis saber qué pasó?

Yo, toda inocente

Salí al patio solo por la curiosidad de ver cuánto calor hacía, eran más o menos la siete de la tarde y debíamos estar cerca de los cuarenta grados. (No exagero).

No me había alejado de la puerta más de un metro y decidí que tenía bastante, así que me giré para volver a entrar y ¡sorpresa! Enroscada en el rincón junto a la puerta, había una serpiente de tamaño considerable.

En un primero momento me quedé paralizada —con un susto importante— casi escupo el corazón por la boca y todo, pero reaccioné cuando vi que comenzaba a moverse y que su intención era entrar dentro de mi casa.

En ese instante ni se me pasó por la cabeza que pudiera ser una serpiente venenosa, mi única preocupación era que no entrara.

La entrada triunfal

Tengo una mosquitera doble que se cierra con imanes y eso me salvó de su primer intento, pero entonces pasó a un plan B que me dejó de piedra y con un trauma que me duró bastantes días: levantó la cabeza y parte de ese cuerpo reptiliano que tenía y comenzó —literal— a dar cabezazos contra la mosquitera para abrirla.

Si eso ya me pareció violento y de película, peor fue cuando mi perra —una Chihuahua de doce años bastante torpe— apareció en escena al otro lado de la mosquitera sin dejar de ladrarle al bicho, que la ignoraba y seguía dando cabezazos.

Explicarlo es lento, pero todo esto pasó muy rápido. Cuando vi que mi perra estaba allí fue cuando me asusté de verdad (más todavía) porque me daba miedo que la bicharraca le hiciera algo.

Entonces empecé a mirar a mi alrededor a ver si había algo con lo que poder apartar a la serpiente lo suficiente como para entrar y cerrar, porque hagamos puesta en escena para que os situéis: yo estaba en el patio, la serpiente dando cabezazos en la mosquitera para entrar y mi perra estaba dentro ladrando. Una situación perfecta…

Lo único que tenía a mano era una especie de bastón. Sabía que con eso no iba a conseguir gran cosa, pero no podía ir a buscar nada porque no quería perder de vista a la serpiente.

Cogí el bastón y con el otro extremo y, mientras mi cabeza repetía en bucle: que no entre, que no entre, que no entre, le fui dando e intentando arrastrarla hacía atrás para alejarla de la puerta, pero entonces: tachán, ¡dio el cabezazo definitivo y abrió la mosquitera!

Ese momento fue digno de ser grabado, porque mi perra se quedó donde estaba viendo como la serpiente —toda digna y elegante— le pasaba por al lado como si la casa fuera suya y la conociera ya de antes. Yo entré disparada detrás para no perderla de vista, cogí a mi perra en brazos cuando vi que comenzaba a seguirla mientras le ladraba exigiendo que saliera de su territorio y no parpadeé hasta que la intrusa llegó al sofá y se metió detrás.

¿Y ahora qué?

En ese momento el cerebro no me funcionaba, lo único que sabía era que un viernes por la tarde, se me acababa de meter una serpiente en casa y parecía tener intención de pasar el fin de semana conmigo, lo cual no me parecía un plan nada agradable.

Con la perra en brazos, me senté en la silla donde escribo, en una sala separada del salón por un arco de madera, por lo que desde allí, tenía una visión perfecta del sofá.

Hacía muy poco que me había mudado a ese pueblo y no solo no conocía a nadie, sino que, no sabía lo que tenía que hacer y lo último que se me pasó por la cabeza fue llamar a las autoridades. Solo me vino una persona a la cabeza, el albañil que un mes atrás me había hecho una reforma.

Lo llamé a él, a partir de ahora Raúl, y Raúl se quedó pasmado cuando le expliqué lo que acababa de pasar.

Me dijo que no tenía ni idea de cómo coger a una serpiente, que de eso se encargaba el Seprona y tenía que llamar a la Guardia Civil, que mientras tanto (adivinando él lo que me iba a pasar) se movería para ver si encontraba a alguien que supiera cómo solucionar el problema.

Colgué para llamar a la Guardia Civil. Ahora vamos a ponernos en situación, hablamos de un pueblo considerablemente grande de la provincia de Córdoba, así que como tenía el ordenador al lado, con un ojo puesto en la pantalla y otro en el sofá por si a la serpiente le daba por moverse, busqué el teléfono del puesto de la Guardia Civil del pueblo.

Llamé y nadie contestó, así literal, y eso me dejó perpleja. Mi situación no era de vida o muerte, pero ¿y si lo hubiera sido? Lo intenté otra vez con el mismo resultado, y entonces me acordé de que la comisaría de la Policía Local está a unos trescientos metros de mi casa, así que pensé, pues los llamo a ellos y que ellos localicen a la Guardia Civil. ¿Y adivináis qué? Tampoco cogieron el teléfono. Incluso vi que tenían un móvil para emergencias y cuando llamé a ese, toda esperanzada, me saltó el buzón de voz, y yo: ¿what?

Lo siguiente que me vino a la cabeza fue Protección Civil, había visto el coche dando vueltas por el pueblo varias veces y como ya no sabía qué hacer, los llamé a ellos. En este caso sí me cogieron el teléfono, me respondió una chica y le resumí el problema a que tenía una serpiente en casa y la Guardia Civil no me cogía el teléfono.

La muchacha, muy amable, me dijo que intentaría localizarlos ella y me llamaría para decirme algo, hoy en día todavía espero esa llamada.

¿Qué hice? Volví a llamar a mi amigo Raúl y cuando se lo dije se echó a reír, me dijo que era muy típico en el pueblo y yo no quise ni preguntar. Solo miraba el sofá, sabiendo que debajo había una serpiente y que todo el mundo me ignoraba, estaba sola ante el peligro, pero entonces Raúl me dijo que llamara al 061, que ahí me lo cogerían.

El show con la Guardia Civil

En efecto, me respondió un señor, yo le expliqué el asunto y su respuesta fue la siguiente: señora, nosotros no nos encargamos de esas cosas.

Los ojos se me abrieron como platos y le contesté que entonces qué tenía que hacer, ¿dormir con una serpiente en casa?

Entonces me dijo algo así como que me tranquilizase, no sé si es que me puse un pelín histérica o borde, pero de repente se interesó y me dijo que contactaría con la patrulla del Seprona de la zona para que se pasaran por mi casa.

Yo respiré aliviada y él empezó a hacerme preguntas sobre la serpiente. La primera fue si sabía qué tipo de serpiente era, como si fuera yo una experta que trata con ellas cada día, y la segunda fue el tamaño. Ahí exageré y le dije que al menos un metro (después resultó que no exageraba tanto, casi lo media) y el señor, después de decirme que me llamaría en cuanto contactase con la patrulla, colgó.

Y ahí estaba yo otra vez, sentada en la silla, reteniendo a mi perra que todo el rato intentaba bajarse para echar a la intrusa, y todo eso con un calor muy bestia porque la puerta se había quedado abierta y me entraba todo el bochorno de fuera.

Los minutos pasaron hasta que unos veinte después, me llamó el mismo señor de la Guardia Civil para decirme que había contactado con la patrulla, pero que estaban en la sierra de no sé qué sitio, que apenas tenían cobertura y le había costado mucho hablar con ellos, pero que cuando bajasen de allí, vendrían a mi casa.

Yo le pregunté que cuánto tiempo podía ser (ya eran más de las ocho de la tarde) y me dijo que no tenía ni idea, así que no me quedó más remedio que darle las gracias y colgar para esperar.

Los salvadores

Me quedé en la silla y por algún motivo, no dejaba de pensar en que la Guardia Civil no iba a venir. Después de esas llamadas fallidas y de saber que esa patrulla estaba perdida por el monte, no confiaba en ellos, así que me quedé como pasmada mientras pensaba en que si en un par de horas no venía nadie, cogería a la perra y me iría a pasar la noche a un hotel y ya resolvería el asunto al día siguiente.

No sé el rato que pasé así, pensando en eso o en maneras de sacar al bicho de ahí cuando sonó el timbre y me sobresaltó más de lo que ya estaba, básicamente porque de verdad que no esperaba que nadie viniera.

Por poco me disloco el cuello porque la puerta de entrada no me permitía ver el sofá (con lo que perdería de vista su escondite y si se movía no vería a dónde iba). Fui caminando con la cabeza retorcida como la niña del exorcista hasta el último momento, y cuando abrí, sorpresa de las grandes, porque no era la Guardia Civil quien acudió a ayudarme, en la puerta estaba Raúl y un amigo suyo que venía con un saco en la mano.

Me dijo así medio riendo: “¿qué pasa, tía?” Y entró con su colega. Y yo: “pues nada, aquí estamos, pasando el rato con un reptil”

Les señalé donde estaba la serpiente y me hice a un lado (muy lado, así como muy lejos, que me diera tiempo de subirme a algo si la serpiente se les escapaba), todo eso con el brazo completamente dormido de aguantar a la perra.

Se armaron con una escoba cada uno y el amigo de Raúl me preguntó si podía subirse en el sofá para mirar por detrás, yo le dije que como si caminaba por las paredes, que hiciera lo que necesitara para sacar a la serpiente de mi casa.

Total, que separaron el sofá de la pared como medio metro y se subieron para mirar, y entonces el amigo de Raúl, que os aseguro que es un tío de casi dos metros que impone un montón, gritó con cara de susto:

—¡Hostia puta, es una Alicante!

Ante ese anuncio, Raúl se bajó de un salto y se apartó. Yo me quedé con cara de imbécil al principio, pero después me animé y les pregunté qué era eso.

Me explicaron que es una serpiente típica de la zona y que es muy venenosa, cuando escuché eso, la primera imagen que me vino a la cabeza fue ese momento en el que yo estaba dándole con el palo para echarla, ¡iba en pantalón corto y chanclas!

La serpiente es venenosa que te cagas

Mientras la intentaban atrapar, el amigo de Raúl me explicaba historias sobre lo peligrosa que era la serpiente, entre ellas, la de un conocido suyo al que le mordió una en el campo y tuvo que ir un helicóptero a llevar el antídoto porque no daba tiempo a que el hombre llegara a un hospital.

Él me contaba esas cosas mientras yo veía como la serpiente iba de un lado para otro del sofá hasta que por fin consiguieron atraparla.

Lo siguiente que supe de ese tipo de serpiente, es que vuelven a los lugares en los que han estado. Me contaron que era muy posible que ya hubiese estado en mi casa antes (cuando yo no vivía ahí, por supuesto) buscando refugiarse del calor, y que por eso había vuelto, porque recordaba el sitio.

No tenía palabras para agradecerles que hubieran venido a ayudarme, así que les di 30 € euros a cada uno para que se fueran a cenar. Antes de marcharse me dijeron que estuviera tranquila, que eso que me había pasado era muy raro y que difícilmente me volvería a pasar, que me lo tomara como una bienvenida al pueblo y que no me iría mal tener un gato…

La Guardia Civil no me abandonó

Cuando Raúl, su amigo y la serpiente metida dentro de un saco se marcharon, estaba tan estresada por lo que había pasado que decidí ir a dar una vuelta con el coche para despejarme. Así que cogí a la perra, que también estaba muy desconcertada, y empecé a conducir.

Llevaba como veinte minutos en la carretera cuando me sonó el móvil y, cuando le di al manos libres, me contestó el señor de la Guardia Civil con el que había hablado casi dos horas antes (estamos hablando de que esto eran ya las nueve de la noche pasadas) y me dijo que había una patrulla en mi casa y nadie abría la puerta.

Le expliqué que unos vecinos se habían encargado del asunto y yo había salido, y me dijo algo así como que marcaba el asunto como concluido y colgó después de desearme que tuviera buena noche.

Sinceramente, en el momento que decidí marcharme de casa con el coche ni siquiera me acordé de la Guardia Civil porque de verdad pensé que no iban a venir, pero pese a todos los inconvenientes del principio, no me abandonaron.

Después de la Alicante

Lo que pasó me provocó una especie de trauma, no el hecho de que la serpiente entrase en mi casa, porque bueno, es algo que puede pasar, a mí lo que me impactó mucho y no conseguía quitarme de la cabeza fue esa imagen de la Alicante dando cabezazos contra la mosquitera para abrirla.

En mi mente eso es algo que esperas ver en una película y, aun así, hubiera pensado que era una exageración, pero fue real, levantó parte del cuerpo y se lio a cabezazo limpio.

Estuve obsesionada con la puerta durante semanas, hasta cambié la mosquitera y puse una nueva, que reforcé por la parte baja con más peso por si acaso. Incluso mi perra, durante varios días, cada vez que salía al patio se iba a olisquear la esquina donde estuvo la Alicante, lo que me ponía los pelos de punta.

En fin, ahora ya se me ha pasado el susto y lo recuerdo como una anécdota divertida y diferente que espero que no os pase nunca.

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4 Responses

  1. No me hubiera imaginado que te hubiera pasado a ti!! Muy bueno el libro ya lo había leído, me reí mucho cuando lo leí. Esperando otro!! Porque lo habrá no?? Gracias Mónica, un abrazo

  2. Me re encanta la manera como escribes… y saber el origen es ufff… ahora eso me deja pensando si todo lo que escribes es vivido por ti… Naaaa que maravillosa vida tienes! Detectives (que me encantan) vampiros, E.T los haces tan cotidianos que hasta creo que los veré de vecinos… aunque confieso que con quien no quiero coincidir es con Pepa…
    Bravo Felicitaciones 👏 👏

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